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“Política del garrote” para Honduras y “política de sonrisas” hacia Cuba

13 septiembre 2009 Deja un comentario

El 3 de septiembre recién pasado, el Departamento de Estado norteamericano, en nombre de la secretaria de Estado Hillary Clinton, dio a conocer un comunicado que tiene como objetivo visible golpear al actual gobierno provisorio de Honduras pero que, en el fondo, pretende quebrar la resistencia del heroico pueblo hondureño, en su lucha a favor de la libertad. Se trata de un comunicado que refleja al mismo tiempo un intervencionismo pro chavista no menos deplorable, en los asuntos internos de otro país.

Ni más ni menos, es la cruel aplicación contra Honduras, un pequeño país centroamericano, tradicional aliado de Estados Unidos, de la “política del garrote”, esta vez, en las manos del kerenskiano presidente Obama, quien al mismo tiempo impulsa una suicida “política de sonrisas” con relación a los totalitarismos y populismos de raíz izquierdista en las Américas, como Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Son dos pesos y dos medidas de una injusticia que clama a Dios.

Días atrás, el presidente Obama había calificado de “hipócritas” a aquellos que en América Latina exigían hasta hace poco que los Estados Unidos no intervinieran en los asuntos latinoamericanos, mientras que ahora imploraban que el gobierno interviniese en el caso de Honduras. No obstante, pocos días después, el presidente Obama cedía ante la “hipocritadura” chavista, tal como Kerenski cedió ante Lenin a comienzos del siglo XX, y que precipitó el desenlace histórico que todos conocemos. Ya tuve oportunidad de definir en reciente artículo lo que entiendo por “kerenskismo obamista” y, para mayor brevedad, a él remito a mis lectores (cf. “Kerenskismo obamista, Honduras y abismo chavista”, EL HERALDO, Tegucigalpa, Honduras, julio 23, 2009; Diario Las Américas, Miami, EUA, julio 24, 2009; Destaque Internacional, Internet, julio 21, 2009).

El comunicado del Departamento de Estado anunció “la suspensión de una amplia gama de ayuda al gobierno de Honduras”, ante la alegada “necesidad de fuertes medidas” para quebrar la “resistencia” al “Acuerdo de San José” por parte de las actuales autoridades hondureñas, y ante lo que denomina “falta de restauración de un régimen democrático y constitucional en Honduras”.

El espíritu intervencionista del texto no podía ser más brutal, constituyendo un ejemplo típico de vuelta de la diplomacia del garrote… contra el antichavismo. En efecto, un “acuerdo” significa conformidad de pareceres entre dos o más personas o instituciones. Si se pretende doblegar a cualquier precio a las instituciones y al pueblo hondureño, entonces, no se lo llame hipócritamente un “acuerdo” y sí una “imposición”, un gesto de “neocolonialismo o un “ucase” (del ruso, “ukaz”, que los diccionarios traducen como “orden despótica”). El comunicado del Departamento de Estado alega salir en defensa del sistema “democrático” y “constitucional” de Honduras, pero quiere imponer un “acuerdo” que, a pesar de llevar el nombre de ese gran santo que fue San José, terminaría siendo un ucase muy poco santo y, sin lugar a dudas, sobre todo muy poco “democrático”.

El comunicado estadounidense trata de justificar su intervencionismo alegando la necesidad de una “restauración” del orden democrático, pareciendo ignorar que el depuesto presidente Zelaya ya había herido gravemente ese orden democrático, a través del pisoteo de las leyes y de la propia Constitución, delante de la indiferencia del Departamento de Estado, de la OEA y de los gobiernos de las Américas que hoy farisaicamente rasgan sus vestiduras.

El presidente Obama acaba de prometer en la última Cumbre de las Américas un “nuevo comienzo” con la sanguinaria dictadura castrista; ha tendido puentes de diálogo con los regímenes populistas-totalitarios de Venezuela, Ecuador y Bolivia; ha manifestado su disposición de conversar con los regímenes islámicos más radicalmente antiestadounidenses y hasta con el tirano de Corea del Norte; en fin, ha proclamado a los cuatro vientos que el “diálogo”, no la imposición, es el camino primero e indispensable para la resolución de conflictos en el orden internacional y que los Estados Unidos han pasado a defender el multilateralismo. Pero, cuando se trata de Honduras, el lenguaje dulzuroso cambia totalmente y queda amargo, con gusto a hiel, agresivo, prepotente e intervencionista de la peor calaña.

En las líneas siguientes, los redactores del comunicado del Departamento de Estado, talvez percibiendo el flanco de contradicción y de fraude que abrían, tratan de adoptar un aire de imparcialidad cuando dicen que se “reconoce” la “complicada naturaleza” de las acciones que llevaron a la deposición de Zelaya, el 28 de junio. No obstante, en esas acciones, de una manera increíblemente tendenciosa, solamente atribuye la responsabilidad y la culpa a la “rama legislativa”, a la “rama judicial” y a “los militares”, silenciando la responsabilidad primera y fundamental de la “rama ejecutiva” encabezada por Zelaya.

A pesar de ese pretendido aire imparcial, se comete la mayor de las parcialidades cuando se omite siquiera una alusión al hecho de que en Honduras, el día 28 de junio de 2009, también existía esa “rama ejecutiva”, y que al frente de la misma estaba un presidente “democráticamente electo”, es verdad, pero que se había apartado nítidamente de la Constitución y de las leyes, y trataba de empujar a Honduras al abismo chavista.

Es preciso insistir con invariable objetividad, en la misma proporción de la insistente parcialidad del comunicado estadounidense: es la “rama ejecutiva” encabezada por el depuesto presidente Zelaya la gran responsable por la actual encrucijada de Honduras, así como los hermanos Castro son los grandes responsables por el drama cubano, y Chávez es el gran culpable por el deterioro de las libertades en Venezuela y en otros países de la región en los que interviene como Pedro por su casa, sin que el Departamento de Estado abra la boca.

El lamentable comunicado del Departamento de Estado alude también a “complejas cuestiones legales”, que no se toma el trabajo de definir y ni siquiera de mencionar. Si esas cuestiones son tan “complejas”, es una razón más para definirlas o, por lo menos, enumerarlas, y pasar a analizarlas con el debido cuidado antes de adoptar medidas que, además de ser intervencionistas y garrotistas, son precipitadas e injustas contra la hermana Honduras.

Otra de las pruebas del garrotismo y la unilateralidad de este comunicado del Departamento de Estado es precisamente el hecho de que eluda el análisis de esa “complejidad”, lavándose las manos como Pilatos.

Los indicios hablan en el sentido de que el Departamento de Estado elude abordar esa “complejidad” porque no le conviene hacerlo: la palabra “complejidad”, en el contexto del comunicado del Departamento de Estado, es un eufemismo para no tocar el tema central, el de la responsabilidad enorme del depuesto presidente Zelaya, un chavista en el cual el presidente Obama y la secretaria de Estado Clinton han depositado sus esperanzas.

Se trata de una típica salida kerenskiana, entreguista, partidaria de ceder para no perder, con lo cual se protege y absuelve a Zelaya quien, como ya se dijo, fue “democráticamente electo” pero que -conviene reiterarlo hasta el cansancio, en la misma proporción en que sus defensores lo omiten también hasta el cansancio- se apartó de los principios constitucionales y de las leyes hondureñas.

No menos lamentable es el hecho de que el Departamento de Estado, abierto a “nuevos comienzos” con los más sanguinarios dictadores comunistas y con déspotas islámicos radicales, continúe negándose a dialogar con las actuales autoridades hondureñas y amenace con no “respaldar” el “resultado” de las próximas elecciones nacionales de ese país.

Se explica que, delante de lo anterior, el mayor representante latinoamericano del “eje del mal” y actual presidente-dictador de Venezuela, Hugo Chávez, con una emoción de cocodrilo, haya declarado desde Irán, donde mantenía reuniones conspiradoras contra Estados Unidos, que “ya era hora” que el presidente Obama adoptara esas medidas, y haya manifestado su complacencia con ese lamentable comunicado del Departamento de Estado, en buena medida, fruto de sus presiones y reclamos.

En este texto del Departamento de Estado, del 3 de septiembre, ha quedado al descubierto la claudicación pro chavista de la “rama ejecutiva” del gobierno estadounidense. Por ello, sería de desear que la “rama legislativa” de este país, Cámara de Representantes y Senado, a través de sus respectivas comisiones de Relaciones Exteriores, convoquen a los representantes del Departamento de Estado para que expliquen las flagrantes contradicciones y omisiones de este reciente engendro. Y también que estudien la posibilidad de convidar a sus colegas representantes de la “rama legislativa” de Honduras, para que tengan oportunidad de expresar su opinión, un elemental derecho de defensa que la “rama ejecutiva” del gobierno estadounidense le está negando.

