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¿Es la democracia condición para el desarrollo económico?

(PD).- Las teorías que relacionaban democracia y desarrollo económico han quedado obsoletas. Existen actualmente países democráticos con bajísimos niveles de desarrollo económico, y algunas democracias pobres que se desarrollan fuertemente, como China.

Explica Ferran Requejo en Safe Democracy que en el mundo de las Ciencias Sociales no es extraño encontrar algunas ideas intuitivas o de sentido común aceptadas como verdades universales durante años y que luego resultan ser falsas al estar basadas en una escasa información empírica. Es el caso, por ejemplo, de ciertas ideas sobre la relación entre democracia y desarrollo económico.

En este sentido, hace pocos años se solía admitir, por un lado, la necesaria existencia de un umbral mínimo de desarrollo para establecer un sistema democrático; por otro, que cuando un país accede a la democracia accede al desarrollo económico.

Ninguna de estas dos ideas resiste la comparación con los datos empíricos actuales. Existen países democráticos con niveles bajos de desarrollo, y algunas democracias pobres no se desarrollan o tienen muchas dificultades en hacerlo.

CAMBIO EN LOS PARADIGMAS DEMOCRÁTICOS

La primera idea es recurrente en las teorías de la democracia desde que Aristóteles formuló la conveniencia de contar con una importante clase media como factor de estabilización de las democracias. En el siglo XX, las condiciones económicas mínimas tuvieron su referencia en la obra del politólogo norteamericano Seymour Martin Lipset. Sin embargo, los estudios de política comparada realizados a finales de siglo mostraron la existencia de democracias –en un sentido laxo de celebración de elecciones pluripartidistas con ciertas garantías– en países pobres (es decir, aquéllos con rentas per cápita por debajo de 3.000 dólares).

Por otra parte, en la actualidad tampoco existe el contraste que se daba hasta la década de los años ochenta del siglo pasado entre una minoría de países ricos o desarrollados frente a un gran conjunto de países en vías de desarrollo. Más bien el contraste se da hoy entre tres grupos de países: los desarrollados, los que están en vías de desarrollo (India, China, etcétera), y los países que prácticamente no se desarrollan.

Un 70 por ciento de estos últimos está situado en África, mientras el resto está básicamente en Asia central y en el sudeste asiático, y un grupo heterogéneo de Estados que agrupa Haití, Bolivia, Corea del Norte y Yemen. Este tercer grupo agrupa más de 50 países y mil millones de habitantes. Mientras la vida media de los países en vías de desarrollo es de 67 años y su mortalidad infantil es de un 4 por ciento, en el tercer grupo las cifras respectivas son de 50 años y un 14 por ciento.

Los datos empíricos muestran que algunos de estos países del furgón de cola del desarrollo son democráticos. Y están estancados. Algunos incluso empeoran paulatinamente sus cifras macroeconómicas. Superar esta situación parece francamente difícil para este grupo de países.

LA GLOBALIZACIÓN: BUENA PARA UNOS, MALA PARA OTROS

La globalización actual está siendo provechosa en términos de desarrollo para los países del segundo grupo (en vías de desarrollo), pero está resultando nefasta para los del tercer grupo, incluso cuando disponen de recursos naturales (como el petróleo en Nigeria).

A veces inclusive se habla de la condena o de la trampa de los recursos naturales. Su posesión genera consecuencias no deseadas en la economía interna. Dichos países no logran diversificar las exportaciones, y sufren tanto una fuga de capitales como una emigración constante, especialmente de personas con formación.

La descapitalización de estos países es, así, doble (financiera y de capital humano cualificado –técnicos, médicos, etcétera-). Son frecuentes, además, los casos de corrupción y los enfrentamientos armados.

En los casos de países democráticos de este tercer grupo, los datos parecen indicar que es más importante que haya libertad de prensa y mecanismos de control del poder a que se celebren elecciones. Es decir, que existan instituciones y procedimientos de liberalismo político, más que de participación electoral.

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