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Archive for the ‘Mario Roberto Morales’ Category

Pequeña radiografía del éxito

6 febrero 2008 2 comentarios

Mario Roberto Morales – La Insignia. Guatemala, enero del 2008.

“Hay algo de charlatán en todo aquel que triunfa, sea en la materia que sea”, espeta Cioran en su libro de 1987 Ese maldito yo. A simple vista, la frase da la impresión de ser un escupitajo de fracasado o, como dicen los adoradores del mercado, de “perdedor”. Pero quien ha leído a Cioran sabe que este incisivo filósofo rumano no era tan superficial ni tan tonto como para sucumbir al chillido y a la queja existencial sin dignidad ni ironía. Por eso, una lectura radical (que vaya a la raíz causal) de su aforismo nos revela una dimensión de significado que muy poco tiene que ver con el lamento y sí mucho con una demoledora crítica (o ejercicio del criterio) de la naturaleza espuria del éxito socialmente aceptado y por ello indiscutido.

La condición ineludible del triunfo socialmente aceptado es su estricto apego a las reglas de juego instauradas por el poder que articula, mediante sus mecanismos ideológicos, la cohesión del grupo dentro del cual el triunfador (u hombre exitoso) construye su victoria sobre el común de los mortales. Estos mecanismos, como de sobra se sabe, responden a los intereses de quienes ejercen el control de aquel poder articulador de la sociedad, a cuya dinámica contribuyen con gran diligencia las masas que no tienen conciencia de la naturaleza exacta de esos intereses. Es decir, casi todas las masas. Por eso, Wilhelm Reich explicó, en La psicología de masas del fascismo, por qué el ascenso y la “gloria” de Adolfo Hitler no habrían sido posibles sin el apoyo decidido y entusiasta del pueblo alemán.

El triunfo, visto como la culminación simbólica de lo socialmente instituido y aceptado por el poder, es un acto de sumisión y no de libertad. Y en este sentido es que Cioran tacha de charlatanes a los triunfadores, pues se trata de héroes de cajón, de puesta en escena, de apoteosis del simulacro. ¿Quiénes serían entonces los “verdaderos” triunfadores?, se pregunta irritado cierto impaciente lector.

Los adoradores del mercado instituyen como “exitoso” al mercachifle próspero, no importa si se trata del miserable vendedor ambulante, del gerente de un monopolio tercermundista o del ejecutivo de una corporación transnacional. El éxito consiste en vender (o venderse) bien, y el triunfo en posicionarse socialmente sobre la base de este éxito, que a su vez se apoya en el simulacro de libertad representado por el intercambio desigual controlado por élites oligárquicas nacionales y globales. Un individuo tal es, sin duda, un charlatán, pues en el último rincón de su conciencia sabe que su mascarada se asienta en una mentira y, a pesar de saberlo, se acepta como lo que se le dice que es: un hombre de éxito, un triunfador.

Según esta lógica, quienes se realizan de manera radical al margen de estas reglas de juego, son “perdedores“, y entre éstos incluye a individuos como Che Guevara, Emiliano Zapata, Simón Bolívar y otros héroes trágicos de la historia. Cristo mismo vendría a ser un héroe trágico y perdedor según esta moral de mercader. Pero, bien vista la cosa, es obvio que estos individuos triunfaron sobre la barbarie del poder y se instauraron como ejemplos de libertad para millones de personas. No como charlatanes. Su éxito radica en su realización como seres éticos que ejercieron su libertad cuestionando las reglas de juego de la charlatanería. Pero, claro, la lógica del mercado jamás los valorará de esta manera, pues es más fácil manipular a charlatanes que a personas conscientes y radicalmente libres.

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El replanteamiento neoliberal de la utopía capitalista

13 diciembre 2007 Deja un comentario

En la introducción a su libro La era del capital 1848-1875, el historiador inglés Eric Hobsbawm recuerda que la palabra “capitalismo” empezó a usarse en la década de 1860, y que su generalización implicó “el triunfo de una sociedad que creía que el desarrollo económico radicaba en la empresa privada competitiva y en el éxito de comprarlo todo en el mercado más barato (incluida la mano de obra) para venderlo luego en el más caro. Se consideraba que una economía de tal fundamento, y por lo mismo descansando de modo natural en las sólidas bases de una burguesía compuesta de aquellos a quienes la energía, el mérito y la inteligencia habían aupado y mantenido en su actual posición, no sólo crearía un mudo de abundancia convenientemente distribuida, sino de ilustración, razonamiento y oportunidad humana siempre crecientes, un progreso de las ciencias y las artes, en resumen: un mundo de continuo y acelerado avance material y moral. Los pocos obstáculos que permanecieran en el camino del claro desarrollo de la empresa privada serían barridos”.