La política intervencionista del Departamento de Estado en los asuntos de Honduras debe cesar de inmediato. El Congreso de los Estados Unidos debería también convocar a una audiencia al embajador norteamericano en ese país, Hugo Llorens, un cubanoamericano con credenciales de moderado, que fue alto asesor de la secretaria de Estado Condoleeza Rice, pero que ahora se ha mostrado fiel y sumiso defensor del depuesto presidente chavista. Entre otras preguntas, se podría interrogar al embajador Llorens si es verdad, sí o no, que permitió a la esposa del depuesto presidente Zelaya utilizar las instalaciones diplomáticas norteamericanas para, desde allí, arengar en favor de disturbios y de violencia, mientras hacía creer que estaba resistiendo en las montañas. También podrían los congresistas convocar a la señora María Otero, una hispana de origen boliviano y antecedentes bolivarianos, recién nombrada Secretaria de Asuntos Globales del Departamento de Estado, para interrogarla si usó, sí o no, un teléfono de la Secretaría de Estado y, sobre todo, la influencia de su cargo para llamar por teléfono a empresarios hondureños, coaccionándolos y amenazándolos por su apoyo al actual gobierno provisorio.

Proclamar las verdades que duelen a los Goliats contemporáneos, en alta voz, claramente, con argumentos y pruebas irrefutables, de una manera invariablemente educada y respetuosa, es la más efectiva manera de ayudar al pequeño y heroico David hondureño, así como a los pueblos hermanos latinoamericanos que sufren bajo los maleficios del “eje del mal” chavista.

Autor: Armando Valladares

Categorías:Opinión, Política

Carta abierta a Carlos Slim

27 marzo 2009 3 comentarios

denisedresserg Denise Dresser

Carta Abierta a Carlos Slim

Estimado Ingeniero: Le escribo este texto como ciudadana. Como consumidora. Como mexicana preocupada por el destino de mi país y por el papel que usted juega en su presente y en su futuro. He leído con detenimiento las palabras que pronunció en el Foro “Qué hacer para crecer” y he reflexionado sobre sus implicaciones. Su postura en torno a diversos temas me recordó aquella famosa frase atribuida al presidente de la compañía automotriz General Motors, quien dijo: “lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”. Y creo que usted piensa algo similar: lo que es bueno para Carlos Slim, para Telmex, para Telcel, para el Grupo Carso es bueno para México. Pero no es así. Usted se percibe como solución cuando se ha vuelto parte del problema; usted se percibe como estadista con la capacidad de diagnosticar los males del país cuando ha contribuido a producirlos; usted se ve como salvador indispensable cuando se ha convertido en bloqueador criticable. De allí las contradicciones, las lagunas y las distorsiones que plagaron su discurso y menciono las más notables.

Usted dice que es necesario pasar de una sociedad urbana e industrial a una sociedad terciaria, de servicios, tecnológica, de conocimiento. Es cierto. Pero en México ese tránsito se vuelve difícil en la medida en la cual los costos de telecomunicaciones son tan altos, la telefonía es tan cara, la penetración de internet de banda ancha es tan baja. Eso es el resultado del predominio que usted y sus empresas tienen en el mercado. En pocas palabras, en el discurso propone algo que en la práctica se dedica a obstaculizar.

Usted subraya el imperativo de fomentar la productividad y la competencia, pero a lo largo de los años se ha amparado en los tribunales ante esfuerzos regulatorios que buscan precisamente eso. Aplaude la competencia, pero siempre y cuando no se promueva en su sector. Usted dice que no hay que preocuparse por el crecimiento del Producto Interno Bruto; que lo más importante es cuidar el empleo que personas como usted proveen. Pero es precisamente la falta de crecimiento económico lo que explica la baja generación de empleos en México desde hace años. Y la falta de crecimiento está directamente vinculada con la persistencia de prácticas anti-competitivas que personas como usted justifican.

Usted manda el mensaje de que la inversión extranjera debe ser vista con temor, con ambivalencia. Dice que “las empresas modernas son los viejos ejércitos. Los ejércitos conquistaban territorios y cobraban tributos”. Dice que ojalá no entremos a una etapa de “Sell Mexico” a los inversionistas extranjeros y cabildea para que no se permita la inversión extranjera en telefonía fija. Pero al mismo tiempo, usted como inversionista extranjero en Estados Unidos acaba de invertir millones de dólares en The New York Times, en las tiendas Saks, en Citigroup. Desde su perspectiva incongruente, la inversión extranjera se vale y debe ser aplaudida cuando usted la encabeza en otro país, pero debe ser rechazada en México.

Usted reitera que “necesitamos ser competitivos en esta sociedad del conocimiento y necesitamos competencia; estoy de acuerdo con la competencia”. Pero al mismo tiempo, en días recientes ha manifestado su abierta oposición a un esfuerzo por fomentarla, descalificando, por ejemplo, el Plan de Interconexión que busca una cancha más pareja de juego. Usted dice que es indispensable impulsar a las pequeñas y medianas empresas, pero a la vez su empresa -Telmex – las somete a costos de telecomunicaciones que retrasan su crecimiento y expansión.

Usted dice que la clase media se ha achicado, que “la gente no tiene ingreso”, que debe haber una mejor distribución del ingreso. El diagnóstico es correcto, pero sorprende la falta de entendimiento sobre cómo usted mismo contribuye a esa situación. El presidente de la Comisión Federal de Competencia lo explica con gran claridad: los consumidores gastan 40 por ciento más de los que deberían por la falta de competencia en sectores como las telecomunicaciones. Y el precio más alto lo pagan los pobres.

Usted sugiere que las razones principales del rezago de México residen en el gobierno: la ineficiencia de la burocracia gubernamental, la corrupción, la infraestructura inadecuada, la falta de acceso al financiamiento, el crimen, los monopolios públicos. Sin duda todo ello contribuye a la falta de competitividad. Pero los monopolios privados como el suyo también lo hacen.

Usted habla de la necesidad de “revisar un modelo económico impuesto como dogma ideológico” que ha producido crecimiento mediocre. Pero precisamente ese modelo -de insuficiencia regulatoria y colusión gubernamental- es el que le ha permitido a personas como usted acumular la fortuna que tiene hoy, valuada en 59 mil millones de dólares. Desde su punto de vista el modelo está mal, pero no hay que cambiarlo en cuanto a su forma particular de acumular riqueza.

La revisión puntual de sus palabras y de su actuación durante más de una década revela entonces un serio problema: hay una brecha entre la percepción que usted tiene de sí mismo y el impacto nocivo de su actuación; hay una contradicción entre lo que propone y cómo actúa; padece una miopía que lo lleva a ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio.

Usted se ve como un gran hombre con grandes ideas que merecen ser escuchadas. Pero ese día ante los diputados, ante los senadores, ante la opinión pública usted no habló de las grandes inversiones que iba a hacer, de los fantásticos proyectos de infraestructura que iba a promover, del empleo que iba a crear, del compromiso social ante la crisis con el cual se iba a comprometer, de las características del nuevo modelo económico que prometería apoyar. En lugar de ello nos amenazó. Nos dijo -palabras más, palabras menos- que la situación económica se pondría peor y que ante ello nadie debía tocarlo, regularlo, cuestionarlo, obligarlo a competir. Y como al día siguiente el gobierno publicó el Plan de Interconexión telefónica que buscaría hacerlo, usted en respuesta anunció que Telmex recortaría sus planes de inversión. Se mostró de cuerpo entero como alguien dispuesto a hacerle daño a México si no consigue lo que quiere, cuando quiere. Tuvo la oportunidad de crecer y en lugar de ello se encogió.

Sin duda usted tiene derecho a promover sus intereses, pero el problema es que lo hace a costa del país. Tiene derecho a expresar sus ideas, pero dado su comportamiento, es difícil verlo como un actor altruista y desinteresado, que sólo busca el desarrollo de México. Usted sin duda posee un talento singular y loable: sabe cuándo, cómo y dónde invertir. Pero también despliega otra característica menos atractiva: sabe cuándo, cómo y dónde presionar y chantajear a los legisladores, a los reguladores, a los medios, a los jueces, a los periodistas, a la intelligentsia de izquierda, a los que se dejan guiar por un nacionalismo mal entendido y por ello aceptan la expoliación de un mexicano porque -por lo menos- no es extranjero.

