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“Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés”

5 junio 2007 16 comentarios

Eduardo Galeano es un montevideano nacido en 1940 con una larga carrera dentro del mundo periodístico, premiada en diversas ocasiones. En este libro pretende y consigue demostrar que el mundo está “al revés” y que el comportamiento humano no sigue la lógica “humana” y ni siquiera la “animal” en miles de casos, premiando al “malo” y castigando al “bueno”, los que deberían hacer algo, hacen justo lo contrario, lo valioso se minusvalora y lo absurdo se adora…

El libro es una guía de las barbaridades que el género humano es capaz de cometer. Por supuesto, no es una guía completa, porque para ello harían falta, por desgracia bastantes libros como ese. Es, en definitiva, una guía para aprender a mantener el “mundo al revés”.

Puede dar la sensación de que el autor es un poco exagerado y poco parcial. No obstante, antes de hacer esa afirmación se debe hacer un examen de la parcialidad personal, porque antes de juzgar es bueno y necesario ponerse en el lugar de todas las partes y, especialmente de los que más sufren para entender su sufrimiento. Es esa “empatía” que reclama el Nobel de Economía, Amartya K. Sen en su obra “Nuevo examen de la desigualdad” (1992). El error de no usar la empatía está magistralmente expresado en unos versos del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956): “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no era comunista. Enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mi no me importó porque yo tampoco era obrero. Después detuvieron a los sindicalistas, pero a mi no me importó porque yo no soy sindicalista. Luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí pero ya es demasiado tarde”.

Al principio del libro se exponen unas palabras de Al Capone, uno de los mafiosos más famosos de toda la Historia de Estados Unidos: “Hoy en día, ya la gente no respeta nada. Antes, poniamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley… La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas.”

Según Galeano “la economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas. (…) Los pistoleros que se alquilan para matar realizan, en plan minorista, la misma tarea que cumplen, en gran escala, los generales condecorados por crímenes que se elevan a la categoría de glorias militares. (…) Los violadores que más ferozmente violan la naturaleza y los derechos humanos, jamás van presos. Ellos tienen las llaves de las cárceles. En el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo.”

Así, no es extraño que el eterno personaje de Quino, esa entrañable Mafalda se preguntara si los derechos humanos los escribió Esopo.

Tampoco la ambición está libre de las críticas en esta obra: “Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.”

En el capítulo titulado “Curso básico de injusticia” se critica la publicidad que fomenta el consumo desmedido, porque ese consumo no es sostenible: “La publicidad, ¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? La televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia”.

“La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materias primas a precio irrisorio, para abatir sus costos de producción. El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos.” Como dice Galeano esto es fuente de desigualdades sociales graves, principalmente pero no exclusivamente entre los países ricos y pobres. Porque en demasiadas ocasiones las cosas no se venden a su auténtico costo. El precio de las cosas no suele incluir, por ejemplo, los costos de los daños producidos a la naturaleza, ni los costos de pagar salarios dignos y respetar derechos básicos. Así, concluye diciendo que “nunca ha sido el mundo tan escandalosamente injusto”, algo en lo que también coincide el teólogo jesuita José Mª Castillo, en su libro “La Iglesia que Quiso el Concilio” (2001).

Algunos de los datos que demuestran esa asombrosa injusticia no pueden justificarse fácilmente sin hacer un esfuerzo para autoperdonarnos, sobre todo, porque los que están a favor de las ventajas de la globalización suelen evitar descubrir los inconvenientes de ésta, o bien, los esquivan como si fueran los “daños laterales” de cualquier guerra: “Una mujer embarazada corre cien veces más riesgo de muerte en África que en Europa. El valor de los productos para mascotas animales que se venden, cada año, en los Estados Unidos, es cuatro veces mayor que toda la producción de Etiopía. Las ventas de sólo dos gigantes, General Motors y Ford, superan largamente el valor de la producción de toda el África negra. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diez personas, los diez opulentos más opulentos del planeta, tienen una riqueza equivalente al valor de la producción total de cincuenta países, y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad.” A pesar de los datos, el autor no pierde el humor y cita una pintada callejera que parece resumir el espíritu del mundo: “¡Combata el hambre y la pobreza! ¡Cómase un pobre!”. “Cada vez cuesta más lo que el sur compra, y cada vez vale menos lo que vende” y encima “el sur lleva muchos años trabajando de basurero del norte”.

“Paradójicamente, muchos trabajadores del sur del mundo emigran al norte, o intentan contra viento y marea esa aventura prohibida, mientras muchas fábricas del norte emigran al sur. El dinero y la gente se cruzan en el camino. El dinero de los países ricos viaja hacia los países pobres atraído por los jornales de un dólar y las jornadas sin horarios, y los trabajadores de los países pobres viajan, o quisieran viajar, hacia los países ricos, atraídos por las imágenes de felicidad que la publicidad ofrece o la esperanza inventa.” Ejemplos no faltan como el escándalo de algunas empresas deportivas (Nike, Adidas…) que emplean mano de obra infantil sin las más mínimas medidas de seguridad. O empresas petrolíferas que esquilman la naturaleza (como Texaco en Ecuador). “La cadena McDonald’s regala juguetes a sus clientes infantiles. Esos juguetes se fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan diez horas seguidas, en galpones cerrados a cal y canto, a cambio de ochenta centavos. Vietnam había derrotado la invasión militar de los Estados Unidos; y un cuarto de siglo después de aquella hazaña, que muchos muertos costó, el país padece la humillación globalizada.” Y estas empresas lo tienen y lo ponen muy claro: “Si no se portan bien, nos vamos a filipinas, o a Tailandia, o a Indonesia, o a China, o a Marte. Portarse mal significa: defender la naturaleza o lo que quede de ella, reconocer el derecho de formar sindicatos, exigir el respeto de las normas internacionales y de las leyes locales, elevar el salario mínimo.”

Centrándose en Latinoamérica, indica que “es una economía esclavista que se hace la posmoderna: paga salarios africanos, cobra precios europeos, y la injusticia y la violencia son las mercancías que producen con más alta eficiencia.” Y hace una aclaración muy grave: “nunca nadie en la historia de América latina ha sido obligado a devolver el dinero que robó”. Pero claro, y esto en todo el mundo, el mayor problema es que “los políticos sin escrúpulos no hacen más que actuar de acuerdo con las reglas de juego de un sistema donde el éxito justifica los medios que lo hacen posible, por sucios que sean”.

En todo el mundo la pobreza mata, pero “desde el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin y la cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está creciendo demasiado. Los expertos denuncia los excedentes de población al sur del mundo”, aunque sea en los países ricos donde se vive con menos espacio y con más despilfarro.

“El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso”. Como ejemplo de esto se cita el caso de “Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam” y que “reconoció que la guerra fue un error”, pero “no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. (…) Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la II Guerra Mundial es un detalle que carece de importancia. Al fin y la cabo, en su larga matanza, los Estados Unidos habían estado ejerciendo el derecho de las grandes potencias a invadir a quien sea y obligar a lo que sea.” Otro curioso ejemplo es el del “almirante retirado Gene LaRocque, de la marina de guerra de los Estados Unidos”, que a propósito de la Guerra del Golfo comentó: «Ahora matamos a la gente sin verla jamás. Se aprieta un botón a miles de millas de distancia. Es la muerte por control remoto, sin sentimientos ni remordimientos… Y entonces, regresamos a casa en triunfo».”

Eduardo Galeano critica la ligereza y el partidismo con el que se usa el término “libertad de comercio”. Por ejemplo, “Inglaterra, Holanda y Francia ejercían la piratería, en nombre de la libertad de comercio, mediante los buenos oficios de sir Francis Drake, Henry Morgan, Piet Heyn, François Lolonois y otros neoliberales de la época”. Otro ejemplo: “Cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de comercio y las telas norteamericanas, más caras y más feas que las telas inglesas, se hicieron obligatorias (…) después, sin embargo, los Estados Unidos enarbolaron la libertad de comercio para obligar a muchos países latinoamericanos al consumo de sus mercancías”. También, “los soldados británicos impusieron el consumo de opio en China, a cañonazos”, ya que “la reina Victoria fue, además la mayor traficante de drogas del siglo XIX”, convirtiendo al opio como la mercancía más valiosa del comercio imperial. La guerra del Opio (1839-1842) comenzó cuando el emperador Chino, preocupado por el incremento del consumo de opio, prohibió la importación del opio el cual era comercializado por contrabandistas británicos. La respuesta de Gran Bretaña fue bombardear Cantón y ocupar Shanghai. En 1841, por ejemplo, en la toma del puerto de Tin-hai, murieron 3 británicos y más de 2000 chinos. Al término de la guerra, los británicos se quedaron con Hong Kong y China tuvo que abrir más sus fronteras al “libre comercio”. Más cosas: “la industria británica redujo a la India a la última miseria, y la banca británica ayudó a financiar el exterminio del Paraguay”. Al fin y al cabo, la era colonial necesitó del racismo tanto como necesitó de la pólvora”. Pero el fin de la era colonial no fue el fin del racismo ni el fin de la injusticia. Veamos dos ejemplos: “En 1986, un diputado mexicano visitó la cárcel de Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró a un indio tzotzil, que había degollado a su padre” el cual “llevaba tortillas y frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado. Aquel preso tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana, que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio.” El otro ejemplo, en Europa: “En la Copa del Mundo que ganó Francia en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.”

