Archivo

Archive for the ‘Gioconda Belli’ Category

La OEA necesita urgentemente un oculista

22 agosto 2009 Deja un comentario

No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír.
Refrán

BITÁCORA DE GIOCONDA BELLI

12:21 – 10/08/2009

Verdaderamente lamentable fue el despliegue de intolerancia y violencia del pasado sábado, cuando una marcha pacífica de la Coordinadora Civil fue agredida por “prortegas”. Muchos de quienes participaban en esa marcha y fueron agredidos eran antiguos militantes sandinistas de impecables trayectorias revolucionarias. Entre ellos había profesionales, personas preocupadas por el rumbo del país que, en uso de sus derechos ciudadanos, se juntaron en Asamblea para presentar una propuesta y luego de su reunión, celebrar sus logros con un acto político-cultural, debidamente autorizado.

La caminata que los llevaría al lugar donde pensaban realizar la actividad era de apenas dos o tres cuadras, pero no bien salieron a la calle, los recibió una lluvia de piedras. Hombres y jóvenes de ambos sexos los persiguieron, los imprecaron e insultaron y sin más, con palos y trompones, los enfrentaron como si se tratara de enemigos. Las pruebas del ataque son abundantes: fue filmada, fotografiada y apareció en los diarios y televisoras del país.

Poco tardó el Presidente en desvirtuar el asunto y convertir en atacantes a los atacados. ¿En qué honduras estamos?, hay que preguntarse. Mientras se protege al Presidente Zelaya en nuestro país y se invoca la democracia y el derecho del pueblo hondureño, aquí nadie puede manifestarse libremente. Se utiliza a la juventud fanatizada, el dinero del estado y hasta los dirigentes de ministerios, para amenazar las expresiones pacíficas de la sociedad civil; se divide al pueblo en uno con todo derecho e impunidad mientras grite “Daniel, Daniel” y otro que, si se atreve a salir a manifestarse, debe temer por su integridad física. De todos los dislates que a diario de cometen, éste es uno de los más graves, me parece. Y es que en Nicaragua, nuestros gobernantes deberían saber bien con qué tipo de pueblo están tratando.

La esencia de la democracia es el derecho ajeno, el respeto a la diversidad de opiniones, la libertad para ser crítico, para organizarse, manifestarse y proponer alternativas al rumbo del país. No es democracia negarles a unos lo que se permite a otros. Y menos negárselos con un método que lleva implícito el convertir a jóvenes entusiastas y apasionados en verdugos de quienes no piensan como ellos. Nutrir a la juventud con fantasmas de enemigos que hay que acabar, darles licencia para golpear, enardecerlos, como vimos en las imágenes televisivas, igual que hacía el Chigüín en la EEBI, con gritos, como si se les aprestara para entrar en combate, es un delito de lesa patria; es obligar a lo más preciado que tenemos a envilecerse, a irrespetar el derecho ajeno y a convertirse en pandillas impunes supuestamente con fines “populares”, olvidando que la práctica social también influye en la conciencia y que en una escuela de violencia no se construye ni la paz, ni la responsabilidad, ni el hombre nuevo.

Claro que mi prédica no encontrará oídos receptivos entre quienes alientan y participan en este tipo de actividades. Desafortunadamente, la espiral de insultos y descalificaciones hacia cualquier actitud que no sea la oficial, raya ya en la histeria. Con tanto poder como el que tiene este partido gobernante, actúa como si estuviese rodeado, pues sabe que nada es mejor para la irracionalidad que crear en sus fieles la idea de que están enfrascados en una suerte de “guerra”; esa que a diario sus dirigentes azuzan para postergar la reflexión y el análisis de la verdadera situación del país.

Pero los demás nicaragüenses, que somos muchos, tenemos que poner nuestra imaginación a funcionar para pensar cómo podemos salir de la trampa mortal con la que quieren cercarnos. No debemos dejarnos intimidar. También somos pueblo, también nos pertenecen las calles y el derecho a expresarnos como mejor nos parezca.