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Ética de la victimización

24 febrero 2007 1 comentario

Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, febrero de 2007.

La autovictimización es cómoda y agradable. La persona que se victimiza se ubica en un espacio imaginario que le confiere automáticamente “la razón” y las consideraciones incondicionales de otras personas. Pero hay que decir que aparte son las víctimas y aparte los victimizados. A veces, las victimas se autovictimizan. Otras, tienen la suficiente dignidad como para no hacerlo. Estas son las víctimas admirables y ejemplares, como es el caso, por ejemplo, de Nelson Mandela. Los autovictimizados que no han sido víctimas necesitan crearse un victimario. Esta táctica es moneda corriente hoy día y forma parte de la agenda de muchos de los llamados “nuevos movimientos sociales”, en especial los inscritos en las ideologías multiculturalistas, que buscan integrar a las subalternidades elitistas en la dominación, imitando cada vez más a sus verdugos.

Las personas autovictimizadas reciben asistencia, dinero, apoyos y solidaridades incondicionales de multitud de personas conmovidas en su mala conciencia culposa, de modo que el acto de autovictimizarse tiene la enorme ventaja de proporcionar a sus protagonistas un modus vivendi muy por encima de los salarios mínimos. Otra de las ventajas de la autovictimización es que permite evadir la discusión racional y científica, sustituyéndola por la emotiva acusación hacia el victimario, provocando con ello que quienes solidarizan con la filosofía de la autovictimización eximan a la supuesta víctima victimizada del deber de discutir lo que haya que discutir en términos racionales. De ahí que sea mucho más fácil y cómodo para un autovictimizado y para sus solidarios acusar a alguien de racista o sexista, que discutir con él o ella los hechos concretos que lo llevan a proferir tal acusación.

Y bien, ¿a qué apelan los autovictimizados cuando crean o bien magnifican a su victimizador y lanzan su queja? Apelan a la culpa y al miedo, dos emociones que articulan muchas de las llamadas “actitudes éticas y morales” de esta época y de todas las épocas. Hacer sentir a alguien culpable es algo relativamente fácil, y hay personas con especiales habilidades para lograrlo. Asustar a la gente con hecatombes y holocaustos también lo es. Y ambos expedientes son usados por el victimismo. La culpa, para incitar la solidaridad en personas que por conflictos neuróticos se echan encima los males de la humanidad; el miedo, para asustar con la posibilidad de que los victimizados se alcen al unísono, como los pájaros de Hitchcock, y nos coman. En realidad, hay muy pocas cosas en la vida tan fáciles como victimizarse. Y tan lucrativas. Pero victimizarse no es lo mismo que ser víctima, ya lo dijimos. La víctima no siempre se victimiza porque a menudo no ha perdido dignidad.

La autovictimización ha rendido buenos frutos como táctica subalterna de sobrevivencia y lucha. Pero se torna problemática cuando ciertas elites especializadas en su ejercicio quieren sustituir el debate, la discusión y la objetividad de los hechos concretos con el discurso y la versión facilones de la victimización. Esto, a la larga, no favorece las causas de estas elites porque evadir la confrontación intelectual abierta para acusar al otro de racista o sexista es indigno y cobarde, además de que demuestra incapacidad reflexiva y argumentativa, es decir, falta de vigor intelectual y moral en las elites que viven de este discurso y que suelen refugiarse en el oenegismo parasitario de la cooperación internacional.

Se sabe que la moral burguesa confunde la caridad y la beneficencia con la justicia social o igualdad de oportunidades. Y, por lo que se ve, los “nuevos movimientos sociales” lo hacen también, pues algunos de sus dirigentes se pasan la vida apelando a la caridad y la beneficencia burguesas, y manipulando la situación concreta de las masas en cuyo nombre se victimizan y extienden la mano, para que culposos funcionarios internacionales y miedosos ciudadanos nacionales, se solidaricen con su peculiar manera de ganarse la vida.