En definitiva, “países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno”. Otras frases para reflexionar: “Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.”

Este libro plantea que en muchos casos y en ciertos países las cárceles están llenas de presos por ser pobres o por actos a los que la pobreza les empuja, mientras los que mantienen esa pobreza no sufren condena: “Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos.” Como el caso del terremoto de México en Septiembre de 1985 que provocó unos 5000 muertos.

Contra la hipocresía de los países ricos también arremete, especialmente contra los grandes vendedores de armas, principalmente “Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia. En la lista, algunos lugares más atrás también figura China. Y estos son, casualmente, los cinco países que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. (…) O sea: la paz mundial está en manos de las cinco potencias que explotan el gran negocio de la guerra“: “Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. (…) La industria de las armas, venta de muerte, exportación de violencia, trabaja y prospera. El mundo ofrece mercados firmes y en alza, mientras la siembra universal de la injusticia continúa dando buenas cosechas y crecen la delincuencia y la drogadicción, la agitación social y el odio nacional, regional, local y personal.” Se pueden citar muchos casos: como las injusticias cometidas por Israel (como estado) contra los palestinos con el apoyo directo e indirecto de Estados Unidos. Otro caso es el de Arabia Saudita, un país muy criticado por Amnistía Internacional por sus continuas violaciones de los Derechos Humanos, pero que no teme a nada porque sus intercambios de “petróleo por armamentos, permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la protesta interna, y permite a los Estados Unidos y a Gran Bretaña alimentar sus economías de guerra y asegurar sus fuentes de energía (…) [mientras] jamás vemos, escuchamos ni leemos ninguna denuncia de las atrocidades de Arabia Saudita”, ya que el rey saudí “paga esas millonadas por las armas y, de paso, compra impunidad”.

“Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad gozan del derecho de hacer lo que se les cante”, de forma curiosamente legal. Ejemplos no faltan: “Estados Unidos pudieron bombardear impunemente el barrio más pobre de la ciudad de Panamá y, después, pudieron arrasar Irak; Rusia pudo castigar a sangre y fuego los clamores de independencia en Chechenia; Francia pudo violar el Pacífico sur con sus explosiones nucleares; y China puede seguir fusilando, legalmente, cada año, diez veces más gente que la que cayó acribillada, a mediados del 89, en la plaza de Tien An Men. Como antes había ocurrido en la guerra de las islas Malvinas, la invasión de Panamá sirvió para que la aviación militar probara la eficacia de sus nuevos modelos; y la televisión convirtió a la invasión de Irak en una universal vidriera de exhibición de las nuevas armas que se ofrecían al mercado; Vengan a ver las novedades de la muerte en la gran feria de Bagdad. (…) Bien decía don Teodoro Roosevelt que «ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra». En 1906, le dieron el Premio Nobel de la Paz.”

“La industria norteamericana de armamentos practica la lucha contra el terrorismo vendiendo armas a gobiernos terroristas, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que hacen todo lo posible por aniquilarlos.” Por desgracia, tiene razón el autor al afirmar que “nunca falta alguna guerra”, aunque nunca los periodistas se planteen “¿A quien da de ganar esta tragedia? «La cara del verdugo está siempre bien escondida», cantó alguna vez, Bob Dylan.”

“Hay treinta y cinco mil armas nucleares en todo el mundo. Los Estados Unidos poseen la mitad, y la otra mitad pertenece a Rusia y, en menor medida, a otras potencias. Los dueños del monopolio nuclear ponen el grito en el cielo cuando India, o Pakistán, o quien sea, realiza el sueño de la explosión propia, y entonces denuncian el peligro que el mundo corre: cada una de esas armas puede matar a varios millones de personas, y unas cuantas bastarían para acabar con la aventura humana en el planeta, y con el planeta también. Pero las grandes potencias jamás dicen cuándo ha tomado Dios la decisión de otorgarles el monopolio, ni porqué siguen fabricando esas armas. (…) ¿Para asustar a quién? ¿A la humanidad entera?”. Resumiendo el sentido de su “lucha” contra las armas podemos incluir una expresiva frase: “Si se prohíbe la industria de la droga, industria asesina, ¿por qué no se prohíbe la industria de armamentos, que es la más asesina de todas?”, y con respecto a la industria de las drogas, “¿Por qué los traficantes son los más fervorosos partidarios de la prohibición?”.

¿Alguien se atreve a calcular la crisis económica que afectaría a Estados Unidos si, de repente, no hubiera ningún conflicto armado en el mundo que estuviera alimentado con sus armas?

Pero hay muchas formas de robar y abusar y muchas de ellas son legales. “Suiza no participó en la guerra. Participó en el negocio de la guerra, vendiendo sus servicios a muy buen precio a la Alemania nazi. Un negocio brillante: la banca suiza convertía en divisas internacionales el oro que Hitler robaba a los países ocupados y a los judíos. (…) El oro entraba en Suiza sin ningún inconveniente, mientras los perseguidos por los nazis eran devueltos en la frontera. Bertold Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo. Después de la guerra, Suiza se convirtió en una cueva internacional de Alí Babá para los dictadores, los políticos ladrones, los malabaristas de la evasión fiscal y los traficantes de drogas y de armas.” También Galeano arremete contra la especulación, el negocio de multiplicar el dinero sin aportar ningún trabajo: “En 1997, de cada cien dólares negociados en divisas, apenas dos dólares y medio tuvieron algo que ver con el intercambio de bienes y servicios. En ese año, en vísperas del huracán que barrió las Bolsas de Asia y del mundo, el gobierno de Malasia propuso una medida de sentido común: la prohibición del tráfico de divisas no comerciales. La iniciativa no fue escuchada. El griterío de las Bolsas mete mucho ruido”.

“En los Estados Unidos, la venta de favores políticos es legal y puede realizarse abiertamente, sin necesidad de disimulo ni riesgo de escándalo. Trabajan en Washington más de diez mil profesionales del soborno, que se ocupan de influir sobre los legisladores y los inquilinos de la Casa Blanca. (…) Johnnie Chung, un hombre de negocios que reconoció haber hecho donaciones ilegales, explicó en 1998: «La Casa Blanca es como el Metro: para entrar, hay que poner monedas».” Una de las más recientes demostraciones de esto está en el caso del presidente Bush hijo: Antes de las elecciones prometió medidas de protección del medio ambiente. Después de salir elegido, en las elecciones más dudosas de la historia de los Estados Unidos, hizo los favores pertinentes a la industria del petróleo, olvidando las promesas electorales que había vociferado algunas semanas antes. También la industria armamentística es conocida como una de sus mayores fuentes financieras y, a ello se debe gran parte de las bombas tiradas en Afganistán, y su “mirar hacia otro lado” en el caso de la violencia de Israel contra el pueblo palestino.

“La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo.” En definitiva, “poco pueden las leyes jurídicas contra las leyes económicas, y la economía capitalista genera concentración de poder tan inevitablemente como el invierno genera frío. (…) La tecnología pone la imagen, la palabra y la música al alcance de todos, como nunca antes había ocurrido en la historia humana; pero esta maravilla puede convertirse en un engaña pichanga si el monopolio privado termina por imponer la dictadura de la imagen única, la palabra única y la música única. (…) Como dice el periodista argentino Ezequiel Fernández-Moores, a propósito de la información: «Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada».”

En el capítulo “Lecciones contra los vicios inútiles” critica un mundo en el que “El trabajo es el vicio más inútil. No hay en el mundo mercancía más barata que la mano de obra. (…) El desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad, sino que está multiplicando la desocupación y está sembrando el miedo. (…) Cada vez hay más desocupados en el mundo. Al mundo le sobra cada vez más gente. (…) La globalización es una galera, donde las fábricas desaparecen por arte de magia, fugadas a los países pobres; la tecnología que reduce vertiginosamente el tiempo de trabajo necesario para la producción de cada cosa, empobrece y somete a los trabajadores, en lugar de liberarlos de la necesidad y de la servidumbre; y el trabajo ha dejado de ser imprescindible para que el dinero se reproduzca. Son muchos los capitales que se desvían hacia las inversiones especulativas. Sin transformar la materia, y sin tocarla siquiera, el dinero se reproduce con más fecundidad haciendo el amor consigo mismo. Siemens, una de las mayores empresas industriales del mundo, está ganando más con sus inversiones financieras que con sus actividades productivas. (…) El asombroso aumento de la productividad operado por la revolución tecnológica no sólo no se traduce en una elevación proporcional de los salarios, sino que ni siquiera disminuye los horarios de trabajo en los países de más alta tecnología.” Hay una excepción: “Francia decidió, en mayo del 98, reducir la semana laboral de 39 a 35 horas, dando así una elemental lección de cordura”, aunque no todos estuvieron de acuerdo en la medida.