Probablemente usted va a descalificar esta carta de mil maneras, como descalifica las críticas de otros. Dirá que soy de las que envidia su fortuna, o tiene algún problema personal, o es una resentida. Pero no es así. Escribo con la molestia compartida por millones de mexicanos cansados de las cuentas exorbitantes que pagan; cansados de los contratos leoninos que firman; cansada de las rentas que transfieren; cansados de las empresas rapaces que padecen; cansada de los funcionarios que de vez en cuando critican a los monopolios pero hacen poco para desmantelarlos. Escribo con tristeza, con frustración, con la desilusión que produce presenciar la conducta de alguien que podría ser mejor. Que podría dedicarse a innovar en vez de bloquear. Que podría competir exitosamente pero prefiere ampararse constantemente. Que podría darle mucho de vuelta al país pero opta por seguirlo ordeñado. Que podría convertirse en el filántropo más influyente pero insiste en ser el plutócrata más insensible. John F. Kennedy decía que las grandes crisis producen grandes hombres. Lástima que en este momento crítico para México, usted se empeña en demostrarnos que no aspira a serlo.

México, Distrito Federal

carlos-slim

Categorías:Economía, Opinión Etiquetas:

¿Los americanos se han convertido en ovejas?

(PD).-William L. Anderson escribe un crítica literaria de “A Nation of Sheep”, del juez Andrew Napolitano, que trata sobre el extraño fenómeno a partir del cual la mayor parte de los americanos obedece a las autoridades en todo momento, especialmente en la era post-11 de Septiembre. Incluso aguantando situaciones humillantes y absurdas.

“Me encuentro a 37.000 pies sobre el suelo en un Boeing 737 de Southwest Airlines. Eso significa que de manera obediente me quité mis zapatos, mi cinturón y todo lo demás que llevara encima y atravesado como una oveja el infame laberinto de la Administración de Seguridad en el Transporte.
De camino al aeropuerto, me aseguré de no violar los límites de velocidad — ni circular lo bastante rápido para destacar en la autopista al menos — y en el resto de paradas, no aparqué en las plazas reservadas a los efectivos del estado de Pennsylvania. Una vez a bordo del aparato, no violé las regulaciones de la FAA ni hice nada que pudiera llamar la atención sobre mi persona. Cuando aterricemos en Las Vegas, me aseguraré de hacer exactamente lo que me dicen las autoridades, y cuando realice el trayecto de vuelta dentro de 4 días, puede apostar a que no haré peligrar mis “privilegios”.

Para la mayor parte de los americanos, obedecer a las autoridades en todo momento, especialmente en la era post-11 de Septiembre, parece lo adecuado. Recuerdo una conversación con un destacado conservador evangélico que trabaja en Washington, soltándome las siguientes palabras: “¿Me estás diciendo que nuestro gobierno es tiránico?” El tono de su voz y las cosas que dijo después indicaron claramente que el gobierno norteamericano, y el gobierno del Partido Republicano en especial, no muestran ninguna señal reconocible de tiranía. Después de todo, razonaba, la tiranía se lleva a cabo por personas con “SS” en su cuello, que llevan botas de cuero, fusta, realizan saludos militares y hablan un lenguaje extranjero. La tiranía es Hitler, o Stalin, o Pol Pot, o Bill y Hillary Clinton.
El juez Napolitano no se traga nada de este artilugio verbal, y en A Nation of Sheep explica de manera inequívoca que mi amigo Republicano se equivoca. Cualquier noción que los americanos puedan albergar con respecto a sus derechos protegidos por la Constitución de los Estados Unidos es muy diferente. Estados Unidos ya no es la Tierra de los Libres, sin importar el número de veces que ese discurso sea pronunciado cuando la gente canta el himno.
Napolitano no desperdicia tiempo esbozando la siniestra imagen que son los escombros de las longevas libertades americanas. Retrate esto: el fiscal general de los Estados Unidos presta testimonio bajo juramento de que el presidente no ordena a los agentes federales leer el correo, llevar un listado de llamadas telefónicas o monitorizar los ordenadores de los americanos corrientes, sin una orden judicial para hacerlo procedente de un juez. Eso sería criminal. Pero 6 meses más tarde, el presidente admite haberlo hecho. Retrate esto: la Constitución prohíbe al Congreso circunscribir la libertad de expresión pero de pronto, el Congreso convierte en ofensa criminal hablar sobre recibir órdenes judiciales falsificadas de un agente del FBI.
Las cosas así, observa Napolitano, no son imaginarias, sino que son la situación actual de la política americana. Estas cosas se hacen en nombre de “proteger la patria”, pero el buen juez no se lo cree, ni parece estar de acuerdo con la premisa de que “para preservar las libertades”, el estado necesita cancelar “parte” de esas mismas libertades que presuntamente protege napolitano plantea la pregunta simple: “¿Como puede preservar el gobierno las libertades de manera plausible cancelándolas?”
Tras su introducción, en la que Napolitano expresa con claridad su tesis, explica el origen natural de los derechos a la libertad, y cuántos de los fundadores de los Estados Unidos tenían una postura al respecto. El Derecho, en su opinión, existía para proteger las libertades individuales frente a aquellos que las negaban. Hoy, los negacionistas de la libertad son aquellos a los que se confía legalmente protegerla.
Napolitano cita a Benjamin Franklin, que ciertamente sabía algo del origen de la ley: “Aquellos que prescinden de la libertad esencial a cambio de algo de seguridad temporal, no merecen ni seguridad ni libertad”. El juez explica que las personas dispuestas a prescindir de la libertad están cediendo poder a un gobierno que eliminará el resto de sus libertades y pondrá a la gente en una posición más insegura, dado que un gobierno depredador nunca aporta libertad.
En su primer capítulo, Napolitano se ocupa de los positivistas legales, que parecen plagar el paisaje político en estos tiempos. Recuerdo a hablar con un socialista de toda la vida que ostentaba un cargo importante en el gobierno del presidente Jimmy Carter, mientras me decía “La Constitución es lo que el Supremo dice que es”.
Ciertamente, parece que el positivismo legal tiene fuerza. Desde los escritos del juez Richard Posner hasta la Sociedad Federalista pasando por el New York Times y los líderes de ambos partidos políticos importantes (o “los Republicanos del estado del bienestar y los Demócratas del libre mercado “), la idea de derecho natural y libertad natural no solamente parece pasada de moda, sino también directamente subversiva de cara a la tesis del gobierno popular. Incluso si los políticos hacen comentarios de pasada sobre derechos individuales y gobierno constitucional, gobiernan sin embargo como positivistas legales que hacen lo que quieren en cuanto tienen suficientes armas para respaldar sus posiciones.
En el capítulo dos, Napolitano plantea la cuestión simple: “¿Es usted un lobo o una oveja?” Las ovejas, escribe, “permanecen en su rebaño y siguen a su pastor sin cuestionar el destino al que las conduce. Las ovejas confían en que el pastor se encarga de su seguridad”.
Mientras que a la mayor parte de los americanos no les gusta ser llamados ovejas, las conversaciones en las filas de la Administración de Seguridad en el Transporte en general discurren sin embargo a lo largo de la línea “es inconveniente, pero estoy dispuesto a pasar por el aro porque nos hace estar más seguros”. Los americanos aceptan a pies juntillas las multas que los funcionarios de policía les ponen por infracciones sin importancia del límite de velocidad, y si cualquiera se resiste remotamente, los americanos prestarán apoyo a la policía cuando detenga o incluso dispare a esa persona que en ningún momento ha supuesto ningún peligro.
Desde aquí el buen juez pasa a una letanía de pecados cometidos por el estado, desde las órdenes judiciales improcedentes que ahora redactan funcionarios federales a la destrucción de pruebas exculpatorias. El gobierno a todos los niveles está destruyendo derechos y a la mayor parte de los americanos parece que no les importa, o excusa al estado.
Pero el primer objetivo que asume Napolitano no son las autoridades, tan crítico como pueda ser de ellas. En su lugar, escribe que los americanos se han convertido en ovejas, y el resto del estado es el mal pastor. Quizá la mayor ironía de todas sea la celebración de la fiesta anual del 4 de Julio que los americanos ahora tienen como un día para honrar a su gobierno. Que el 4 de Julio conmemore la firma de un documento que declaraba que el estado británico tenía una soberanía ilegítima sobre las vidas de los firmantes y los colonos americanos se pierde en la mezcla de fuegos artificiales y desfiles (organizados por entidades aprobadas por el estado — por la seguridad del público, por supuesto).
Que el gobierno americano presente haga parecer libertarismo benigno el gobierno “tiránico” del Rey Jorge no parece molestar en absoluto a los americanos. Si se desafía al estado (en contraste con decir a un puñado de Demócratas, con gesto de aprobación todos, que George W. Bush es el malo de la película), uno es percibido como desafiando a la libertad. En la práctica, hemos pasado de la opinión del estado como entidad benigna concebida para proteger la libertad a entidad que nos protege a todos quitándonos la libertad. Los motivos de este declive son muchos, y han sido discutidos en otros artículos y diarios. Me gustaría plantear una opinión diferente, que contiene la explicación del economista. Se remonta a mi tranquilo y obediente puesto en la cola de la Administración de la Seguridad.
Sí, sabía que la TSA es una organización terrible que no tiene cabida en una sociedad libre. Demonios, hasta he escrito artículos en torno a esa idea. Sí, sabía que el tipo de registros que realiza la TSA de manera regular son cosas que nunca habrían tolerado nuestros padres fundadores. Pero simplemente quería abordar el aparato. Cualquier resistencia por mi parte significaría tener que pagar mi sueldo por un billete, embarcar, la comida y similares, puesto que no se me habría permitido embarcar ese día. Además, cualquier resistencia por mi parte habría significado poder ser acusado de “interferencia con los deberes de un funcionario federal”, que se castiga con 20 años de cárcel. La resistencia habría significado quedarme sin trabajo y en la cárcel, y mi familia se quedaría en la calle. La resistencia habría sido algo por lo que habría tenido que pagar el precio — en solitario. La TSA habría declarado que su personal “desempeñó sus deberes y ha sido entrenado” y la mayor parte de los americanos habría convenido en que cualquier castigo que se me impusiera sería merecido.
En economía, diríamos simplemente que los costes marginales en los que habría incurrido en concepto de resistencia habrían desbordado cualquier beneficio marginal que pudiera haber obtenido de plantar cara a la TSA. No solamente mi vida y las vidas de mi esposa e hijos serían destruidas, sino que no saldría nada bueno de ello. La TSA obtendría aún más poder, y mi vida estaría acabada y el gobierno habría crecido aún más.
Robert Higgs ha señalado que el gobierno crece porque promueve y explota el miedo. La idea es que la gente llega a creer que a menos que el estado les proteja, “los malos” les perjudicarán o matarán. Sin embargo, existe otro aspecto del estado y el miedo, y es el miedo que todos tenemos al estado y a los individuos que trabajan para él. A nivel local está la policía, los recaudadores de impuestos, los trabajadores sociales, y aquellos a los que se ha dado poder para destruir nuestras vidas — y no pagar ellos ningún precio. A nivel estatal y federal es aún peor. La resistencia puede ser peligrosa de verdad.
El problema es que la gente — progresistas y conservadores — está segura de que aquellos que se resisten son los malos. El gobierno no puede ser “el malo” sin importar lo que suceda. Sí, en las conversaciones con los Demócratas con los que trabajo, estaban completamente seguros de colgar el sambenito de “tirano” a George W. Bush. Pero cuando traía a colación los abusos de la administración Clinton, desde la masacre de Waco al cruel bombardeo de Serbia, de pronto se convertían en defensores de la supremacía del estado. Estas personas no están en contra del mal uso del poder del gobierno, simplemente quieren que su gente sea la que tenga la última palabra.
Los gobiernos crecen porque los beneficios están demasiado concentrados y los costes demasiado dispersos. Aún así, también crecen a causa de que las penas por resistirse a la injusticia son draconianas y son sentidas por una cifra relativamente pequeña de personas que se resisten. Al mismo tiempo, no hay ninguna simpatía hacia los que se resisten, pero gran cantidad de simpatía y apoyo hacia los matones del gobierno. Parece haber una cierta inevitabilidad con respecto a la naturaleza del crecimiento del gobierno y la posterior intimidación de la gente. Sí, como dice el buen juez, nos hemos convertido de verdad en una nación de ovejas. La vergüenza es que tenemos una herencia de libertad, pero la hemos desperdiciado por completo. Sin embargo, aún nos dejan subir a los aviones.
Aunque pueda parecer pesimista, en realidad la libertad siempre ha estado a la defensiva a lo largo de la historia de la humanidad. Hemos regalado demasiadas excusas para abandonar nuestra libertad y no resistir a las autoridades cuando intentan privarnos de libertades de nacimiento.
La importancia de este libro reside en que proporciona el marco para que podamos — y deberíamos — pedir cuentas al gobierno por violar nuestros derechos. Además, en ese resumen, en los pocos momentos en los que la libertad ha sido la brújula de una sociedad, los principios que fija Napolitano han sido los principios que han guiado a aquellos que han abierto el camino. Solamente por eso este libro es digno de leerse, y uno espera que la gente comprenda el mensaje del juez a todos nosotros para retomar con velocidad nuestras libertades, así como el ideal mismo de libertad.
William L. Anderson imparte economía en la Frostburg State University de Maryland y es profesor adjunto del Ludwig von Mises Institute. También es consultor de American Economic Services.