Ortega_Policia_Ejercito

El fracaso de los sistemas

16 diciembre 2008 Deja un comentario
GIOCONDA BELLI

GIOCONDA BELLI

En este siglo XXI, frente a retos que ni Marx, ni Adam Smith jamás pudieron haber imaginado, no cesa de asombrarme el empecinamiento de quienes, como antiguos Cruzados, sacan espadas dispuestos a combatir a los “infieles”como si las teorías económicas fuesen infalibles textos sagrados. En nada se diferencian de los Inquisidores que inventaban argumentos absurdos para probar las herejías de los pobres cristianos y quemarlos en sus Autos de Fe. Pero la misma razón humana que ha cuestionado la existencia de Dios, debería hacer que no nos tiemble el pulso para cuestionar las teorías de los hombres.

Me atrevo entonces a afirmar que tanto el capitalismo como el socialismo, han fracasado en su intento de conducirnos a la tierra prometida de igualdad, fraternidad y libertad.  Tan trágicos son los explotados mineros cubiertos de lodo de las Minas de Loma Panda en Brasil, como los balseros cubanos, arriesgando sus vidas sobre endebles barquitos en los que esperan alcanzar la supuesta prosperidad en Estados Unidos.

Mientras el capitalismo endiosó el dinero y cosificó al hombre, el socialismo endiosó al partido y sacrificó a los individuos en el altar de su peculiar concepto de pueblo.

El sistema capitalista, a pesar de las predicciones teóricas que anunciaron su destrucción a partir de la rebelión de las masas explotadas, pareció resistir hasta ahora sus contradicciones internas con más éxito que el sistema socialista. La razón de esto, según algunos estudiosos, se debe a una mayor coincidencia entre su modo de operar y la sicología libertaria e individualista del ser humano. Mientras el socialismo cifró sus esperanzas de éxito en la conducción de vanguardias ilustradas organizadas en todopoderosos partidos, el capitalismo sostuvo su ideología sobre conceptos tales como la libertad individual, el libre mercado, la libre empresa.

Si bien en ambos sistemas la construcción del concepto de libertad estuvo determinada por la conveniencia del sistema mismo, en la práctica el capitalismo logró una ilusión de libertad más exitosa que la del socialismo. Antonio Gramsci sostenía que sin un cambio ideológico profundo las revoluciones serían rechazadas por el mismo pueblo que pretendían beneficiar. El apuntaba que la crítica y el debate intelectual eran esenciales para la reproducción de la ideología.

En el socialismo, como se practicó en los países del Este y en la URSS, el debate, la crítica y los intelectuales se contaron entre las primeras víctimas de la autoridad partidaria. En su lugar, se crearon burocracias encargadas de la agitación y propaganda, cuyos intentos de crear conciencia a través de consignas y cartillas, fracasaron estrepitosamente. En el capitalismo, en cambio, el debate y la crítica, si bien sufrieron restricciones y amenazas (como en la era de McCarthy, por ejemplo, en Estados Unidos), en general mantuvieron su dinamismo, de manera que la defensa del sistema se interiorizó dentro del sistema mismo. Sin necesidad de aparatos profesionales, la ideología se reprodujo de tal manera que derivó incluso en una “mitología” capaz de trascender barreras culturales de lo más diversas.

La ideología capitalista se globalizó mientras el socialismo sufría una estigmatización que redujo su área de influencia a minorías radicalizadas, o que obligó a variar sus connotaciones semánticas negativas y sus presupuestos proponiendo nuevos códigos o combinaciones, tales como social-democracia, social-cristianismo, o socialismo del siglo XXI.

Si el socialismo fracasó en su valoración de que la satisfacción de las necesidades materiales sobrepasaba la valoración humana de la libertad como un componente esencial de la felicidad, el capitalismo ha fracasado en su tesis de que la irrestricta libertad en la producción, comercialización y distribución de bienes materiales era el camino para lograr ser feliz.

Ambos sistemas, por otro lado, han sido corresponsables de la depredación gigantesca de los recursos naturales y de la contaminación feroz de nuestro planeta. Ambos sistemas han generado cruentas guerras, rivalidades tribales, corrupción, hambrunas, mortandad y nos han llevado, en la actualidad, a un atolladero dramático de nuestras posibilidades de sobrevivencia como especie.

Ahora bien, si la crisis del socialismo representó el fin de la Unión Soviética y el reacomodo de las contradicciones a nivel mundial (incluyendo el surgimiento del fundamentalismo islamista, cuya versión armada surgió con los muhayadin en la ocupación soviética de Afganistán), ¿qué podemos esperar de la actual crisis del capitalismo? Es interesante anotar, para los dogmáticos, que esta crisis, la mayor del capitalismo en la historia moderna, no ha surgido de rebeliones de masas o revoluciones, sino como producto del sistema mismo, de su excesiva avaricia.