Cedar Falls (EEUU), 20 de noviembre de 1999.

La utopía realizada

Cierto amigo neoliberal me dijo en Pittsburgh una vez: “Esto que nos rodea es la utopía realizada. El ser humano no puede aspirar a más. La prueba está en que todas las guerras del mundo se deben a que unos y otros quisieran tener lo que nosotros ya tenemos.” Entonces yo me plantee una pregunta radical. Después del colapso socialista, ¿queda sólo entregarse a las leyes del mercado y aspirar a un bienestar de clase media acomodada? ¿Es eso la utopía realizada en esta era de la supuesta muerte de las ideologías proclamada por Fukuyama? La hegemonía neoliberal en el mundo se basa no sólo en el derrumbe del socialismo real, al cual caracteriza como fracaso económico por ineficiencia del Estado, sino también en la justa crítica a la corrupción del Estado benefactor en general. A lo cual contrapone la eficiencia de la iniciativa privada y su supuesta incorruptibilidad, la cual se atiene a las leyes del mercado (que equipara con las de la libertad) como reguladoras de la actividad económica y política. Pero a la vista está que la elite neoliberal no ha podido vender bien su producto. Asunto tanto más penoso cuanto que se trata de un conglomerado de especialistas en vender. ¿Es que el producto es bueno y los vendedores son malos, o es que el producto tiene algún defectillo que al consumidor no le satisface? Yo me adhiero a lo segundo.

La ideología del fin de las ideologías, que acompaña a la idea de la utopía realizada como la situación en la que el ser humano masificado se articula a sí mismo como consumidor, tiene el inmenso defecto de que no resulta muy appealing para mucha gente, pues no contiene en sí misma ningún relato del futuro que sea lo suficientemente apasionado como para que las masas, por medio del consumo, se identifiquen con él. Al proponer la utopía realizada como una sociedad de consumidores clasemedieros y empresarios poderosos, que en el primero y el tercer mundos está a la distancia de privatizarlo todo y de reducir el Estado para usarlo sólo como gendarme de la “majestad de la ley” oligárquica, el producto a vender deja por fuera a millones de personas a las que no les va a interesar comprarlo porque están perdiendo sus empleos y no tienen perspectiva de encontrar otro.

Ya sé que el producto neoliberal vende también la idea de que si se dejan sueltas las leyes del mercado, y el Estado se reduce a su gendarme, los empresarios crearán innumerables fuentes de trabajo y que Guatemala, por ejemplo, puede entregarse a los inversionistas extranjeros para hacer de ella un emporio de prosperidad al estilo de los ex tigres asiáticos (que resultaron ser de papel). Pero aún suponiendo que eso fuera cierto, el proyecto (o mejor, el producto) neoliberal sigue careciendo de una perspectiva de futuro apetecible que le augure al ser humano una vida mejor. Lo que hace es ofrecerle lo que ya consiguieron los llamados países desarrollados y cuyos problemas están a la vista.

Creo pues que lo que le falta al producto neoliberal para que se venda mejor es una dimensión utópica. Por eso, por increíble que parezca, todavía no puede competir con el producto socialista, a pesar de su bancarrota y su devaluación estrepitosas. La humanidad necesita caminar en pos de sueños, y el producto que nos vende la gestión neoliberal sólo ofrece mercancías y servicios. La humanidad aspira a tener poder de gestión autónoma, y lo que la gestión neoliberal le ofrece es el consumo como fin supremo de la realización humana. Bienes y servicios. Unos creándolos y otros consumiéndolos. He ahí el fin de las ideologías. He ahí la utopía realizada. ¿Para eso nos invitan a destruir el Estado y privatizarlo todo? El bienestar es sin lugar a dudas un objetivo apetecible y el consumo una actividad normal. Pero muy aparte es inducir a la gente a buscar el bienestar de clase media como el máximo posible, no convirtiéndola en consumidora (lo cual estaría bien), sino en un ente consumista que traga hasta atragantarse y luego muere dizque feliz y realizada.

Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, enero del 2007.