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¿Los americanos se han convertido en ovejas?

(PD).-William L. Anderson escribe un crítica literaria de “A Nation of Sheep”, del juez Andrew Napolitano, que trata sobre el extraño fenómeno a partir del cual la mayor parte de los americanos obedece a las autoridades en todo momento, especialmente en la era post-11 de Septiembre. Incluso aguantando situaciones humillantes y absurdas.

“Me encuentro a 37.000 pies sobre el suelo en un Boeing 737 de Southwest Airlines. Eso significa que de manera obediente me quité mis zapatos, mi cinturón y todo lo demás que llevara encima y atravesado como una oveja el infame laberinto de la Administración de Seguridad en el Transporte.
De camino al aeropuerto, me aseguré de no violar los límites de velocidad — ni circular lo bastante rápido para destacar en la autopista al menos — y en el resto de paradas, no aparqué en las plazas reservadas a los efectivos del estado de Pennsylvania. Una vez a bordo del aparato, no violé las regulaciones de la FAA ni hice nada que pudiera llamar la atención sobre mi persona. Cuando aterricemos en Las Vegas, me aseguraré de hacer exactamente lo que me dicen las autoridades, y cuando realice el trayecto de vuelta dentro de 4 días, puede apostar a que no haré peligrar mis “privilegios”.

Para la mayor parte de los americanos, obedecer a las autoridades en todo momento, especialmente en la era post-11 de Septiembre, parece lo adecuado. Recuerdo una conversación con un destacado conservador evangélico que trabaja en Washington, soltándome las siguientes palabras: “¿Me estás diciendo que nuestro gobierno es tiránico?” El tono de su voz y las cosas que dijo después indicaron claramente que el gobierno norteamericano, y el gobierno del Partido Republicano en especial, no muestran ninguna señal reconocible de tiranía. Después de todo, razonaba, la tiranía se lleva a cabo por personas con “SS” en su cuello, que llevan botas de cuero, fusta, realizan saludos militares y hablan un lenguaje extranjero. La tiranía es Hitler, o Stalin, o Pol Pot, o Bill y Hillary Clinton.
El juez Napolitano no se traga nada de este artilugio verbal, y en A Nation of Sheep explica de manera inequívoca que mi amigo Republicano se equivoca. Cualquier noción que los americanos puedan albergar con respecto a sus derechos protegidos por la Constitución de los Estados Unidos es muy diferente. Estados Unidos ya no es la Tierra de los Libres, sin importar el número de veces que ese discurso sea pronunciado cuando la gente canta el himno.
Napolitano no desperdicia tiempo esbozando la siniestra imagen que son los escombros de las longevas libertades americanas. Retrate esto: el fiscal general de los Estados Unidos presta testimonio bajo juramento de que el presidente no ordena a los agentes federales leer el correo, llevar un listado de llamadas telefónicas o monitorizar los ordenadores de los americanos corrientes, sin una orden judicial para hacerlo procedente de un juez. Eso sería criminal. Pero 6 meses más tarde, el presidente admite haberlo hecho. Retrate esto: la Constitución prohíbe al Congreso circunscribir la libertad de expresión pero de pronto, el Congreso convierte en ofensa criminal hablar sobre recibir órdenes judiciales falsificadas de un agente del FBI.
Las cosas así, observa Napolitano, no son imaginarias, sino que son la situación actual de la política americana. Estas cosas se hacen en nombre de “proteger la patria”, pero el buen juez no se lo cree, ni parece estar de acuerdo con la premisa de que “para preservar las libertades”, el estado necesita cancelar “parte” de esas mismas libertades que presuntamente protege napolitano plantea la pregunta simple: “¿Como puede preservar el gobierno las libertades de manera plausible cancelándolas?”
Tras su introducción, en la que Napolitano expresa con claridad su tesis, explica el origen natural de los derechos a la libertad, y cuántos de los fundadores de los Estados Unidos tenían una postura al respecto. El Derecho, en su opinión, existía para proteger las libertades individuales frente a aquellos que las negaban. Hoy, los negacionistas de la libertad son aquellos a los que se confía legalmente protegerla.
