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La culpa de la clase media

Juan Ramón Martínez

Los ricos, antes que los pobres, descubrieron el valor político de la comida. Le agregaron el concepto del goce y del placer.

En Europa los señores invitaban al pueblo para que les vieran comer. Aquí, el compartir la mesa fue el principio de una concesión de quien, teniendo poder, la podía poner al servicio del otro, a cambio de su adhesión, su respeto y su cariño.

Pero igualmente, los ricos entendieron el riesgo que entrañaba que todos fuéramos iguales, que todos tuviéramos acceso a las mismas cosas, rompiendo las diferencias. Por ello siempre estuvieron en contra de la democracia, opuestos al liberalismo económico –algunos incluso prefirieron al marxismo que tenía la virtud que sabían desde el principio que no ganaría y que, por ello, nunca serían poder– y, extrañamente, a la consolidación del capitalismo como sustituto del mercantilismo, gracias al cual habían podido amasar sus fortunas. Por ello vieron en la multiplicación de los pobres y en la pobreza misma una bendición de Dios.

Cuando alguien explicó que todos éramos hijos de Dios, amurraron la cara. Y cuando otro dijo que los ricos eran administradores de bienes de todos, para beneficio de todos, se colocaron enfrente de la “teología de la liberación”, acusando que la Iglesia estaba infiltrada del diablo y de Marx. Y su oposición no era visceral, inconsciente o defensiva. Sabían que el día que los pobres dejaran la pobreza, en números como está ocurriendo actualmente, el mundo sufriría problemas infinitos y dolorosos.

Ahora, el encarecimiento mundial de los alimentos, del petróleo y sus derivados; y de la mayoría de las materias primas, incluido el oro y la plata, se atribuye a que, grandes segmentos de la pobreza, especialmente en China y la India, han pasado de la precariedad en que han vivido, a la clase media. Y como comen más y mejor, gastan en recreaciones inimaginables hace tan sólo unas tres décadas; y consumen bienes que antes eran sólo de las minorías ricas de esos países, aumentando como nunca antes el consumo mundial. Y como la oferta no estaba preparada, los precios de los alimentos han experimentado un crecimiento inesperado. El petróleo ha incrementado de precio porque se está usando más por parte de una población mayor.

Algunos estudiosos han empezado a darle la razón a los ricos del pasado que recomendaban que a los pobres los espantaran para otros pueblos –en las comunidades en donde los colegas de Maltus eran clérigos, encargados de su manutención– y a los que se tenía, se les exprimiera lo mejor posible, para que no se movieran hacia arriba los salarios; ni se modificaran las relaciones entre la oferta de bienes y servicios y la demanda de los mismos.

Ahora, cuando las protestas se han multiplicado en muchos países, por los incrementos de los precios de los cereales y se ha creado una corriente de reclamo hacia los gobiernos y se les exige por qué no hacen nada para evitar lo que parece ser el inicio de una crisis económica mundial, basada no en fenómenos políticos; ni mucho menos en catástrofes naturales, sino que en el éxito de la expansión del capitalismo y en el logro de excelentes resultados en la lucha en contra de la pobreza, especialmente en China, Brasil y la India, Moisés Naím, en El País, escribe que, “El promedio de precios alimenticios compilado por The Economist, llegó a su nivel más alto desde 1845. Leyó bien; desde 1845.

En el 2007 el trigo y la soja subieron más de 80%; el arroz y el maíz, alcanzaron precios récord. Estos aumentos no se deben a que ahora hay menos comida (el mundo produjo más cereales en 2007 que nunca) sino porque algunos cereales están siendo usados para combustible; y porque ahora hay más gente que puede comer tres veces al día”. La lección es muy clara. La expansión del modelo capitalista en China y la India, libera fuerzas para el ingreso al mercado de productos baratos, producidos por los pobres que venden a bajos precios su capacidad productiva; pero al mismo tiempo, desencadena una demanda proporcional puesto que los nuevos ingresos percibidos por los pobres, que según Naím se transforman en clase media, aumentan la demandan. Y vía el desajuste, presionan en contra de los precios, desencadenando disturbios que se manifiestan en inflación creciente.

De repente el éxito del capitalismo, fruto del individualismo insatisfecho y de la obligada situación en que todos somos iguales, reduciendo la pobreza en la forma cómo se ha visto en las últimas décadas, era un fenómeno desconocido. La crítica marxista a la deshumanización del modelo capitalismo y el funcionamiento de sociedades llamadas a mantener a parte de la población mundial en la pobreza, antes que proposiciones negativas, fueron bendiciones que le permitieron al capitalismo aproximarse al nivel máximo de su desempeño.

Ahora cuando nadie quiere ser pobre –además que pocos pueden obligar a los pobres a que sigan comiendo las sobras bajo la mesa– el mundo tiene que enfrentarse realmente al viejo reto de hacer posible sociedades en las cuales la igualdad impida que unos pocos se coman todo. Y en el que el éxito de unos, se justifique por el fracaso; o por el hambre de los otros. Por eso, de repente, tenían “razón” los ricos derechistas, que no querían que los pobres dejaran de serlo.

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