Categorías:Opinión, Política

¿Qué hacer para que la Tierra tenga futuro?

3 septiembre 2007 3 comentarios

El cambio climático ya es irreversible y provocará catástrofes devastadoras. Millones de personas desaparecerán en algunas generaciones más. Para enfrentar la crisis que amenaza el sistema de la Vida en la Tierra debemos mirar lejos y hacia atrás, mirar lejos y hacia delante. Y debemos mirar hacia arriba. Desarrollar una visión espiritual del mundo es la manera más corta y más inmediata de hallar una solución.

Para mí es un honor dictar esta conferencia en el con-texto de la apertura de los cursos de Estudios Generales de esta Universidad. Conozco muchas universidades en el mundo, sea en Oriente, sea en Occidente, pero en ninguna de ellas he sentido tanta consistencia y coherencia como con los Estudios Generales de esta Universidad.

En abril empezaré un semestre como profesor visitante en Estudios Generales de la Universidad de Munich, donde estudié, pero son clases puntuales por un semestre. Aquí es algo permanente y continuo, que tiene como consecuencia crear una visión humanista del mundo, una perspectiva muy importante de la realidad, porque va a significar un nivel más alto de la población en su condición ciudadana, en su cuota en la historia que aquí se hace, en los retos que vienen de la realidad. Quiero reconocer este esfuerzo que hace la Universidad de Costa Rica.

El tema es “Las Humanidades hoy en América Latina”. Voy a tratar de alargarlo, porque hoy América Latina es una pequeña provincia del gran complejo sistema de la Tierra. Y como todos sabemos, hoy la sociedad mundial está en el ojo de una inmensa crisis de civilización, una crisis de sentido y de falta de rumbo histórico. No sabemos hacia dónde vamos y somos entregados a un sistema económico que absorbió lo político y que de todo hace mercancía: desde el sexo hasta la Santísima Trinidad. Con todo se puede ganar dinero. Y todo eso se rige por la competencia y no por la cooperación. Por eso hay tantos millones y millones de marginados y de excluidos.

DESENCANTADOS Y HACIA UNA CRISIS

Yo veo dos pensadores trascendentales que nos ayudan a entender este momento histórico, que son Max Weber y Friedrich Nietzsche. Ambos pensadores han intuido la raíz de la crisis que hoy sufrimos, pero que empezó mucho antes. Max Weber mostró que la sociedad moderna se construye sobre el pensamiento funcionalista, sobre la burocracia, sobre la secularización que ha producido el desencantamiento del mundo.

Vivimos desencantados: desencantados con el mundo, desencantados con la política, desencantados con nuestras personalidades políticas, desencantados con Bush. Desencantados incluso con Lula. Y no en último lugar, desencantados con Ronaldinho y Ronaldo, que nos han avergonzado en el último Campeonato Mundial. Vivimos en la era del desencanto. ¿Y cómo reencantar a la humanidad?

Nietzsche nos trae otro elemento, que es la muerte de Dios. No es que Dios murió, porque un Dios que muere no es Dios. Es que nosotros hemos matado a Dios, nos dice Nietzsche. ¿Qué significa esto? Que Dios no tiene relevancia social, que no se construye cohesión alrededor de la idea de trascendencia de Dios. Y por eso vivimos en el desamparo existencial.

Ese anuncio de Nietzsche -que Dios murió- tiene consecuencias graves porque ha creado una desaparición del horizonte utópico de la humanidad. Por millares de años, la humanidad encontraba en las religiones una referencia trascendente, la razón para estar juntos, para crear una comunidad y la cohesión social. Ahora eso ya no funciona. Eso no significa que impera el ateísmo, porque lo que se opone a la religión no es el ateísmo. Lo que se opone a la religión es la ruptura, la falta de un lazo que ligue y religue todas las cosas. Y hoy vivimos colectivamente rotos desde dentro y desamparados.