En el capítulo “Clases magistrales de impunidad” se revelan algunos de los casos más escandalosos de este mundo al revés. Por ejemplo: “Las empresas petroleras Shell y Chevron han arrasado el delta del río Níger. El escritor Ken Saro-Wiwa, del pueblo ogoni de Nigeria, lo denunció «Lo que la Shell y la Chevron han hecho al pueblo ogoni, a sus tierras y a sus ríos, a sus arroyos, a su atmósfera, llega al nivel de un genocidio. El alma del pueblo ogoni está muriendo, y yo soy su testigo». A principios de 1995, el gerente general de la Shell en Nigeria, Naemeka Achebe, explicó así el apoyo de su empresa al gobierno militar: «Para una empresa comercial que se propone realizar inversiones, es necesario un ambiente de estabilidad… Las dictaduras ofrecen eso». Unos meses más tarde, la dictadura de Nigeria ahorcó a Ken Saro-Wiwa. El escritor fue ejecutado con otros ocho ogonis, también culpables de luchar contra las empresas que aniquilaron sus aldeas y redujeron sus tierras a un vasto yermo. Muchos otros ogonis habían sido asesinados, antes, por el mismo motivo. (…) El presidente de los Estados Unidos declaró entonces que su país suspendería el suministro de armas a Nigeria, y el mundo lo aplaudió.” Con eso, realmente “Estados Unidos reconocía que su país había estado vendiendo armas al régimen carnicero del general Sani Abacha, que venía ejecutando gente a un ritmo de cien personas por año, en fusilamiento o ahorcamientos convertidos en espectáculos públicos.”

Y es que “los Estados Unidos venden cerca de la mitad de las armas del mundo y compran cerca de la mitad del petróleo que consumen. De las armas y del petróleo dependen, en gran medida, su economía y su estilo de vida.” Por desgracia, la historia de la empresa anglo-holandesa Shell es más larga: En la isla de Curaçao, en el Caribe, instaló “una gran refinería que, desde entonces viene echando humos venenosos sobre esa isla de la salud. En 1983, las autoridades locales mandaron parar (…) los expertos calcularon en 400 millones de dólares la indemnización, mínima, que la empresa debía pagar por los males que la naturaleza había sufrido. La Shell no pagó nada”. También es más larga la historia de la empresa norteamericana Chevron, que “gastó muchos millones de dólares en una campaña publicitaria que exaltaba sus desvelos por la defensa del medio ambiente en los Estados Unidos. La campaña estaba centrada en la protección (…) de unas maripositas azules que corrían peligro de extinción. El refugio costaba cinco mil dólares anuales; pero la empresa gastaba ochenta veces más para producir cada minuto de la propaganda que alababa su vocación ecologista, y mucho más todavía por cada minuto de emisión del bombardeo publicitario” en TV. También es curioso que ese refugio estuviera “instalado en la refinería El Segundo, en las arenas del sur de Los Ángeles. Y ésta sigue siendo una de las peores fuentes de contaminación del agua, el aire y la tierra en toda California.”

En definitiva, parece que “La salvación del medio ambiente está siendo el más brillante negocio de las mismas empresas que lo aniquilan. En un libro reciente, The corporate planet, Joshua Karliner brinda tres ejemplos ilustrativos de alto valor pedagógico: el grupo General Electric tiene cuatro de las empresas que más envenenan el aire del planeta, pero es también el mayor fabricante norteamericano de equipos para el control de la contaminación del aire;” También se citan los casos de la empresa química DuPont y de la “multinacional Westinghouse que se ha ganado el pan vendiendo armas nucleares”. Otro ejemplo, “la mismas fábricas de armamentos que han vendido las minas (…) ofrecen su know how para limpiar los vastos terrenos minados (…) Un negocio redondo: arrancar minas resulta cien veces más caro que colocarlas.” Es bueno aclarar que muchos países vendedores de armamento, como España, han firmado un acuerdo para no vender ni fabricar este tipo de artefactos, aunque otros tipos los siguen vendiendo sin remordimientos.

Más de esto se expone en el capítulo titulado “La impunidad de los exterminadores del planeta”, donde se aclara, por si hiciera falta que: “Las empresas que más éxito tienen en el mundo son las que más asesinan al mundo; y los países que deciden el destino del planeta son los que más méritos hacen para aniquilarlo.” Galeano critica como muchas “expresiones de la preocupación oficial por la ecología” son mera hipocresía “que nadie cumple”, porque “el lenguaje del poder otorga impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo universal en nombre del desarrollo y también a las grandes empresas que, en nombre de la libertad, enferman al planeta, y después le venden remedios y consuelos. (…) La humanidad entera paga las consecuencias de la ruina de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los bienes mortales que la naturaleza otorga. (…) Es el veinticinco por ciento de la humanidad quien comete el setenta y cinco por ciento de los crímenes contra la naturaleza. (…) Cada norteamericano echa al aire, en promedio, veintidós veces más carbono que un hindú y trece veces más que un brasileño.” Así, los países ricos son “países y clases sociales que definen su identidad a través de la ostentación y el despilfarro. La difusión masiva de esos modelos de consumo, si posible fuera, tiene un pequeño inconveniente: se necesitarían diez planetas como éste para que los países pobres pudieran consumir tanto como consumen los países ricos, según las conclusiones del fundamentado informe Bruntland, presentado ante la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo en 1987. Las empresas más exitosas del mundo son también las más eficaces contra el mundo. Los gigantes del petróleo, los aprendices de brujo de la energía nuclear y de la biotecnología, y las grandes corporaciones que fabrican armas, acero, aluminio, automóviles, plaguicidas, plásticos y mil otros productos, suelen derramar lágrimas de cocodrilo por lo mucho que la naturaleza sufre.”

Los abusos son incontables y van desde patentar plantas amazónicas por parte de empresas bioquímicas (como la ayahuasca patentada por la empresa estadounidense International Plant Medicine Corporation), hasta el desastre de la ciudad india de Bophal en la que otra empresa estadounidense, Union Carbide, fue la causante de unas 6600 muertes con escasas o nulas subvenciones por culpa de no aplicar las más básicas medidas de seguridad que en Estados Unidos son obligatorias. Actualmente “Union Carbide y Dow Chemical venden, en América latina, numerosos productos prohibidos en su país, y lo mismo ocurre con otros gigantes de la industria química mundial. En Guatemala, por ejemplo, las avionetas fumigan las plantaciones de algodón con pesticidas que no se pueden vender en los Estados Unidos ni en Europa: esos venenos se filtran en los alimentos”. La empresa alemana Bayer, que ya usó la “mano de obra gratuita de los prisioneros de Auschwitz”, es el “segundo productor mundial de pesticidas” y vende, a Uruguay por ejemplo, más de “veinte agrotóxicos no autorizados en Alemania”, algunos considerados “altamente peligrosos por la Organización Mundial de la Salud”.

Otro de los efectos de la globalización es que el aluminio japonés se fabrica en Brasil. “En Brasil, la energía y la mano de obra son baratas y el medio ambiente sufre, en silencio, el feroz impacto de esta industria sucia. Para dar electricidad al aluminio, Brasil ha inundado gigantescas extensiones del bosque tropical. Ninguna estadística registra el costo ecológico de este sacrificio. Al fin y al cabo, es costumbre: otros muchos sacrificios sufre la floresta amazónica, mutilada día tras día, año tras año, al servicio de las empresas madereras, ganaderas y mineras.” Más datos: “en Taiwán, un tercio del arroz no se puede comer, porque está envenenado de mercurio, arsénico o cadmio; en Corea del Sur, sólo se puede beber agua de la tercera parte de los ríos. Ya no hay peces comestibles en la mitad de los ríos de China. En una carta, un niño chileno retrató así a su país: «Salen barcos llenos de árboles y llegan barcos llenos de autos»”. Por estas causas, ya se sabe que “la degradación ambiental será, en los próximos años, la principal causa de los éxodos de población en los países del sur.”

En otro capítulo, “La impunidad de los cazadores de gente”, advierte que “no es negocio asesinar con timidez. (…) Ante la ley terrena, la igualdad se desiguala todo el tiempo y en todas partes, porque el poder tiene la costumbre de sentarse encima de uno de los platillos de la balanza de la justicia.” Aquí se pasa revista a los crímenes contra la humanidad y cómo estos resultan impunes: desde la dictadura de Uruguay hasta la de Argentina, pasando por Guatemala y el asesinato del obispo Juan Gerardi por la publicación de cierto informe.

En su capítulo “La impunidad del sagrado motor” critica con vehemencia el abuso de la industria del automovilismo y de sus usuarios. No se trata de criticar el progreso sino de criticar el abuso del progreso: “los automóviles usurpan el espacio humano, envenenan el aire y, con frecuencia, asesinan a los intrusos que invaden su territorio conquistado. (…) Este fin de siglo desprecia el transporte público” (y ya podemos añadir que el nuevo siglo XXI sigue en la misma línea. Para llamar la atención, Galeano hace la siguiente comparación: “La venta de autos es simétrica a la venta de armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los automóviles son la principal causa de muerte entre los jóvenes, seguida por las armas de fuego.”