Y esta realidad plantea otra interrogante fundamental: si la lucha de clases no es el factor determinante en las crisis del capitalismo, ¿es ésta su contradicción fundamental? Porque la realidad demuestra que las revoluciones del siglo XX han sido más bien luchas libertarias llevadas a cabo por grandes coaliciones de clase, de modo que  la experiencia está indicando que las rebeliones efectivas tienen su origen en la pérdida de libertad y la represión, más que en los factores económicos. Este es un importante factor a analizar en el enfoque teórico, que sobrevalora la objetividad economicista, en detrimento de los factores subjetivos que impulsan fenómenos sociales.

Objetivamente, por ejemplo, el remedio que se ha aplicado en la crisis actual del capitalismo en Estados Unidos, con la intervención del estado en los sectores financieros e industrias claves podría, bajo un análisis economicista puro, apuntar a la configuración de un modelo pre-socialista, en cuanto que el capitalismo de estado, según Lenin, representaba el estadio perfecto para transitar al socialismo. Pero ¿podemos esperar un resultado semejante en EEUU? En este contexto, ¿podría el factor subjetivo facilitado por la llegada de Barack Obama a la presidencia de ese país, hacer que se produzca un giro de tal magnitud que genere una suerte de sistema-síntesis del capitalismo y el socialismo? La posibilidad de un desarrollo de esta naturaleza no deja de ser, sin embargo, una ilusión de mi natural optimista. Ahora bien, si el imperialismo es la fase superior del capitalismo y éste está en crisis, la crisis es una crisis del imperialismo. Fareed Zakaria en el último número de Newsweek,  afirma “el verdadero problema que enfrentamos hoy no es una crisis del capitalismo, sino una crisis de la globalización”.

Técnicamente, la exportación de capitales, de influencias y productos, ya no sólo proviene de Estados Unidos, sino de China (aunque representa un quinto de la economía de Estados Unidos) y hasta podríamos hablar de un “imperialismo” venezolano pues el suministro de bienes y servicios de este país también implica una cuota de dependencia política y la inserción dentro de una estructura supranacional que tiene un costo para nuestra soberanía. Y esta es la otra gran pregunta que desafía el legado teórico de los clásicos marxistas: en un mundo global, de economías entrelazadas, ¿hay soluciones locales? ¿Qué representa una soberanía territorial que no puede ejercerse sin endeudamiento externo, sin compromisos financieros y políticos? Si los problemas son globales, ¿cómo darles soluciones globales? ¿No sería acaso más benigno para el ancho mundo que ocupamos el dotar a las Naciones Unidas de una nueva estructura capaz de actuar en consenso y de ser un cuerpo verdaderamente representativo? ¿O es que la única solución para la crisis global sea el retorno a las tribus, el nacionalismo fundamentalista que propone el extremismo religioso representado por Al Qaida o los Talibanes?

Como decía al principio, ni Marx, ni Adam Smith tienen la solución para los problemas actuales. De allí que sea justo y necesario dejar de recitar las soluciones clásicas y pretender aplicarlas mecánicamente a las realidades de hoy. Parece que sufrimos una crisis de imaginación y en países como el nuestro ésta sea quizás la más grave. No hay que perder de vista que el objetivo no es defender un conjunto de ideas, sino alcanzar la igualdad en un sistema ético, armónico y favorable a la vida y al desarrollo del potencial de cada persona. ¿Por qué aferrarnos a definiciones sistémicas, como si sólo dentro de uno de estos sistemas estuviese nuestra salvación? Yo propongo un nuevo sistema: el felicismo…. el que persiga la felicidad. Los reto a definirlo.

Vale más reflexionar que escudar la incapacidad de evolucionar ideológicamente tras  confrontaciones artificiales, clasistas de mentira. Sigmund Freud decía que la civilización empezaba cuando un hombre enojado decidía usar sus palabras en vez de lanzar piedras.  A ver cuando empezamos a ser civilizados.