Es en ese contexto que hay que entender la gravedad de la crisis actual, que tiene un agravante muy importante, porque hasta hoy decíamos: Vamos al encuentro de una gran crisis civilizacional. Hoy sabemos que vamos hacia la crisis del sistema de la vida hacia la crisis del sistema de la Tierra.

CAMBIO CLIMÁTICO:
MILLONES DE PERSONAS VAN A DESAPARECER

Un hecho importantísimo que para mí significa una ruptura en la conciencia colectiva de la humanidad es el ocurrido en los primeros días de febrero de este año en París, cuando el Panel Intergubernamental de los Cambios Climáticos, que involucra a más de dos mil científicos de la ONU, nos ha dado los datos reales de la situación de la Tierra. Nos han dicho que estamos ya dentro de un cambio irrefrenable del clima de la Tierra, que la Tierra va a calentarse entre 1.8 hasta 4 grados, y en algunos sitios hasta 6.4 grados Celsius y que eso va a significar en los próximos 30 ó 40 años inmensas devastaciones en el sistema de la vida. Millones de personas pueden desaparecer.

Según James Lovelock, el formulador de la Teoría Gaia -la Tierra como un superorganismo vivo-, que acaba de lanzar el libro “La venganza de Gaia”, hacia el año 2050 ó 2060 -tal vez sea exagerado, pero él tiene autoridad para decirlo- puede desaparecer cerca del 80% de la humanidad. Y cuando Lovelock estuvo en Brasil en octubre de 2006 dijo: “Brasil ha tenido el privilegio de tener mucho sol y ahora el sol será su desgracia. Prácticamente tendrá dos tercios del país inhabitables por exceso de calor. Habrá una sabanización acelerada porque la Amazonia no aguantará esos niveles de calentamiento”.

Esta realidad nos hace pensar. No basta solamente, como sugiere el documento de esos científicos, adaptarse a la nueva realidad. Ni es suficiente aminorar los efectos dañinos del calentamiento global, sino que hay que ir a algo más profundo. Hay que refundar el sentido de la vida, hay que recrear una nueva espiritualidad, es decir, un nuevo sentido más amplio de nuestro pasar por este mundo, de nuestra coexistencia como seres humanos, para hacer que la Tierra, la humanidad, puedan tener futuro, sigan teniendo futuro.

A la desesperación y al desencantamiento yo creo que hay que contrarrestarlos con motivos que nos hagan descubrir razones para seguir viviendo, con cambios, con adaptaciones, desde un nuevo paradigma de civilización.

ES HORA DE CUESTIONES FUNDAMENTALES

La cuestión de fondo es cómo salir de esta crisis. Si la crisis es global, la solución también tiene que ser global. Y para eso hay que mirar lejos hacia atrás, mirar lejos hacia delante y mirar lejos hacia arriba.

Cuando entramos en crisis nos planteamos las cuestiones más fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, cuál es nuestro lugar en el conjunto de los seres de la Naturaleza, cuál es nuestra misión en este mundo. En momentos de crisis ésas son las cuestiones básicas que hay que contestar, personalmente cada uno y colectivamente las comunidades humanas, la humanidad que ya se encuentra globalizada. Tenemos que crear una especie de viático mínimo para poder caminar y dar sentido a nuestra existencia, bajo estas amenazas que pesan sobre nosotros.

SOMOS SERES CÓSMICOS

Quiero mirar lejos hacia atrás. ¿De dónde venimos? Yo veo que el ser humano tiene por lo menos cuatro enraiza¬mientos: cósmico, biológico, histórico-cultural y personal.

Todos nosotros venimos de una inmensa deflagración que ocurrió hace 13 mil 700 millones de años. Venimos del Big bang. En un primer momento estábamos todos juntos, en aquel punto mínimo cargado de energía y materia condensada que explotó, y ahí empezó el proceso de evolución. Ese proceso se va expandiendo, creando las grandes estrellas rojas, dentro de las cuales se formaron todos los elementos físico-químicos que constituyen nuestra realidad, que es la realidad de todo el Universo.

Nosotros somos seres cósmicos por eso. Porque tras el famoso isomorfismo del Universo tenemos los mismos elementos constituyentes. Somos hijos de ese inmenso proceso, cargamos en nuestra piel y en nuestro cuerpo todos esos elementos. También cargamos las cuatro energías fundamentales que sustentan el Universo y a cada uno de nosotros, que son la energía gravitacional, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte. Somos seres cósmicos y tenemos una dimensión cósmica que no hay que negar. No tenemos que sentir vergüenza de pertenecer a una realidad que nos desborda por todas partes.

SOMOS SERES VIVOS
QUE SE HUMANIZARON COOPERANDO

Somos también seres vivos. Hace 3 mil 800 millones de años irrumpió la vida desde una complejidad enorme del proceso de evolución. La vida es un capítulo de la evolución cósmica y la vida humana es un subcapítulo del capítulo de la evolución cósmica. Cuando se realizó una complejidad más alta, irrumpió la vida humana.

Hace cinco o seis millones de años, nuestros ancestros antropoides salían a recolectar alimentos y a cazar para comer. No comían como hacían los animales: para sí. Sino que lo traían todo para el grupo y lo repartían fraternalmente y cooperativamente entre ellos. Ese gesto de cooperación es fundador de la humanidad. Permitió el salto de la animalidad a la humanidad. Por eso es que la cooperación, la solidaridad, la interdependencia de unos y otros no es una ley entre otras; es la ley fundamental del Universo y de la vida humana. Por eso es tan perverso el capitalismo, que pone todo el acento en el individuo, en la competencia y no en la cooperación.

SOMOS MAMÍFEROS: SERES VIVOS CARIÑOSOS

Somos seres vivos. Mejor dicho, somos mamíferos vivos, mamíferos conscientes. ¿Por qué mamíferos? Porque hace 125 millones de años, cuando emergieron los mamíferos, emergió algo único que no había antes: nació el afecto, el cuidado, el cariño, el amor que cada mamífero tiene por sus crías. Nosotros venimos de esa tradición: somos seres de cuidado, seres de sensibilidad. Sensibilidad que hace falta en el mundo de hoy.

Cuando en 1952 James D. Watson y Francis H. Crick decodificaron el código genético, hicieron un hallazgo que es único en la historia de la Ciencia: se dieron cuenta que todos los seres vivos, desde la bacteria más originaria hasta los animales más grandes como los dinosaurios, pasando por los colibríes y llegando a nosotros, que todos los seres vivos, tienen fundamentalmente el mismo código genético, tienen los mismos 20 aminoácidos y las mismas cuatro bases fosfatales.

Eso significa que todos los seres vivos son parientes, son hermanos y hermanas, son primos entre ellos, constituyen la gran comunidad de vida. Y nosotros somos una parte de esa comunidad de vida. Es lo que Francisco de Asís intuía en su mística cósmica, cuando llamaba al Sol hermano y a la Luna hermana, y hermanos al pájaro y al gusano que intenta cruzar el camino. A todos los llamaba con la dulce palabra de hermanos y hermanas. Él intuía algo que para nosotros es una experiencia empírica-científica: somos hermanos y hermanas. El ser humano tiene esa ancestralidad junto a otros seres vivos.

SOMOS SERES
QUE SOBREVIVEN HACIENDO LA CULTURA

Somos seres cósmicos, somos seres vivos, pero también somos seres culturales-históricos. Todos los vivientes tienen órganos especializados que les garantizan la supervivencia y la vida. El ser humano no. Biológicamente es un ser carente. No tenemos ningún órgano especializado. Para sobrevivir tenemos que intervenir la Naturaleza. Tenemos que crear nuestro hábitat, nuestro hogar. Y estamos obligados a hacer cultura, a hacer historia, a intervenir la realidad, a crear el ámbito que protege nuestras vidas y defiende nuestra existencia. La acumulación de esas intervenciones significa la cultura y la historia. Nosotros somos seres culturales.

La evolución posiblemente jamás iba a producir este micrófono o esas luces eléctricas, pero a través del ser humano ha producido una cultura, la tecnología, sin las cuales nosotros no tendríamos condiciones de supervivencia. Lo ha hecho de mil formas diferentes. Por eso hay tantas culturas, tanta diversidad de expresiones humanas. Podemos ser humanos de mil formas diferentes: podemos serlo como latinoamericanos, como guaraníes, como yanomamis, como chinos, como hindúes. Mil formas de estar presentes y de organizar el mundo y de mostrar la capacidad inagotable del capital del ser humano.