Napolitano cita a Benjamin Franklin, que ciertamente sabía algo del origen de la ley: “Aquellos que prescinden de la libertad esencial a cambio de algo de seguridad temporal, no merecen ni seguridad ni libertad”. El juez explica que las personas dispuestas a prescindir de la libertad están cediendo poder a un gobierno que eliminará el resto de sus libertades y pondrá a la gente en una posición más insegura, dado que un gobierno depredador nunca aporta libertad.
En su primer capítulo, Napolitano se ocupa de los positivistas legales, que parecen plagar el paisaje político en estos tiempos. Recuerdo a hablar con un socialista de toda la vida que ostentaba un cargo importante en el gobierno del presidente Jimmy Carter, mientras me decía “La Constitución es lo que el Supremo dice que es”.
Ciertamente, parece que el positivismo legal tiene fuerza. Desde los escritos del juez Richard Posner hasta la Sociedad Federalista pasando por el New York Times y los líderes de ambos partidos políticos importantes (o “los Republicanos del estado del bienestar y los Demócratas del libre mercado “), la idea de derecho natural y libertad natural no solamente parece pasada de moda, sino también directamente subversiva de cara a la tesis del gobierno popular. Incluso si los políticos hacen comentarios de pasada sobre derechos individuales y gobierno constitucional, gobiernan sin embargo como positivistas legales que hacen lo que quieren en cuanto tienen suficientes armas para respaldar sus posiciones.
En el capítulo dos, Napolitano plantea la cuestión simple: “¿Es usted un lobo o una oveja?” Las ovejas, escribe, “permanecen en su rebaño y siguen a su pastor sin cuestionar el destino al que las conduce. Las ovejas confían en que el pastor se encarga de su seguridad”.
Mientras que a la mayor parte de los americanos no les gusta ser llamados ovejas, las conversaciones en las filas de la Administración de Seguridad en el Transporte en general discurren sin embargo a lo largo de la línea “es inconveniente, pero estoy dispuesto a pasar por el aro porque nos hace estar más seguros”. Los americanos aceptan a pies juntillas las multas que los funcionarios de policía les ponen por infracciones sin importancia del límite de velocidad, y si cualquiera se resiste remotamente, los americanos prestarán apoyo a la policía cuando detenga o incluso dispare a esa persona que en ningún momento ha supuesto ningún peligro.
Desde aquí el buen juez pasa a una letanía de pecados cometidos por el estado, desde las órdenes judiciales improcedentes que ahora redactan funcionarios federales a la destrucción de pruebas exculpatorias. El gobierno a todos los niveles está destruyendo derechos y a la mayor parte de los americanos parece que no les importa, o excusa al estado.
Pero el primer objetivo que asume Napolitano no son las autoridades, tan crítico como pueda ser de ellas. En su lugar, escribe que los americanos se han convertido en ovejas, y el resto del estado es el mal pastor. Quizá la mayor ironía de todas sea la celebración de la fiesta anual del 4 de Julio que los americanos ahora tienen como un día para honrar a su gobierno. Que el 4 de Julio conmemore la firma de un documento que declaraba que el estado británico tenía una soberanía ilegítima sobre las vidas de los firmantes y los colonos americanos se pierde en la mezcla de fuegos artificiales y desfiles (organizados por entidades aprobadas por el estado — por la seguridad del público, por supuesto).
Que el gobierno americano presente haga parecer libertarismo benigno el gobierno “tiránico” del Rey Jorge no parece molestar en absoluto a los americanos. Si se desafía al estado (en contraste con decir a un puñado de Demócratas, con gesto de aprobación todos, que George W. Bush es el malo de la película), uno es percibido como desafiando a la libertad. En la práctica, hemos pasado de la opinión del estado como entidad benigna concebida para proteger la libertad a entidad que nos protege a todos quitándonos la libertad. Los motivos de este declive son muchos, y han sido discutidos en otros artículos y diarios. Me gustaría plantear una opinión diferente, que contiene la explicación del economista. Se remonta a mi tranquilo y obediente puesto en la cola de la Administración de la Seguridad.