“Según los cálculos del Worldwatch Institute, si se tomaran en cuenta los daños ecológicos y otros costos escondidos, el precio de la gasolina tendría que elevarse, por lo menos al doble. La gasolina es, en los Estados Unidos, tres veces más barata que en Italia, que ocupa el segundo lugar entre los países más motorizados; y cada norteamericano quema, en promedio, cuatro veces más combustible que un italiano, lo que ya es decir. Esta sociedad norteamericana, enferma de autismo, genera la cuarta parte de los gases que más envenenan la atmósfera. (…) Cada vez que algún loco sugiere aumentar los impuestos a la gasolina, los big three de Detroit (General Motors, Ford y Chrysler) ponen el grito en el cielo y desatan campañas millonarias, y de amplio eco popular, denunciando tan grave amenaza contra las libertades públicas. (…) Es raro el caso del político, demócrata o republicano, capaz de cometer algún sacrilegio contra el modo de vida nacional, fundado en la veneración de las máquinas y en el derroche de los recursos naturales del planeta. Impuesto como modelo universal, ese modo de vida, que identifica el desarrollo humano con el crecimiento económico, realiza milagros que la publicidad exalta y difunde, y que el mundo entero querría merecer.(…) Sólo el 20% de la humanidad dispone del 80% de los autos, aunque el 100% de la humanidad tenga que sufrir el envenenamiento del aire. Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, el automóvil está en manos de una minoría, que convierte sus costumbres en verdades universales y nos obliga a creer que el motor es la única prolongación posible del cuerpo humano.”

En resumen, “en nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se está haciendo irrespirable el aire del mundo.” Galeano insiste en la necesidad de fomentar el transporte público y las bicicletas (y sus carriles). Un dato resulta revelador: “el dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la gasolina, alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la población.” Por supuesto, esta es otra cuestión de discriminación con los países de sur ya que en ellos se sigue usando gasolina con plomo. Resultan didácticos algunos de los casos expuestos en el libro: ciudad de México, San Pablo, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires… por el contrario, algunas ciudades ya se han dado cuenta de la necesidad de reducir el espacio por donde circulan los automóviles: Amsterdam o Florencia son un buen ejemplo de ello.

Este autor también critica el modo de vida de la sociedad de consumo que obliga a obtener rápidos beneficios en poco tiempo: flores sometidas a luz continua para rápido crecimiento, gallinas a las que se les reduce las horas de sueño y se las hace vivir hacinadamente sin casi poder moverse… y gente que vive siempre deprisa y corriendo pero sin hacer deporte alguno… por que además “en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados”, especialmente Estados Unidos en el que la obesidad ya se trata como epidemia nacional, y determinados tratamientos son subvencionados por el gobierno. “El país que inventó las comidas y bebidas light, la diet food y los alimentos fat free tienen la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa 4 horas diarias devorando comida de plástico. Triunfa la comida basura disfrazada de comida: esta industria está colonizando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local” en la “globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food“. Así no es extraño que la empresa McDonald’s sea denunciada por ecologistas y activistas antiglobalización, acusando a esta empresa de “maltrato a sus trabajadores, la violación de la naturaleza y la manipulación comercial de las emociones infantiles: sus empleados están mal pagados, trabajan en malas condiciones y no pueden agremiarse; la producción de carne para las hamburguesas arrasa los bosques tropicales y despoja a los indígenas; y la multimillonaria publicidad atenta contra la salud pública, induciendo a los niños a preferir alimentos de muy dudoso valor nutritivo” y de un altísimo contenido en grasa como lo han demostrado multitud de estudios.

Pero, en este mundo al revés, la publicidad hace milagros y los anuncios embaucadores saben cómo conseguir que el consumidor obedezca sus dictámenes. “En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. (…) No se sabe si en Navidad se celebra el nacimiento de Jesús o de Mercurio, dios del comercio, pero seguramente es Mercurio quien se ocupa de bautizar los días de la compra obligatoria: Día del Niño, Día del Padre, Día de la Madre, Día del Abuelo, Día de los Enamorados”… “La cultura de consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender.” La televisión tiene aquí su parte de responsabilidad y “el televisor es inocente del uso y del abuso que se hace de él”, aunque los medios dicen siempre lo mismo: “Ofrecemos a la gente lo que la gente quiere, y así se absuelven; pero esa oferta, que responde a la demanda, genera cada vez más demanda de la misma oferta: se hace costumbre, crea su propia necesidad, se convierte en adicción. En las calles hay tanta violencia como en la televisión, dicen los medios; pero la violencia de los medios, que expresa la violencia del mundo, también contribuye a multiplicarla. (…) Trabajar, dormir y mirar la televisión son las tres actividades que más tiempo ocupan en el mundo contemporáneo. Bien lo saben los políticos. (…) Gracias a la pantalla chica, el presidente Reagan pudo convencer a la opinión pública norteamericana de que Nicaragua era un peligro. Hablando ante el mapa del norte de América, que progresivamente se iba tiñendo de rojo desde el sur, Reagan pudo demostrar que Nicaragua iba a invadir los Estados Unidos, vía Texas.”

“Las imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. Jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales, que ayer desangraron al África a través de la trata de esclavos y el monocultivo obligatorio, y hoy perpetúan la hemorragia pagando salarios de hambre y precios de ruina. Lo mismo ocurre con la información sobre las guerras; siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma impunidad para el amo blanco que hipotecó la independencia africana, dejando a su paso burocracias corruptas, militares despóticos, fronteras artificiales y odios mutuos; y siempre la misma omisión de cualquier referencia a la industria de la muerte, que desde el norte vende las armas para que el sur se mate peleando.”

“Quizás el más certero símbolo de la época sea la bomba de neutrones, que respeta las cosas y achicharra a los seres vivos. (…) La ciencia y la técnica que han sido puestas al servicio del mercado y de la guerra, nos ponen a su servicio. (…) La injusticia, motor de todas las rebeliones que en la historia han sido, no sólo no se ha reducido en el siglo XX, sino que se ha multiplicado hasta extremos que nos resultarían increíbles si no estuviéramos tan entrenados para aceptarla como costumbre y obedecerla como destino. Pero el poder no ignora que la injusticia está siendo cada vez más injusta, y que está siendo cada vez más peligroso el peligro. Desde que cayó el Muro de Berlín, y los regímenes llamados comunistas se derrumbaron o cambiaron hasta hacerse irreconocibles, el capitalismo se ha quedado sin pretextos. En los años de la guerra fría, cada mitad del mundo podía encontrar, en la otra mitad, la coartada de sus crímenes y la justificación de sus horrores. Cada una decía ser mejor, porque la otra era peor. Ahora, súbitamente huérfano de enemigo, el capitalismo celebra su hegemonía, y de ella usa y abusa sin límites; pero ciertos signos indican que empieza a asustarse de sus propios actos. (…) A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder. (…) Las grandes potencias que gobiernan al mundo ejercen la delincuencia internacional con impunidad y sin remordimientos. Sus crímenes no conducen a la silla eléctrica, sino a los tronos del poder; y la delincuencia del poder es la mamá de todas las delincuencias.” Razones no le faltan a Eduardo Galeano para esas afirmaciones y para ello cuenta algunos casos bastante interesantes (como los de Chile, Nicaragua o Cuba), pero más recientemente podemos también citar el caso de Palestina, torturada hasta el horror por Israel (matanzas y ocupación de principios de 2002) y cómo las “grandes potencias” a las que se refiere el autor, son cómplices por omisión, ya que se limitan en el mejor de los casos a condenar los asesinatos, pero no toman otras medidas (dejar de vender armas, romper relaciones comerciales y diplomáticas…).

“Los estados socialistas del este de Europa tenían mucho de estados y poco o nada de socialistas. (…) En nombre de la justicia, ese presunto socialismo había sacrificado la libertad. Reveladora simetría: en nombre de la libertad el capitalismo sacrifica la justicia cada día.” El caso de Rusia y su Moscú actual es un buen ejemplo.

Para terminar, el libro reivindica “El derecho al delirio”, el derecho a soñar con un mundo mejor, aunque posiblemente eso no sea posible. Podemos elegir algunos versos de ese sueño:

 

  • “en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;”

  • “los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;”

  • “el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;”

  • “nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;”

  • “los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;”

  • “la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;”

  • “la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;”

  • “la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;”

  • “la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;”

El libro termina diciendo que se terminó de escribir en agosto de 1998 y que para saber cómo continúa basta con seguir las noticias de cada día. Y efectivamente, así es. Después de 1998 han ocurrido multitud de cosas que sin duda deberían estar incluidas en un libro así. Por ejemplo, tras los atentados del 11 de Septiembre, Estados Unidos se autoproclamó como líder en la lucha contra el terrorismo y, sin embargo ha cometido actos terroristas por los que no sólo no ha sido condenado sino ni siquiera juzgado. No nos referimos a los ataques contra Afganistán, de lo que mucho se podría decir, sino por ejemplo a la matanza que durante esa guerra produjeron en una cárcel de ese país atacándola incluso con bombas desde el aire y matando a todos los reclusos que no tuvieron ninguna oportunidad. Estados Unidos también pretende ser firme defensor de los Derechos Humanos y se vanagloria de ser un defensor de los mismos y, sin embargo, a los detenidos de Afganistán, presuntos terroristas, los torturó en la base de Guantánamo sin haber sido sometidos a juicio justo. Tampoco podemos olvidar que en ese país se sigue aplicando la pena de muerte. Otro ejemplo, en la invasión de Israel a Palestina de 2002, con el exterminio que las tropas judías ejercieron destrozando multitud de ciudades, Estados Unidos tardó mucho tiempo en condenar la invasión y, en todo caso, no tiene sentido que exigiera a Israel que se retirara de los territorios ocupados a la vez que le vende armas a gran escala.