SOMOS SERES IRREPETIBLES

Somos seres cósmicos, seres biológicos, seres culturales. Pero también somos seres con la última irreductibilidad, que es la historia personal de cada uno. Cada uno es irrepetible en el universo, cada uno es uno y único. Por eso en cada persona humana, hombre o mujer, de alguna manera culmina el proceso de la evolución, porque tenemos capacidad de decidir, de plasmar nuestro futuro. Por más condicionantes que tengamos, y más presiones que suframos de todas partes, hay un punto de decisión: cada persona tiene su singularidad, ésa que el gran filósofo franciscano medieval Juan Duns Escoto llamaba la exeitas.

Cada ser humano es irrepetible, es único en la historia pasada y será único en la historia futura. Y tiene algo de sagrado, de único, porque es un proyecto infinito que, por su libertad, puede dar un destino a su vida, feliz o infeliz, realizada o frustrada, desde el momento único de constitución de su individualidad, de su personalidad. Y eso hay que reconocerlo como un dato filosófico, ontológico: la condición de irreductible del ser humano. Cada uno es único y tiene su destino y es responsable por ese destino. Cada uno tiene la capacidad de ejercer su libertad como decisión. Y eso es algo que introduce una realidad nueva en la historia.

PARA GARANTIZARLE FUTURO A LA TIERRA

Si queremos salir de la crisis hay que mirar lejos hacia atrás. Hemos pasado tantos millones de años y hemos llegado hasta aquí. ¿Cómo va el camino hacia delante? Hay que mirar lejos hacia delante. Yo creo que tenemos cuatro retos fundamentales para el futuro que nos toca vivir.

Primero. De cara a la crisis y al clamor ecológico, hay que garantizar el futuro de la Tierra. Y ese futuro no está garantizado. Ese gran cosmólogo y científico, Carl Sagan, dijo en su testamento: Las fuerzas directivas del Universo ya no pueden garantizar el futuro de la Tierra, porque la hemos agredido y explotado a tal punto que ha sobrepasado el 25 por ciento de su capacidad de regeneración. Si queremos garantizar el futuro de la Tierra tenemos que hacer un alto político, tenemos que querer que la tierra tenga futuro.

Y eso es lo que nos piden los últimos datos que nos vienen de la Ciencia de la Tierra, de la Ecología: tenemos que actuar, porque si no actuamos en un espacio limitado de tiempo, vamos hacia la devastación. Tenemos que incorporar la visión que los astronautas nos han transmitido de la Tierra. Desde sus naves espaciales, mirando desde sus ventanas, decían: “La Tierra es pequeña, cabe en la palma de mi mano, puedo esconderla por detrás de mi pulgar. Y ahí en esa Tierra está todo lo que es sagrado, venerado, amado: mi familia, mis hijos, mi patria”.

Tenemos que incorporar esa visión: la Tierra es un planeta pequeño, el tercero del sistema solar, que gira alrededor de un sol vagabundo de quinta categoría, que está muy lejos del centro de nuestra galaxia, al interior de la espiral de Orión. Galaxia nuestra que es mediana, pequeña, entre cien mil millones de otras galaxias. Y ahí está nuestra Tierra, pequeñísima, un pálido punto azul. Pero ahí estamos nosotros. El Universo entero caminó para que llegáramos a este punto y para que habláramos hoy de estas cosas. Si hubiera habido otros cambios y otras relaciones, no estaríamos aquí para hablar de todo esto.

SOMOS LA TIERRA QUE PIENSA Y SIENTE

Los astronautas dicen muchas veces que desde las naves no hay diferencia entre Tierra y Humanidad. Es la misma gran unidad: Tierra y Humanidad. Por eso entendemos a ese gran cantante argentino indígena, Atahualpa Yupanqui, que decía que la tierra y el ser humano son una misma realidad, una misma cosa. El ser humano es la Tierra que camina, la Tierra que siente, que piensa, que ama, que cuida. Y hoy la Tierra ha entrado en alarma. Nosotros somos tierra. Por eso es que hombre viene de homo-humus: la tierra fecunda, la tierra fértil. Por eso es que Adán significa hijo de Adamá, la tierra madre, la tierra buena.

Somos seres terrenales. Somos la misma Tierra que en el momento de su evolución empezó a sentir, amar, pensar. Por eso no podemos negar nuestras raíces terrenales. Y esta Tierra puede sucumbir debido a la irresponsabilidad sistemática de los seres humanos. Hace ya 300 años que nuestra civilización se ha propuesto esta insania: explotar en forma sistemática, continuada, todos los recursos de la Tierra. El suelo, el subsuelo, el aire. Esta Tierra ya no aguanta, está bajo un estrés terrible. Y nosotros tenemos que garantizar el futuro de la Tierra.

Como decía el profesor Ángel Ocampo: Debemos cuidar de la Tierra, porque ella pertenece a nuestros hijos e hijas, pertenece a nuestros nietos y nietas. Nosotros somos huéspedes de la Tierra y por amor a aquellos que todavía no han nacido debemos aprender a amar lo invisible, a respetar y cuidar de la Tierra. Porque ellos tienen derecho de habitarla, para que ella sea habitable, para que tenga suficiente para todos, para que tenga un aire respirable, para que puedan pisar los suelos sin contaminarse.

El gran reto que tenemos es cómo garantizar el futuro del sistema de la Tierra. Que no es solamente el futuro de Costa Rica o de América Latina. No. De la totalidad, porque somos provincias y Costa Rica es una provincia bella, radiante, de este gran planeta Tierra.

PARA QUE LA HUMANIDAD SOBREVIVA

Un segundo punto mirando hacia delante y mirando lejos es garantizar la supervivencia de la Humanidad. Y eso no es poco. Porque en nuestra demencia hemos construido una máquina de muerte, con armas biológicas, químicas y nucleares, que pueden destruir de 25 formas diferentes a toda la Humanidad, sin dejar ningún superviviente. Eso ha creado el ser humano. Hace poco en Le Monde Diplomatique se daban estos datos: el 70 por ciento de la inteligencia mundial está metida en proyectos militares, en proyectos de guerra. Solamente una humanidad loca, solamente universidades que no tienen estudios generales, humanistas, como tiene esta Universidad, pueden llegar a esta expresión de la demencia: alimentar la máquina de muerte.

En uno de los encuentros sobre Derechos Humanos en que participé con Gorbachov, él decía que hoy por hoy se venden y se construyen más armas de muerte que en los tiempos de la Guerra Fría. Porque la construcción de armas exige inmensas inversiones de capital, investigación científica de punta. Es el más grande mercado mundial junto con el mercado de las drogas.

Hay que garantizar la supervivencia de la Humanidad, que no está garantizada. La cultura de la guerra hay que contrarrestarla con la cultura de la paz. A los héroes militares hay que contraponer los héroes de la paz, del amor a la Humanidad, a quienes han servido a las causas buenas de la Humanidad.

PARA QUE SEAMOS UNA SOLA FAMILIA HUMANA

El tercer reto que tenemos mirando lejos y hacia delante es garantizar la unidad de la familia humana, porque el gran riesgo hoy es la bifurcación de la familia humana. Por una parte, quienes tienen acceso a todos los medios de vida, quienes pueden eventualmente vivir hasta 130 años, que es la edad de nuestras células. Esto es solamente para 1 millón 600 mil personas. Pero ocurre que somos 6 mil 500 millones de personas. La otra parte de la humanidad vive muriendo con 50 ó 60 años. No como aquí en Costa Rica, donde las personas superan los 70 años. En Brasil yo estaría ya muerto, porque tengo 68 años, y la edad media es de 64 años. Yo ya estaría vencido por la usura del tiempo.

¿Cómo mantener la unidad, la no bifurcación de la vida humana? Porque los ideales de igualdad, de unión, son muy débiles en la historia de la Humanidad, que ha sido una historia de enfrentamientos y guerras. El gran riesgo es que ya no nos consideremos como semejantes, sino como desiguales, como diferentes, de otra especie que no es la especie humana. Por eso es que los serbios castraban a los musulmanes de Yugoslavia. Por eso podemos torturarlos, matarlos, sin ofender la Carta de los Derechos Humanos, porque ellos “no son humanos”. Tantos piensan así ahora.

Recordemos a ese filósofo de los Estados Unidos, Richard Rorty, que escribió un bellísimo artículo sobre cómo la degradación de la cultura hace que nosotros no seamos solamente diferentes, sino que seamos tratados como desiguales, de otra especie que no es la especie humana. ¿Cómo mantener la familia humana sentada alrededor de la mesa, disfrutando de la generosidad de la naturaleza, en casa, como hermanos y hermanas?