Nicaragua

23 noviembre 2008 Deja un comentario

El pueblo contra el pueblo

GIOCONDA BELLI

18:15 – 20/11/2008

Para llegar el martes 18 de noviembre a la marcha para protestar contra lo que muchos estamos convencidos ha sido un fraude electoral, hice memoria de mis años de llevar y traer cuadros clandestinos. Hay cosas que uno no olvida, instintos que no se pierden. En esos años, conocer los vericuetos de Managua era una de las habilidades que podían salvarle a uno la vida. Por eso conozco bien mi ciudad.

También recordé lo importante que es no tener miedo. El miedo en este tipo de situaciones es mortal. El adversario lo huele y ese olor lo excita. Le sucede a los seres humanos, igual que a los caballos o los perros: detectan el miedo y el reflejo los pone agresivos. Fue así que, desde la carretera sur, a las 2 de la tarde, hice mi camino. Sorteé las rotondas de la Bolívar, la de Cristo Rey. En ambas, grupos relativamente pequeños de personas, agitaban perezosamente banderas rojinegras. Tenían el rostro apagado, ambulaban de aquí para allá con la actitud de quien no tiene más remedio.

En dos puntos, en Altamira, me topé con buses atravesados en la calle para impedir el paso y retenes de partidarios del gobierno. En un caso, eran jóvenes con pasa-montañas y lanza morteros. Me detuve y hablé con ellos. Me indicaron los accesos que tenían copados y me dijeron que la marcha “de los liberales” estaba “más arriba” y que iba montones de gente. Cuando aparecieron lucían un poco desafiantes, pero luego de platicar con ellos y verlos a los ojos, de hacer un contacto humano tranquilo, se calmaron y lucieron como lo que eran: jóvenes como tantos. En el otro sitio, varios hombres mayores me pidieron que diera la vuelta, que no había pasada, me hicieron la seña del dos con la mano. Les sonreí, saludé y salí hacia la calle despejada que me condujo al parqueo del Hotel Seminole, a una cuadra del Hotel Princess, el sitio de la concentración. Allí bajé y fui caminando, sola, hacia donde se concentraba el grupo de personas que escuchaban en ese momento a Dora María Téllez.

La calle estaba resguardada por policías y me impresionó lo calmos y profesionales que lucían. En la esquina del hotel, el grupo de gente no era muy grande. Era una manifestación como tantas otras, excepto que a una o dos cuadras de distancia, por el norte, el sur, el este y el oeste, los policías anti-motines alineados y compactos, impedían el desborde de una apretada masa de gente con banderas rojinegras, al acecho. En medio del grupo que me rodeaba, vi alguna que otra cara conocida. En su mayoría, sin embargo, quienes estaban allí eran tan pueblo, como los que parecían esperar, tras la barrera policial, la oportunidad para abalanzarse contra los manifestantes. Era una situación insólita realmente. ¿Qué peligro, pensé, podíamos representar aquellos pocos para merecer semejante despliegue?

Toda la actividad de la ciudad parecía pender de aquel pequeño espacio en la esquina del Hotel Princess. Subidos sobre una camioneta, flanqueada por anti-motines, varias personas tomaron la palabra. Hubo aplausos del grupo y morterazos de los que nos rodeaban. Desde donde estaba, podía entrever el forcejeo con la Policía: la gente quería romper la barrera y lanzársenos encima. Corrió el rumor de que ya se había dado la orden a los anti-motines de romper filas. Imaginé los espíritus exaltados, los que vendrían riendo con esa risa peculiar que tenemos los nicas en los molotes, y que, en medio de las trifulcas aparece como si se tratara de una fiesta y no de una circunstancia grave. Imaginé los palos, las piedras, los bates, el efecto contagioso de la psicología de masas que envalentona hasta al más cobarde.

Era, sin duda, una situación de extremo peligro cuyo desenlace nadie podía prever con certeza. Afortunadamente, aunque el retiro fue desordenado, el combate frontal no se dio gracias a la labor policial. Los muchachos a quienes el gobierno ha dado licencia para golpear y amenazar, hirieron con pedradas a más de alguno, pero la mayoría nos pusimos a salvo, gracias a la solidaridad de los vecinos de las cuadras aledañas a la concentración, que nos abrieron las puertas de sus casas y nos ofrecieron refugio. Por más de dos horas, sonaron los morteros, los gritos, hasta que poco a poco, se hizo el silencio.