También en 2002 saltó la noticia de que una empresa había conseguido descifrar el genoma del arroz y que esto llevaría a paliar el hambre del mundo. Esa empresa pretende hacer creer al mundo que el hambre que padece es por culpa de que el arroz que la naturaleza ha creado es imperfecto. Pretende hacer creer al mundo que son capaces de mejorar el arroz, sin ningún efecto secundario, por supuesto, y que además, todo ese inmenso trabajo lo realizan por amor a la humanidad. Los millones de dólares que cuesta esa investigación pretenden lógicamente ser recuperados con creces vendiendo ese arroz cuando supuestamente lo consigan, lo cual, generará más hambre, más diferencias sociales, más injusticia y más dependencia de los países pobres de las multinacionales de los países ricos. Así, los países ricos pueden sentirse bien al facilitar un arroz “con vitaminas” evitando que los pobres tengan derecho a buscar una alimentación rica y variada.

Por desgracia, el mundo está lleno de noticias como esta y mientras no lo remediemos seguirá estándolo. “Pero alguien, quién sabe quién, escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.”

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Programas del Banco Mundial, incapaces de ayudar a reducir la pobreza

21 febrero 2007 1 comentario

Los programas del Banco Mundial han sido incapaces de ayudar efectivamente a crear empleos y reducir la pobreza en muchos de los países en desarrollo del mundo que actualmente disfrutan de un fuerte crecimiento, dijo el jueves el organismo de control de la entidad.

 

El Grupo Independiente de Evaluación (IEG, por sus siglas en inglés) dijo que el fuerte crecimiento económico en muchos de los países deudores del banco, impulsado por un benigno entorno global y una mejor gestión económica, algunas veces ha empeorado la brecha entre ricos y pobres.

 

La evaluación del IEG mostró además que las estrategias del banco para impulsar reformas suelen ser muy ambiciosas o poco realistas, mientras que los esfuerzos anticorrupción han ayudado a respaldar nuevas leyes e instituciones para combatir el problema, pero no han tenido continuidad.

 

El informe es un revés para la estrategia del presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, basada en resultados y en una política anticorrupción que desarrolló durante el año pasado para asegurar que el banco se vuelva más efectivo en reducir la pobreza y asegurar que su financiamiento no se gaste en corrupción.

“Aún existen más de mil millones de personas pobres en el mundo y si miras a través de las regiones, más allá de China, el progreso en la reducción de la pobreza ha sido menos impresionante en cifras generales que lo que ha sido en términos de una parte de la población,” señaló Monika Huppi, autora del informe.

 

“A la conclusión que ha llegado esta evaluación es que se necesita un mayor enfoque en cómo sacar provecho de este fuerte crecimiento y asegurar que se traslade a la reducción de la pobreza,” agregó.

Huppi dijo que en algunos países el alto crecimiento económico ha reducido los niveles de pobreza, cuando ha sido acompañada por una mejora en la distribución del ingreso. En otros, hubo un fuerte crecimiento, pero la distribución del ingreso empeoró.

“Todo hace pensar que lo que se necesita una vez que un país ha logrado establecer un fuerte crecimiento, es enfocarse en cómo asegurar que genere empleos que los más pobres puedan realmente ocupar,” agregó.

 

El informe señala que el crecimiento económico reduce la pobreza cuando ocurre en sectores y regiones donde viven y trabajan una mayoría de personas pobres, y cuando crea empleos.

La mitad de los programas del banco evaluados en los cuatros años recientes fueron incapaces de reducir la pobreza rural o bien requieren de una mayor atención.

En los países en que los programas del Banco Mundial fueron incapaces de reducir la pobreza, los préstamos del organismo impulsaron el crecimiento mejorando la gestión económica, pero estos se concentraron en sub-sectores donde pocas personas pobres pueden trabajar y, por lo tanto, no crearon empleos.

 

 

Publicado en La Jornada


Categorías:Economía, Pobreza, Trabajo

Hay un banquero sonriendo en alguna parte

11 diciembre 2006 Deja un comentario

Joe Bageant
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

 

En nuestros días cuesta no pensar en teorías conspirativas. Y no estoy hablando de cosas como “¿Quién derribó realmente las Torres Gemelas? o ¿Son los sionistas los que planearon la guerra de Iraq? Ambos campos están bastante fijos en sus búnkeres petrificados sobre estos temas. Pero lo que perturba mi pobre mente estos días los deja a ambos en la sombra por su simple dimensión. Y es lo siguiente:

¿Es realmente la totalización consumista de este país y el mundo una conspiración consciente por parte de un puñado de poderosos amos corporativos y financieros? Si respondemos “sí” nos vemos propulsados hacia las filas incoherentes de los paranoicos. Pero a pesar de todo, es bastante fácil nombrar a los que se mearían de alegría ante la perspectiva del Estado corporativo Un Solo Mundo, con miles de millones de personas mendigando trabajo por sus 1.500 calorías al día y un chip de xBox colgado a sus cuellos. Es una lástima que hace décadas nuestros medios noticiosos hayan dejado de cazar con munición viva, dejándonos sin nadie que rastree las actividades y el progreso de lo que evidentemente parecen ser elites globales, a juzgar por el rastro financiero que vemos en todos los caminos de la vida moderna.

 

En nuestros momentos de mayor sanidad vemos también que no se precisa una oscura conspiración súper-centralizada para lograr lo que parecen haber consumado. Incluso sin trabajar en coordinación palpable, unos pocos miles de intereses dedicados, individuales corporativos y financieros, pueden constituir un todo unificado, patogénico, tal como células individuales crean una colonia viable dominante de organismos malignos – malignos simplemente por su naturaleza anti-humana, contraria a la sociedad. No vemos a General Motors, Halliburton, Burger King y CitiBank cabildeando al Estado por la salud universal o ríos limpios, ¿no es así? Pero menciona a los sindicatos o a salarios que permitan vivir, y la colonia financiera dentro de la forma de nuestro plato Petri nacional se convierte en un monstruo de Gila y escupe veneno sobre la idea y caga dinero sobre todo el Congreso. Durante años consideré todo esto como una coincidencia hasta que la proposición terminó por estirar la credulidad hasta tal punto que tiré la toalla y me dije: “¡A la mierda! ¡Tanta coincidencia no es posible!”

 

Dicho de otra manera: los que toman decisiones globales, planificadores internacionales, instituciones financieras, partidos políticos, conglomerados mediáticos, corporaciones, bancos: un bloque acumulativo hegemónico que trabaja en combinación para coordinar la extracción de riqueza de los mundos primero y tercero por igual. Es probable que una serie de instituciones internacionales en manos privadas a las que y desde las cuales se puede mover dinero para apalancar a naciones y poblaciones según sus necesidades haga precisamente eso, porque pueden hacerlo. El territorio nacional no les importa ni una pizca, y los que gobiernan ese territorio significan aún menos, excepto en la medida en que puedan obstruir o incitar a la resistencia. Gente como Castro y Chávez. Pero incluso ellos no son más que la espina en la garra del león.

Considera lo siguiente: a guerra en Iraq ha sido inmensamente beneficiosa para los que producen armas y para los contratistas que supuestamente reconstruyen lo que las armas destruyen. Se benefician en ambos casos. Y mientras más dura la guerra, más ganan.

 

Mientras tanto, el dinero para ambos es extraído de los bolsillos de los trabajadores pobres del mundo. Pero el gran dinero, el “jugo” como solía decir la gente en la calle, proviene de exprimir la naranja de la sociedad USamericana para más trabajo, más producción y dinero de los impuestos. Algunos de nosotros, naranjas viejas, sentimos bastante estrujados estos días y nos estamos volviendo difíciles de manejar. Sin embargo, el apretón parece no importarle para nada a la mayoría de los USamericanos. La presión ha sido tan grande y tan constante que ya nadie la siente. Se ha hecho tan omnipresente que ya es incomprensible para la gente de a pie. Por ejemplo, setenta centavos de cada dólar de los impuestos es utilizado para pagar por guerras pasadas, presentes y futuras. La educación recibe dos centavos. Como señaló Michael Parenti, el costo de las piezas de aviones y munición militares almacenadas por el Pentágono es mayor que los gastos federales combinados para el control de la contaminación, la conservación medioambiental, el desarrollo comunitario. la vivienda, la seguridad en el puesto de trabajo, y el transporte de masas en conjunto. Y la Armada de USA gasta más dinero en el interminable desarrollo de un vehículo de rescate de submarinos que el que se gasta en bibliotecas públicas, seguridad laboral, y centros de guardería infantil, en su conjunto.