PARA QUE TODAS LAS CULTURAS SE EXPRESEN

El cuarto reto es cómo garantizar la singularidad, la identidad de América Latina, de Costa Rica. Porque el proceso de globalización a nivel cultural es una especie de “hamburguerización” del mundo, de uniformación de hábitos, de música, de visiones del mundo. Sería una desgracia que en la Naturaleza hubiera solamente cucarachas, para desesperación de las mujeres. O solamente escorpiones, para desesperación de los hombres. Lo importante es la biodiversidad. Cuantos más árboles, pájaros y peces mejor. Porque la interdependencia de todos con todos hace que todos tengan futuro, que puedan sobrevivir.

Tenemos que defender la biodiversidad. La globalización es una etapa nueva, la etapa planetaria de la humanidad. En esta etapa los pueblos que estaban perdidos por ahí en sus regiones se encuentran todos juntos, se encuentran en un único lugar, que es el planeta Tierra como casa común. Y traen la riqueza de sus experiencias históricas, de sus identidades nacionales, de sus experiencias espirituales, de su cultura, de su música. Todo eso revela riqueza. Cómo hacer el capital humano más grande. Porque inagotable es el capital humano que todavía no fue desarrollado plenamente. Porque somos un proyecto infinito.

POR LA BIODIVERSIDAD DE AMÉRICA LATINA

Yo veo que hay que preservar y ofrecer a la Humanidad este inmenso ensayo civilizatorio de magnitud histórica que hemos hecho aquí en América Latina. Solamente a mi país llegaron representantes de 60 etnias, naciones y pueblos diferentes. De cada país de América Latina se puede decir lo mismo. De todas las partes del mundo vinieron inmigrantes que han constituido nuestros pueblos. Cómo guardar este ensayo civilizatorio exitoso, donde, con algunas excepciones, tenemos la convivencia en las diversidades, la aceptación de unos y otros.

En este continente está la más grande biodiversidad del planeta. La Pacha Mama, la Madre Tierra, fue muy generosa en nuestro continente. Somos también el continente más desigual de la Tierra. Más que África, porque África es más pobre, pero tiene más igualdad. Y a pesar de eso, tenemos una riqueza de biodiversidad fantástica. Porque aquí está la mayor superabundancia de agua dulce, que será dentro de poco el bien más escaso de la Naturaleza. Aquí en América Latina tenemos más del 24% de toda el agua dulce del mundo, asequible al consumo humano. Aquí tenemos la más grande biodiversidad del planeta. Solamente en un espacio similar a un campo de fútbol, la flora y la fauna amazónica tiene más especies animales y especies vegetales que en toda Europa. Es una explosión fantástica del misterio de la vida.

Aquí en América Latina está el regulador del clima de todo el planeta. Los países amazónicos con sus selvas húmedas regulan todo el clima del planeta. El futuro de la Humanidad, en términos ecológicos, pasa por América Latina. Tenemos una responsabilidad inmensa de cuidar esas selvas verdes.

Tenemos que rescatar nuestro pasado, las grandes sabidurías de los pueblos originarios, aztecas, incas, mayas, quechuas, mískitos, y tantas culturas que aquí tenemos, de mucha sabiduría, con un saber ecológico que debe ser preservado y continuamente revisado. Tenemos que superar el presente con tantas desigualdades y preparar el futuro para que América Latina pueda ofrecer lo que tiene, no sólo para su beneficio, sino para la Humanidad.

MIRAR HACIA ARRIBA:
SOMOS SERES ESPIRITUALES

Voy llegando al final… Necesitamos mirar lejos y hacia arriba. Miramos lejos hacia atrás y hacia delante. Ahora hay que mirar hacia arriba, que es la otra dimensión del ser humano. Yo creo que hay que desarrollar una visión espiritual del mundo, como la manera más corta, más inmediata, de encontrar una solución. Cuando yo hablo de encontrar una visión espiritual del mundo, no estoy hablando de una visión religiosa del mundo. Las religiones no tienen el monopolio de la espiritualidad. La espiritualidad es la dimensión de lo humano. Tenemos un cuerpo y somos parte del cosmos. Tenemos una psique que es parte de toda la vida interior de todos los seres vivos. Pero tenemos también el espíritu, que es ese momento de la conciencia por el cual nos sentimos parte de un todo, que nos desborda por todas partes.

Por el espíritu captamos que las cosas no están puestas una al lado de la otra, sino que todo forma un inmenso sistema. Que forma un cosmos ordenado. Que hay un velo que liga y re-liga todas las cosas. Que el universo tiene un mensaje que decirnos en la majestad de las estrellas, en la grandeza de la complejidad. Que todas las cosas tienen su otro lado, otra dimensión que nos habla. Que el ser humano es aquel que puede escuchar, descifrar los mensajes que vienen de la realidad, que puede escuchar su propio corazón y los llamados a la generosidad, a la compasión, al amor, al cuidado de todo lo que vive y existe, porque todo lo que existe merece existir, y todo lo que vive merece vivir.

Esa dimensión de la espiritualidad subyace en todas las iniciativas y alternativas posibles, en términos de paradigma, de esta civilización que nos ha llevado a esta crisis mundial. Mirar hacia arriba nos hace captar una percepción nueva del ser, de la última realidad, y del ser humano portador de esa realidad.

Necesitamos una espiritualidad. Como decía el gran teólogo del siglo pasado, Karl Rahner, el siglo XXI será un siglo de espiritualidad, o no será. Espiritualidad en ese sentido profundo del ser humano, que es capaz de vivir, aceptar, elaborar valores que no sean los valores materiales del consumo, del utilitarismo, sino los valores de la gratuidad, del amor, de la amistad, y de la compasión hacia los que sufren, de cuidado de la Tierra y de nuestra vida y nuestro futuro.

Quiero terminar con un texto de las escrituras judaico-cristianas. En un momento Dios habla así: Hoy tomo el cielo y la tierra como testigo. Yo les pongo ante la vida y la muerte, ante la bendición o la maldición. Elijan la vida para que tú y tus descendientes puedan vivir. Elijan la vida. Nosotros hemos elegido la vida. Y estoy seguro que todos ustedes también han elegido la vida. Muchas gracias.

“HUMANIDADES HOY EN AMÉRICA LATINA”, LECCIÓN INAUGURAL DEL CICLO LECTIVO 2007 EN LA UNIVERSIDAD DE COSTA RICA, MARZO 2007.

Leonardo Boff

Categorías:Leonardo Boff, Opinión

Los tres flagelos del nuevo milenio

12 agosto 2007 1 comentario

Sábado 11 Agosto 2007

Mario E. Fumero

Vivimos en los tiempos más peligrosos de la humanidad en los últimos 40 años. Es cierto que hemos alcanzado el máximo de progreso económico y tecnológico, pero nos encontramos hundidos y zozobrando en un mar de problemas que cada vez se hacen más graves, y para los cuales, desde la perspectiva profética y científica, no hay una solución inmediata hasta que se cumpla lo señalado por la Biblia.

Los tres grandes flagelos de la humanidad son las crisis económica, ecológica y moral, y creo que vale la pena analizar cada una de ellas. No podemos negar que vivimos agobiados por factores económicos inflacionarios que son subsecuentes a la crisis energética y belicista que promueve el sistema capitalista y los intereses creados. La economía mundial depende y se mueve por el llamado “oro negro”. En la medida en que sube el petróleo, todo se dispara, porque ¿qué producto no depende de la energía generada por los combustibles? La crisis del dólar frente al euro, las políticas neoliberales implantadas en el mundo, el endeudamiento de los ricos que empobrece más a los pobres, y la corrupción existente han golpeado al 70% de la población del mundo, que sin trabajo, y agobiados por el hambre y la miseria, buscan en la migración, delincuencia, drogas y tráficos ilegales de armas y de personas una forma de superar su pobreza. Esto crea un problema serio que afecta a los Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea, con una avalancha de inmigrantes ilegales que buscan mejores horizontes, huyendo de sus países, sumidos en miseria, violencia y una explotación despiadada por las transnacionales.

Paralelamente a la crisis económica, aparece el fenómeno del cambio climático, que contribuye a empeorar la situación. Hemos generado tanta contaminación para poder mantener nuestro estándar de vida cómodo en los países ricos, que nos hemos cargado la capa de ozono, lo que origina un cambio en todo el ecosistema que produce fenómenos diversos, tales como aumento de la temperatura del planeta, el deshielo de los polos, sequías e inundaciones, contaminación del aire por la polución de los vehículos, y una agua cada vez más escasa y contaminada, cargada de mercurio y toxinas. Todo ello está causando un serio detrimento a la salud en la población, originando pérdidas de cosechas que generan escasez y por ende hambruna.