Sí, sabía que la TSA es una organización terrible que no tiene cabida en una sociedad libre. Demonios, hasta he escrito artículos en torno a esa idea. Sí, sabía que el tipo de registros que realiza la TSA de manera regular son cosas que nunca habrían tolerado nuestros padres fundadores. Pero simplemente quería abordar el aparato. Cualquier resistencia por mi parte significaría tener que pagar mi sueldo por un billete, embarcar, la comida y similares, puesto que no se me habría permitido embarcar ese día. Además, cualquier resistencia por mi parte habría significado poder ser acusado de “interferencia con los deberes de un funcionario federal”, que se castiga con 20 años de cárcel. La resistencia habría significado quedarme sin trabajo y en la cárcel, y mi familia se quedaría en la calle. La resistencia habría sido algo por lo que habría tenido que pagar el precio — en solitario. La TSA habría declarado que su personal “desempeñó sus deberes y ha sido entrenado” y la mayor parte de los americanos habría convenido en que cualquier castigo que se me impusiera sería merecido.
En economía, diríamos simplemente que los costes marginales en los que habría incurrido en concepto de resistencia habrían desbordado cualquier beneficio marginal que pudiera haber obtenido de plantar cara a la TSA. No solamente mi vida y las vidas de mi esposa e hijos serían destruidas, sino que no saldría nada bueno de ello. La TSA obtendría aún más poder, y mi vida estaría acabada y el gobierno habría crecido aún más.
Robert Higgs ha señalado que el gobierno crece porque promueve y explota el miedo. La idea es que la gente llega a creer que a menos que el estado les proteja, “los malos” les perjudicarán o matarán. Sin embargo, existe otro aspecto del estado y el miedo, y es el miedo que todos tenemos al estado y a los individuos que trabajan para él. A nivel local está la policía, los recaudadores de impuestos, los trabajadores sociales, y aquellos a los que se ha dado poder para destruir nuestras vidas — y no pagar ellos ningún precio. A nivel estatal y federal es aún peor. La resistencia puede ser peligrosa de verdad.
El problema es que la gente — progresistas y conservadores — está segura de que aquellos que se resisten son los malos. El gobierno no puede ser “el malo” sin importar lo que suceda. Sí, en las conversaciones con los Demócratas con los que trabajo, estaban completamente seguros de colgar el sambenito de “tirano” a George W. Bush. Pero cuando traía a colación los abusos de la administración Clinton, desde la masacre de Waco al cruel bombardeo de Serbia, de pronto se convertían en defensores de la supremacía del estado. Estas personas no están en contra del mal uso del poder del gobierno, simplemente quieren que su gente sea la que tenga la última palabra.
Los gobiernos crecen porque los beneficios están demasiado concentrados y los costes demasiado dispersos. Aún así, también crecen a causa de que las penas por resistirse a la injusticia son draconianas y son sentidas por una cifra relativamente pequeña de personas que se resisten. Al mismo tiempo, no hay ninguna simpatía hacia los que se resisten, pero gran cantidad de simpatía y apoyo hacia los matones del gobierno. Parece haber una cierta inevitabilidad con respecto a la naturaleza del crecimiento del gobierno y la posterior intimidación de la gente. Sí, como dice el buen juez, nos hemos convertido de verdad en una nación de ovejas. La vergüenza es que tenemos una herencia de libertad, pero la hemos desperdiciado por completo. Sin embargo, aún nos dejan subir a los aviones.
Aunque pueda parecer pesimista, en realidad la libertad siempre ha estado a la defensiva a lo largo de la historia de la humanidad. Hemos regalado demasiadas excusas para abandonar nuestra libertad y no resistir a las autoridades cuando intentan privarnos de libertades de nacimiento.
La importancia de este libro reside en que proporciona el marco para que podamos — y deberíamos — pedir cuentas al gobierno por violar nuestros derechos. Además, en ese resumen, en los pocos momentos en los que la libertad ha sido la brújula de una sociedad, los principios que fija Napolitano han sido los principios que han guiado a aquellos que han abierto el camino. Solamente por eso este libro es digno de leerse, y uno espera que la gente comprenda el mensaje del juez a todos nosotros para retomar con velocidad nuestras libertades, así como el ideal mismo de libertad.
William L. Anderson imparte economía en la Frostburg State University de Maryland y es profesor adjunto del Ludwig von Mises Institute. También es consultor de American Economic Services.

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Categorías:Opinión, Política
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