 

Colectivamente, esas súper-elites financieras, existan o no, deben tener por lo menos una cierta conciencia de que dirigen el mundo. De otra manera, ¿por qué tenemos conferencias en Davos y cosas así? ¿Conferencias financieras globales en las que gente como Bill Clinton y Al Gore y John Kerry representan sólo el espectáculo, simples pruebas del prestigio de los participantes? ¿Será verdad que los que verdaderamente importan en el mundo bostezaron durante los crípticos discursitos de Alan Greenspan mientras esperaban la acción entre bastidores de los que tienen verdadero poder e influencia, de Goldman, Citibank y otros, de ninguno de los cuales jamás hemos oído hablar pero que a pesar de ello se dice que son responsables de la baja de los precios de la gasolina en USA justo antes de las elecciones a mitad de período en USA? Se dice que cambiaron el índice en julio pasado para que los que poseen futuros del petróleo se vieran obligados a vender en octubre y noviembre, creando un ligero exceso durante las elecciones. Si es verdad, tal vez también podemos agradecerles por esos 12.000 puntos del Dow del mes pasado.

 

Mientras tanto, de vuelta en Camp Davos, el lascivo brillante osito de peluche estudiantil de Hope, Arkansas, buscador patológico de reconocimiento, expone y entretiene a las nuevas elites globales. Y después todos comen caviar Beluga y huevos de codorniz picados, mientras más de mil millones de personas viven con menos de un dólar al día. “¿Y han probado la ternera nonata escalfada en leche de ovejas peruanas en la suite de Swiss Bank? ¡Es de morirse!” Nadie está ni remotamente preocupado por la reacción de esos mil millones de personas que comen yuca mohosa, o arroz contaminado con orina de rata, porque la pobreza, bueno, la pobreza no es una amenaza, ¿no es cierto? Sólo una fuente de mano de obra barata. “Ahora, hablando de la exploración de petróleo crudo y de NYMEX…”

 

Personalmente, he decidido que son reales y que constituyen una clase invisible, y que están a medio camino de convertirse en la clase más poderosa que el mundo ha visto en su historia. Una clase que los políticos USamericanos no sólo se niegan a reconocer públicamente, pero que, cuando se les urge, juran directamente que no existe. Muéstrenme el dirigente republicano o demócrata que diga: “La política es la economía por otros medios, y nuestro propio Banco de la Reserva Federal es una institución en manos privadas, no gubernamental, y forma parte integral de la red financiera global que no responde a ningún país o ciudadano de a pie, no importa la nacionalidad.” O: “Mis contribuciones corporativas a la campaña provienen de gente cuyas acciones se orientan a extraerte dos cosas, querido elector: Tu dinero y la mano de obra más barata que pueda forzarte a darle. Lo menos que te puedan pagar por las horas de tu vida que gastas trabajando, que, dependiendo del grado de tu falsa ilusión, son llamadas un puesto de trabajo o una carrera excitante.”

 

Ningún político USamericano lo admitirá. Hay que ir a Venezuela o a los basurales ardientes de Manila o los campos de Chiapas para escuchar ese tipo de verdad.

 

Hay que admitirlo, hay por lo menos un cierto motivo para que esas elites sientan temor. La economía de USA, la verdadera economía material, es terriblemente débil, después de haber sido tan destripada por la especulación parasítica. La única fuente de fuerza que queda aquí son los militares, que actualmente se esfuerzan por ganar el control del suministro de energía del mundo, y se aseguran de que nadie tenga ideas raras sobre la utilización de otra cosa que dólares en el comercio del petróleo. Pero los que verdaderamente cuentan dicen: “¡Bueno, que los USamericanos se lo guarden si pueden! Si USA pierde, otro ganará. No importa. Podemos apalancar nuestra posición en cualquier punto de mercado emergente en el globo. ¡Y no te parece que China es un verdadero éxito, muchacho! La historia es larga. Los chinos lo comprenden.” Por lo tanto vemos a los chinos creando empresas conjuntas con USamericanos para comprar bienes raíces comerciales de USA a un dólar bajísimo después de la quiebra. En algún momento futuro podría fácilmente compensar sus actuales préstamos a USA a cambio de un mayor consumo de bienes chinos. Y si los USamericanos se encabronan demasiado, los chinos siempre pueden cerrar el grifo monetario.

 

Por otra parte, esta monstruosa clase de parásitos todavía no ha conquistado todo el mundo. USA parece ser su única victoria total, y ésa resistirá sólo mientras se pueda sustentar el consumo súpercalentado. Sólo lo han estado haciendo durante unos cuarenta años, y siguen colocando los fundamentos para el gulag global, fijando las reglas mientras avanzan. Y por lo menos tienen algunos topes rompevelocidades: “¿Por qué diablos nos sigue arruinando el negocio Castro, Dios mío? ¡Y ahora tenemos a ese maldito enano mexi-negro Evo Morales en su maldito suéter hediondo de bazar barato pavoneándose por ahí como si fuera presidente o algo así! ¿Y por qué diablos nadie ha liquidado a esos hijos de puta? ¿Ya no hace nada los de la CIA para justificar sus sueldos?”

 

Probablemente no. Lo último que oímos de la CIA, fue que la marginaron, la enviaron a hacer sus tareas, hasta que salieron con esas malditas armas de destrucción masiva.

 

Mientras tanto, un economista chino calcula el déficit comercial de USA. Un ejecutivo del Swiss Bank pide otra botella de vino y un joven chií recibe entrenamiento sobre cómo hacer volar un oleoducto.

Los únicos que sonríen son el chino y el ejecutivo bancario.

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Joe Bageant es autor de un libro: “Deer Hunting With Jesus: Dispatches from America’s Class War”, de Random House Crown sobre USA de clase trabajadora, que será publicado en la primavera de 2007. Un archivo completo de su trabajo en línea, junto con los pensamientos de muchos USamericanos trabajadores sobre el tema de clase, se encuentran en: http://www.joebageant.com. Para contactos escriba a: joebageant@joebageant.com.

Copyright © 2006 by Joe Bageant.
http://www.counterpunch.org/bageant12052006.html

Remesas: aspectos vergonzosos.

2 noviembre 2006 4 comentarios

El dinero que los trabajadores mexicanos mandan al país desde el extranjero ha sido, de manera creciente, un sostén de la economía y de las variables macroeconómicas. Como lo explica el Banco Mundial (BM) en un informe dado a conocer ayer, las remesas se traducen en “reducción de la pobreza, mayores ahorros, mejor acceso a salud y educación y aumento de la capacidad empresarial, así como estabilidad macroeconómica y menor volatilidad e inequidad”. Desde ese punto de vista, este flujo de divisas es, de manera indiscutible, un factor positivo y auspicioso para México y para otras naciones latinoamericanas que se benefician de un fenómeno semejante.

El documento de la institución financiera internacional alerta, sin embargo, sobre los efectos negativos de los envíos de dinero: “sus efectos sobre la pobreza y la desigualdad son bastante modestos en la mayoría de los casos”, “las transferencias reducen la fuerza de trabajo en los países de origen”, “pueden generar una sobrevaluación del tipo de cambio y, por lo tanto, reducir la competitividad del país que las recibe”, propician “el éxodo de profesionales y trabajadores capacitados” y “en ningún caso pueden sustituir la aplicación de políticas nacionales sólidas” en los países de destino. Asimismo, las transferencias generan el riesgo de “la potencial pérdida de ingresos asociada con la ausencia de los emigrantes del seno de sus familias y comunidades”.

En el caso de México debe apuntarse que los envíos masivos de dinero son realizados por trabajadores emigrantes que en su enorme mayoría viajan a Estados Unidos sin documentos, cruzan la frontera en circunstancias muy peligrosas, se enfrentan a maltratos, abusos y atropellos de toda suerte, y una vez que consiguen asentarse en alguna localidad estadounidense deben padecer persecución, discriminación, explotación y humillaciones. Este factor de la “estabilidad económica” de la que se jacta el foxismo se origina en un sufrimiento inadmisible, en una exasperante cuota de sangre ­más de 400 emigrantes muertos en la frontera en el último año­ y en un creciente atropello de los derechos humanos de millones de connacionales, atropello que se multiplica cada vez que el país vecino entra en periodo electoral: en esas temporadas, las autoridades, los legisladores y grupos de ciudadanos ultraconservadores, en pugna por los sufragios de la paranoia chovinista, compiten entre sí para ver quién propone las medidas más injustas, dolorosas y degradantes en contra de los trabajadores extranjeros. La más reciente es el muro que ordenó construir el presidente George W. Bush a lo largo de mil 200 kilómetros de la frontera común.

Por otra parte, el flujo migratorio que hace posible las remesas tiene por origen la marginación, la miseria y la falta de oportunidades en una economía que cuando crece lo hace sólo para los grandes capitales ­extranjeros y nacionales, en ese orden­ y, en el mejor de los casos, para las clases medias.