En lo moral estamos en un momento crítico, pues el fenómeno de corrupción y violencia ha desencadenado una sociedad cada vez más insegura, en donde la vida no vale nada. A este fenómeno ha contribuido la decadencia de los valores familiares, debido al fenómeno de la desintegración familiar y la paternidad irresponsable, acompañada de la violencia familiar. Se suma a lo dicho el marginamiento de Dios dentro del esquema jurídico y social, no fundamentando nuestro estilo de vida a los valores bíblicos de la moral cristiana, sino a la filosofía existencialista y pragmática que da origen al humanismo moderno en todo el derecho, libertad y tolerancia. Hemos llegado al extremo de decirle a lo malo bueno y a lo bueno malo. El efecto de esta decadencia moral lo vemos en la pérdida del respeto a la vida, el aumento de las drogas y los antros de perdición, así como la apología de la violencia y la sexualidad, que ya forma parte de nuestra cultura. Tú eres un número para el médico, un plan de estudio sistemático para el educador, un engranaje dentro del sistema productivo del país, un ser que vale por lo que tiene y no por lo que eres. La mentira y el engaño es un arte, la honestidad una virtud devorada por la ambición. Las iglesias han dejado de predicar el evangelio de Jesús que nos lleva al amor, compromiso y sencillez, para proclamar la riqueza, el poder y la exaltación de los hombres, que se lucran tomando a Dios como fórmula de inversión y el reino de los cielos en la bolsa de valores. Estos son los tiempos descritos por el mismo Jesús en Mateo 24:22 en donde expresaba la crisis que viviría el cristianismo en los últimos tiempos. ¿Y qué hacer frente a esta cruda realidad? Mantenernos firme en los principios sólidos del Evangelio y tratar de atenuar hasta donde nos sea posible el caos social que nos ha tocado vivir.

Categorías:Etica, Opinión

“Why Socialism?” (Por qué el Socialismo) – Albert Einstein

24 mayo 2007 6 comentarios

 Einstein

¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo?

Por una serie de razones creo que sí.

Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico.

Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible.

Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil porque la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado.

Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen.

Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron,
legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases.

Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines.

Pero los fines por sí mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos– son
adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que
los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.

Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen.

Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro.

Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿por qué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”

Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo.

Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?

Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales.

Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus
dolores, y para mejorar sus condiciones de vida.

Solamente la existencia de estos diferentes y frecuentemente contradictorios objetivos, por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determinan el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad.

Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente.

Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento.

El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores.

El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por sí mismo; pero él depende tanto de la sociedad –en su existencia física, intelectual,
y emocional– que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad.

Es la “sociedad” la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.

Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido, –exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas.

Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio.

La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho posible progresos entre los seres humanos que son
dictados por necesidades biológicas.

Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte.

Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los
deseos.

El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana.

Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia.

Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad.

Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.

Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar.

Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable.

Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse.

En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios.

Los tiempos –que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos– en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre.

Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.

Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo.

Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica.

Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente.

Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar
sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.

La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal.

Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo, –no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas.

A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional – puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.

En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción –aunque esto no corresponda al uso habitual del término.

Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que
produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real.

En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar.

Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas.

El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad
organizada políticamente de forma democrática.

Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura.

La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población.

Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación).

Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible para el ciudadano individual obtener conclusiones
objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre.

Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas
largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores.

Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho del capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso.

No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”.

El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación.

El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio,
conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas.

La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo.

Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.

Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.

En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada.

Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados
para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño.

La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad
para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo.

La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

 

*Publicado por primera vez en la revista Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949
Albert Einstein

Jesús resucitó

1 marzo 2007 10 comentarios

Hablar o escribir sobre religión es asunto muy delicado, sin embargo, las personas comunes y corrientes, los teólogos, los pastores y sacerdotes y las iglesias y universidades cristianas discuten sobre religión, así como lo hacen los académicos dedicados al estudio profundo de los temas bíblicos. El cristianismo se basa en la resurrección de Jesús. Precisamente por eso se habla de la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Según la Biblia, Jesús resucitó al tercer día y su tumba se encontró vacía y es por eso que nosotros, los cristianos, repetimos que Cristo reina resucitado por los siglos de los siglos. Pero no todos los cristianos piensan de igual forma, no conciben cómo pudo el Hijo de Dios subir físicamente al cielo y perderse entre las nubes cuarenta días después de haber sido crucificado. Estos son los cristianos de poca fe… tienen muchas dudas y se hacen muchas preguntas. Pero son los mismos que creen en apariciones sobrenaturales, sin embargo, se les hace muy difícil creer que Cristo resucitó y subió a los cielos.

Debemos admitir que el cristianismo es sobrenatural. Creemos que Jesús caminó sobre las aguas, que sanó a los enfermos de forma milagrosa, que resucitó a Lázaro y que con saliva y polvo formó un lodillo con el que sanó a un ciego. Pero el milagro más grande de todos fue su propia resurrección. Si dejamos de creer en que Jesús resucitó dejando tras de sí una tumba vacía entonces no podemos llamarnos en verdad cristianos. Ya he señalado que muchos que se consideran cristianos, sean católicos o protestantes, están llenos de dudas y preguntas. Otros dudan hasta de la existencia de Dios y los ateos de plano no creen en Dios. Para ellos la vida es una, la vida es esta en que vivimos, no existen el infierno ni el paraíso… para ellos aquí empieza y termina todo.

Muchos cristianos se preguntan por qué Dios permite las grandes tragedias, las injusticias, las guerras, la escasez y la pobreza. Los religiosos suelen responder que todas las catástrofes son obras del diablo pues hay que recordar que el diablo es poderoso. Entonces los cristianos no quedan satisfechos con la respuesta que han recibido del pastor o del sacerdote pues dicen que si el diablo es poderoso Dios es Todopoderoso y, siendo así, podría evitar las catástrofes provocadas por el diablo. En muchas ocasiones los religiosos no saben cómo responder a ese argumento, cuando deberían de responderlo y respaldarlo con hechos. Las iglesias cristianas, sean católicas, protestantes u ortodoxas, no están respondiendo a las preguntas de los fieles que dudan… las iglesias han asumido una actitud demasiado tímida y cautelosa y dicha actitud confunde más a aquellos que dudan. La fe del verdadero cristiano deberá ser firme y su lema deberá ser “Yo creo”. El ateo, por otro lado, dice “Yo creo que Dios no existe,” y nadie lo convence a creer lo contrario, sin embargo, a los cristianos cualquier cosa los hace dudar, hasta una película como “El Código da Vinci”. Después de leer el libro y ver la película andan por ahí muchos cristianos convencidos de que Jesús tiene descendientes en Francia.

Ahora ha surgido otro caso insólito. Se ha anunciado que la tumba perdida de Jesús ha sido encontrada y que en el osario se han visto las osamentas de Jesús, de José, de la Virgen María, de María Magdalena, Matías, Jofa (hermano de Jesús) y Judas, hijo de Jesús. El cineasta canadiense James Cameron ha realizado un documental sobre el hallazgo de las osamentas y nuevamente el cristianismo se tambalea. En el caso del libro “El Código da Vinci” su autor Dan Brown fue claro al expresar que se trataba de una obra de ficción, sin embargo, esto no ocurre con el hallazgo de la supuesta tumba perdida de Jesús. Los huesos encontrados han sido analizados por antropólogos y académicos. Supuestamente se harán análisis de ADN de las antiquísimas osamentas, algo que nos parece insólito e inconcebible. El Vaticano ha rechazado la existencia de la tumba que, supuestamente, guarda los restos de Jesús, y el arqueólogo israelí Amos Kloner, experto que analizó la cueva cuando fue descubierta hace más de 25 años, rechaza la teoría que contradice los cimientos de la fe cristiana. Kloner no cree que Jesús fue enterrado en esa cueva y agrega que en la época de Jesús los nombres inscritos en los ataúdes eran muy comunes en todas las familias judías. No obstante, la noticia ha llenado de más dudas a los que ya dudaban. Si llegase a comprobarse que las osamentas encontradas pertenecen a Jesús, a sus padres, a María Magdalena, a su hermano y a su hijo, el cristianismo se vendría abajo estrepitosamente. Pero antes de llegar a cualquier conclusión debe verse primeramente el documental y luego analizar lo que nos presenta. Aunque ya dijimos al inicio de esta columna que todo aquel verdadero cristiano nunca perderá la fe. Con todo lo que está sucediendo el cristianismo se tambalea peligrosamente y las iglesias y los líderes espirituales deberán actuar vigorosamente dejando por un lado la timidez. El cristianismo está bajo ataque y debemos salir en su defensa.

Billy Peña Billy Peña

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