Mi conclusión, tras esta experiencia, es que aquí hay hombres que se están resguardando tras las faldas de una mujer y esa mujer es el pueblo de Nicaragua. El pueblo es liberal, sandinista, danielista, emerecista, conservador, etc, etc.  Dentro de cada tendencia política hay de todo: oligarcas, cheles, morenos, culos rosados y culos de todos los colores.

Pregonar la creencia de que pueblo es sólo el que piensa como el que gobierna es una manipulación alevosa que persigue exactamente lo que está logrando: echarnos a pelear unos contra otros, como si la salvación y el derecho de un lado sólo pudiera existir si se suprime el del otro lado. El planteamiento es absurdo, auto-destructivo e irrespetuoso del mismo pueblo que estos gobernantes dicen defender. Porque es un irrespeto sacar a la gente de sus trabajos, de sus comunidades, para lanzarlos a las calles a que impongan con violencia, lo que sus autoridades no pueden sostener con la razón y la ley. Es un irrespeto no responder limpiamente a los reclamos de quienes arguyen que sus derechos no están siendo atendidos. Es un irrespeto arrastrar al pueblo a una confrontación cuando la solución del conflicto se tiene en la mano.

Pero a estas autoridades nuestras parece que les es más fácil mirar desde sus lejanos puestos de observación cómo se desatan las pasiones más lesivas, la intolerancia y la anarquía, que enfrentar su obligación de presentar cuentas claras de su gestión. Ante esta actitud, uno tiene derecho y hasta obligación de preguntarse si lo que pasa es que no las tienen. Máxime que hay pruebas irrefutables de malos manejos. A estas alturas, yo, por ejemplo, no sé dónde quedó mi voto. Mi junta, la 9480 del Colegio Calasanz donde voté, no aparece en los registros del CSE. Nadie de los que anda en la calle con banderas y alborotos tiene derecho a exigirme o a exigir a cualquier otro ciudadano que se olvide del por qué de estas irregularidades.

Pero quienes saben que no pueden dar respuesta, recurren a la vieja cantinela de que los Estados Unidos está “desestabilizando” al gobierno. Para impedir las protestas de los que se sienten agraviados, sacan al pueblo que los apoya a la calle e inventan la patraña de que la razón de su presencia es la demanda de que el CSE se pronuncie. Los ponen a exigir que se violente el calendario establecido y que se den resultados, no cuando se aclaren los nublados que existen, sino cuanto antes, hoy mismo, no importa lo que diga la ley. Otra vez la consigna es usar al pueblo para que solo se ensarte el puñal, para que se enfrente consigo mismo, en nombre de una victoria que el propio gobierno que los incita a hostigar y apedrear, aún no ha podido demostrar que existe, más allá de toda duda.

Esta política de separar al pueblo entre unos que tienen derecho a todo y otros que no tienen derecho a nada es lo que criticamos de las oligarquías y los imperialismos. Pero tan malo es cuando lo hace un lado, como cuando lo hace el otro. Ese fue el pecado de los totalitarismos, fue el pecado de la misma revolución sandinista de los 80. La lucha de clases dentro de una existencia democrática, tiene que ser sustituida por la lucha por la igualdad y la justicia social.

Ya en el siglo XX, en los países del Este, vimos los resultados de instituir una “dictadura del proletariado”. La dictadura, venga de donde venga, niega la libertad y tarde o temprano, esa negación conduce a la rebelión porque, en la práctica, lo que sucede es el juego de “quítate tú para ponerme yo”. Siempre hay unos que acaban siendo más iguales que otros.

En estos tiempos la manera de combatir las derechas y las enormes fortunas, es la política fiscal: que el rico contribuya con sus impuestos a la educación, a la salud, a la vivienda del pobre. A menos que exista un plan de exterminación contra los ricos –en cuyo caso las mismas filas del gobierno se verían muy mermadas- lo demás es pose, retórica y la consecuencia es el empobrecimiento de todos y el aislamiento del país.

Hay que abrir los ojos, reflexionar, no dejarse manejar por las pasiones ajenas. De nosotros depende aceptar que tendremos que navegar juntos en este barco llamado Nicaragua. No permitamos que nos sigan contando cuentos de caminos y que nos echen a pelear unos contra otros en vez de gobernar responsablemente y entregar cuentas de sus entuertos.

Managua, Noviembre 19, 2008

Nicaragua_TerrorFSLN