La estrategia económica en vigor desde hace más de dos décadas, con su disciplina fiscal a ultranza, sus medidas de apertura comercial indiscriminada que devastan el campo y la industria y su obsesión de privatizar todo lo imaginable, tiene la dudosa virtud de generar desempleo, postración regional y, en consecuencia, flujos migratorios. Al margen de las mediciones demográficas y económicas del fenómeno, el abandono de sus lugares de origen y residencia por parte de millones de mexicanos implica un desgarramiento de tejidos sociales y familiares, una catástrofe humana y social que no suele figurar en análisis como el que se comenta.

Otro aspecto vergonzoso de las remesas es que, siendo una de las principales fuentes de divisas para la estancada economía nacional, quienes las generan se encuentran en una indefensión total por parte del gobierno. La ausencia de una estrategia oficial para preservar los derechos humanos, laborales y sociales de estos mexicanos, así como la sumisión gubernamental ante el sistemático atropello de los emigrantes por parte de autoridades y particulares estadounidenses, contrasta con el descarado trato de privilegio que se otorga a los inversionistas extranjeros, con todo y que, en la captación de divisas, las remesas superan en importancia a la inversión privada foránea.

Finalmente, resulta también vergonzoso que el gobierno saliente se atribuya el crédito por una estabilidad que se explica no por la torpeza y el cinismo privatizador de la política económica sino por la suma de envíos de dinero que el país recibe de los connacionales que trabajan en el extranjero. El único “mérito” del Ejecutivo federal en todo este fenómeno es el de haber sido incapaz de retener en el país, por medio de empleos y calidad de vida, a quienes hoy representan un sostén fundamental de la economía, a un costo trágico para el país: el de la pérdida de una parte de la riqueza fundamental de cualquier nación, su propia gente.

La Jornada. Miércoles 1 de noviembre de 2006

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Treinta años de neoliberalismo en América Latina

28 agosto 2006 Deja un comentario

Tratados de libre comercio y valoraciones encubren su quehacer. Han transcurrido cuatro décadas y el camino trazado por sus estrategas, los que reparten el poder y producen ideología siguen impertérritos ante los resultados obtenidos. Un sesenta por ciento de la población mundial vive en condiciones de miseria y pobreza extrema, aumentando la desigualdad social y económica. El deterioro del medio ambiente se acelera, haciendo peligrar flora y fauna, y transformando en mercancía todo cuanto está a su alcance: el agua, el viento y el sol. La violación de los derechos humanos se generaliza. Se corre un tupido velo sobre el trabajo infantil, la semi-esclavitud y la siniestralidad laboral.

En esta dinámica, las enfermedades producidas por el alto grado de toxicidad en la producción textil, la maquila, la agricultura y la minería se han disparado en los 30 años recientes. El cáncer y las dificultades respiratorias amenazan diariamente la vida de cientos de miles de trabajadores. Lugar destacado ocupan los homicidios laborales, donde la responsabilidad del empresario se encubre bajo la doctrina de abaratar costos y maximizar beneficios. El resultado: muertes sin juzgar, donde se culpa al trabajador y se exonera al empresario, ser impoluto y generador de riqueza. Son los Slim en México; Fernando Flores y José Luis Piñera en Chile; Cisneros en Venezuela, o Pelas en Nicaragua. Pero para el homicidio de un trabajador, encubierto eufemísticamente bajo la denominación genérica de accidente laboral, la ley no prevé responsabilidades civiles y penales subsidiarias. Los empresarios no irán a la cárcel por un delito de imprudencia temeraria.

El capitalismo neoliberal se construye sobre las manos, los pies, los ojos, las orejas y los senos amputados a los trabajadores en acto de servicio, en el tajo, mientras laboraban con peligrosidad y sin la debida protección. Ellos, no otros, sufragan mansiones y la vida de placer y lujo de los multimillonarios, prologados por Carlos Fuentes. Son tantas las mediaciones, que se pierden los vínculos existentes entre capitalismo y explotación.

Presenciamos la destrucción de la ciudadanía. Asistimos a una desarticulación del ejercicio democrático. El liberalismo político arraigado en la teoría de la justicia distributiva y la desigualdad positiva no cumple con sus promesas. El mercado no genera consumidores responsables, solidarios y competitivos. Tampoco garantiza una movilidad social ascendente. Ni la educación es sinónimo de mejora en estatus y calidad de vida. Los mas preparados desempeñan trabajos por debajo de su cualificación. Las nuevas tecnologías requieren robots alegres, de comportamientos simples y disciplinados. El conocimiento no es buen compañero de viaje, supone crítica. El estado social de derecho concebido desde el mercado es un fraude. Existe una gran distancia entre su teoría y su práctica. Las tesis de Hayek, Von Mises, Rawls y sus acólitos son mitos políticos. Ninguna de las premisas del neoliberalismo se cumple. No hay país en el mundo donde se practique y se obtengan los resultados previstos.

La realidad del neoliberalismo y sus ideas emanadas de la teoría de juegos, el pensamiento sistémico y la sociobiología, sólo pudo imponerse por la fuerza a partir de los años 70 del siglo XX, y hoy se mantiene por la violencia. Fracasa en todos los ordenes: el económico, el político, el social, el cultural. No hay por donde cogerlo. Reagan, Teacher, Pinochet, Salinas de Gortari, Felipe González, Carlos Andrés Pérez, Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Ménem, Berlusconi o Aznar, tanto monta, monta tanto. Sean neoconservadores, democristianos, socialdemócratas, progresistas o de centro, fue su anticomunismo y la lucha contra el imperio del mal en tiempos de guerra fría su punto de unión. La caída del muro de Berlín simbolizó el triunfo ideológico y político de una generación anti-comunista. Sin embargo, con el transcurrir del tiempo, el anticomunismo se ha transformado en el gran escudo que encubre el fracaso del neoliberalismo. Se trata de alquimia pura. Convierten plomo en oro.

Si el anticomunismo modificó el itinerario del pensar y actuar de las sociedades occidentales, el neoliberalismo destruye ideas, gobiernos, instituciones, organizaciones y personas cuyo ideario socialista afecte la refundación neo-oligárquica del poder y ponga en cuestión el orden cultural del capitalismo occidental. La lucha se realiza en todos los frentes. No hay distingos. El proceso es complejo. Se trató de evitar el triunfo de la izquierda a cualquier precio. Golpes de Estado, guerras, procesos desestabilizadores, bloqueos, invasiones, asesinatos políticos. Sin olvidar la ilegalización de partidos, las torturas, los encarcelamientos, los acuerdos con la mafia, el cohecho, la corrupción. El mundo entero. Asia, Africa, Europa del este, América latina y Oceanía. Mientras tanto la Europa comunitaria, los países de la OTAN y los aliados estratégicos, se emplean a fondo en las transformaciones. El proceso de cambio social se renombra bajo el apelativo genérico de modernización del estado y liberalización económica. El proyecto se construye descalificando la izquierda política y social, a los sindicatos obreros, a los intelectuales y desahuciando el centro de producción del conocimiento y el debate teórico: a las universidades públicas, ahogandolas financieramente.

Pero todo tiene solución. Si la realidad es tozuda, se modifica estadísticamente. Datos manipulados y cifras macroeconómicas avalan el modelo. El cómo lo hacen es simple. Quienes buscan empleo por primera vez nunca han estado empleados, por ello no pueden estar en las listas del desempleo. Las triquiñuelas son muchas. La sociología estadística aporta los argumentos de la mentira. Pero la población se muere de hambre, la sanidad se privatiza y los servicios sociales disminuyen. Los neoliberales deberían aplicarse el cuento. Al igual que criticaron con vehemencia el comunismo por no cumplir con el principio de unidad entre teoría y práctica, deberían ser coherentes y concluir que tras 500 años de capitalismo en sus diferentes modalidades, incluido el neoliberalismo, su doctrina es un fracaso, ya que no hay congruencia entre su teoría y su practica. Con el agravante que lo existente en los países del Este no era por definición ni comunismo ni socialismo. Cuestión que no sucede con el capitalismo. ya que sus hacedores no reniegan de éste. Por el contrario, están orgullosos de sus logros.

Marcos Roitman Rosenmann

La Jornada – 27 de agosto de 2006

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Los economistas debaten el impacto de la inmigración en EE UU sobre los salarios más bajos

En mayo pasado, cuando el presidente de EE UU, George W. Bush, habló a la nación sobre su plan de reforma de inmigración, declaró que otorgar visas temporales a los inmigrantes les daría la oportunidad de tomar ´empleos que los estadounidenses no aceptan´. Un creciente número de economistas no cree que los estadounidenses no estén dispuestos a aceptar empleos modestos; son los salarios y no el trabajo en sí lo que los mantiene al margen.

Los estudios de esos economistas muestran que muchos estadounidenses quieren los empleos que toman los inmigrantes, sólo que no pueden aceptarlos por la menguante paga y prestaciones. Dicen que los inmigrantes han contribuido a reducir la retribución en trabajos como costurera, jardinero y ayudante en restaurantes.

´La idea de que se necesitan personas para cubrir los empleos que no aceptamos es una locura´, dice George Borjas, economista de la Universidad de Harvard, que ha escrito incontables textos sobre la migración y los salarios. Manifiesta que, conforme los inmigrantes entran a una ocupación, ´los salarios bajan´.

Philip Harvey, profesor de Derecho y Economía de la Rutgers University en New Brunswick, Nueva Jersey, señala que los salarios de los trabajadores peor pagados en todas las ocupaciones crecieron un 7,4% entre 2001 y 2005, mientras que la paga del resto de los empleos subió un 11,4% en el mismo periodo. El estudio de Harvey utiliza datos de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos. La disparidad ha sido mayor en las últimas décadas. El 10% de los que menos ganan son el único grupo que ha experimentado una baja real en los salarios, del 2,4% desde 1979, según el Economic Policy Institute, un grupo de Washington con vínculos con organizaciones de trabajadores.

Funcionarios del Gobierno, que están promoviendo un plan para establecer un programa de trabajo para inmigrantes y una vía hacia la consecución de la ciudadanía para los extranjeros indocumentados, dicen que los recién llegados no compiten con los estadounidenses que buscan un empleo. ´Tenemos empleos que están disponibles, que es necesario cubrir y que los ciudadanos estadounidenses no están dispuestos a aceptar´, asegura el secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez.

Algunos economistas subrayan que no es justo atribuir a los flujos migratorios los cambios de salarios. La transición hacia una economía de información posindustrial y el creciente efecto de la globalización podrían ser factores más críticos. ´La inmigración tiene relativamente poca relación con la situación del mercado laboral en EE UU´, dice Bradford DeLong, profesor de Economía de la Universidad de California. ´La globalización tiene mucho más que ver´, puntualiza.

En EE UU los inmigrantes representan un mayor segmento de la fuerza laboral que en algunos países europeos. Los trabajadores extranjeros abarcaban el 14,7% de la fuerza laboral de EE UU en 2005. En el Reino Unido y Alemania las cifras fueron del 9,6% y el 12,2% en 2004, el último año para el que hay cifras disponibles, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

La globalización y el fin del trabajo

20 abril 2006 1 comentario

Durante las últimas dos décadas, algunas economías de extraordinarias dimensiones, como China e India, han venido creciendo en promedio a ritmos próximos al 10% anual. Su dinamismo, acompañado del impulso de otras economías, ha hecho posible el auge económico que al presente vive una buena parte del planeta desde el año 2002. Incluso economías semi estancadas de América Latina, han alcanzado tasas de crecimiento superiores al 7% en los últimos años. En el caso de Bolivia, hemos pasado la barrera de los dos mil millones de dólares de exportaciones y además hemos duplicado su valor en 3 años, hazañas nunca antes logradas en nuestra historia. Pero ese auge exportador basado en altos precios va pasando de largo para la gran mayoría de la población que no ve aumentar sus ingresos ni sus oportunidades de empleo.

Incluso un país como Alemania tiene 5 millones de desocupados ya desde hace 2 años. En Italia la desocupación juvenil llega al 25% y en el sur alcanza al 60%. Cifras igualmente muy altas se registran en la gran mayoría de las economías europeas, aquellas que una vez fueron la vanguardia del progreso. La protesta de cientos de miles de franceses contra los intentos de su gobierno de traspasar la cuenta del desempleo a los más jóvenes, documenta estos extremos. Entretanto la migración mundial se ha constituido ya en el mayor éxodo de la historia humana. Situaciones como las manifestaciones de millones de inmigrantes en los Estados Unidos contra nuevas murallas o la esclavización “sin quejas” de los inmigrantes bolivianos en la Argentina o lo millones de esclavos en Rusia provenientes de las ex repúblicas soviéticas son muestras inconfundibles de la crisis global que asola a la humanidad. Dichas manifestaciones se dan en el marco de la sempiterna pobreza de las grandes mayorías del mundo, con todas sus secuelas de postración y abandono.

¿Qué ha originado esta fase de crecimiento perverso, donde al mismo tiempo crecen el intercambio comercial y las ganancias de las grandes corporaciones, y se multiplican los multimillonarios, a la vez que crece la desocupación abierta y el desempleo juvenil alcanza los umbrales más altos de la historia? ¿Acaso los jóvenes ya no tienen entrada al futuro y se nos va acabando el trabajo? ¿A qué se debe todo ello, cómo se explica esa combinación de extraordinario crecimiento económico y las tasas más altas de desempleo en países desarrollados y subdesarrollados desde la gran depresión de 1929?.

Intentaré dar respuesta, empezando con una breve experiencia personal. En 1983 tuve la ocasión de visitar la feria industrial de Hannover en Alemania, que para mí significó algo así como un viaje al futuro. Ese año se presentó allí toda la robótica para la fabricación industrial y los sistemas automatizados inteligentes y autoajustables. Seis años después, durante una visita a una planta de Volkswagen en la cercanía de Hamburgo, me tocó observar todas esas innovaciones en acción. Las cintas transportadoras que caracterizan a las fábricas de automóviles, usualmente repletas de trabajadores ensamblando partes y ajustando tuercas, habían sido prácticamente tomadas por esos brazos y sistemas robotizados que con extraordinaria precisión, realizaban el trabajo de sus antecesores. Pienso que esta imagen ayuda a identificar las rieles por donde transcurre el drama de nuestro tiempo.

Considero que una de las causas básicas de la debacle mundial se debe justamente a la concentración de efectos de sucesivas oleadas de innovaciones tecnológicas sobre el empleo y la producción. Cada vez el lapso entre investigación básica y desarrollo tecnológico se acorta más, a la vez que los ritmos de incorporación de nuevas tecnologías a los procesos productivos tienden a acelerarse. A ello se agrega que los periodos de ajuste de las innovaciones tecnológicas a sus entornos y de éstos a ellas, se va acelerando gracias a la informática y otras tecnologías. En conjunto, la suma de estos efectos está destruyendo más trabajo del que se está creando, al punto que los periodos de desempleo de la fuerza de trabajo calificado se prolongan cada vez más, situación que origina cuantiosas perdidas de ingresos y gran devastación de recursos humanos.

Esta causa se halla acompañada de otros procesos altamente dañinos y destructores de tejidos sociales, humanos, ambientales y económicos. Me refiero a los múltiples “huecos negros” que el sistema capitalista ha construido y desarrollado para perpetuarse. Uno de ellos se refiere a todas esas formas de “librarse” de los deshechos químicos y la basura industrial, arrojándolos a la atmósfera, los cuerpos de agua y el suelo, al punto que el planeta se asemeja cada vez más a una gran cloaca, incapaz de reciclar sus deshechos. Pero no es el único hueco negro. Las grandes masas de desocupados en todo el mundo, son objeto propicio para descargar sobre ellas todas las falencias del sistema económico, tal como se ve en el caso de Francia. La migración también representa otro hueco negro, pues constituye una forma de desplazar parte de la presión social existente en las sociedades expulsoras, pero que ha traído consigo el fenómeno de las remesas (en Bolivia alcanzaron a mas de 800 millones de dólares el 2005), como símbolo de la voluntad de los migrantes de mantener estrechos vínculos con un mundo que los hace sentir cada vez más ajenos. Las expresiones de rechazo y abuso de las corrientes migratorias que se ve en los Estados Unidos y Argentina, muestran esa vacilación estructural que ocasionan los huecos negros, pues no se sabe si explotarlos o extirparlos. Los paraísos financieros y los tráficos ilícitos de toda especie son otros huecos negros que requiere el sistema económico imperante para reproducirse.

Si bien las causas señaladas anteriormente son por sí mismas destructoras y ampliamente devastadoras de todo tejido social y humano, no son la causa fundamental de la creciente miseria planetaria. La causa principal radica en la globalización dominante, es decir, en la implantación a escala mundial de la libertad de comercio tipo embudo, amplia y holgada para unos pocos países, y estrecha y restringida para la gran mayoría. Cada vez se hace más evidente que esta libertad de comercio limitada hace imposible que el trabajo que se crea se iguale con el trabajo que se destruye, que los efectos de las innovaciones tecnológicas puedan alcanzar a todos los confines planetarios y que las oportunidades económicas se distribuyan más equitativamente, pues la escala de operaciones que exigen las nuevas tecnologías requiere mercados mucho más amplios, los que no surgirán mientras los futuros compradores no puedan constituirse a su vez en sujetos vendedores de sus productos. La política de subsidios agrícolas y de acceso restringido y condicionado a los grandes mercados por parte de las países industrializados, es la causa fundamental de esta crisis perversa de crecimiento con desempleo que angustia a millones de seres humanos. A quienes no migran, sólo les queda contribuir a transformar profundamente el orden de cosas imperante, tal como se avizora en Bolivia. Es cuestión de vida o muerte.

Por lo visto, el viejo sistema capitalista se halla empeñado en sobrevivir en el presente a costa del futuro, pues no se inmuta ante las nuevas y múltiples cargas que le va añadiendo al planeta y a la sociedad humana, del mismo modo que la ortodoxia económica y las visiones angostas mantienen imperturbables su curso al desastre.

Publicado en Bolpress

Categorías:Globalización, Trabajo