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Espiritualidad del anti-imperialismo

Jon SOBRINO

1. El imperio, ídolo omniabarcador

Imperio e imperialismo parecían palabras muertas, pero la realidad las ha resucitado. Hoy no basta hablar de opresión y de capitalismo para describir la postración de las grandes mayorías de este mundo. El Norte y las multinacionales lo someten, como no se había conocido antes. Y muy en especial Estados Unidos. Es el imperio actual.

Impone su voluntad sobre todo el planeta, con un poder inmenso, guiado por el pathos del triunfo, en todos los ámbitos de la realidad y a través de todo: economía que no piensa en el oikos, industria armamentista y su control, comercio inicuo e injusto, información manipulada o mentirosa, guerra cruel, terrorismo con apariencias legales y barbarie sin miramientos, irrespeto y desafío al derecho internacional, violación de los derechos humanos cuando es necesario, destrucción de la naturaleza… A la larga lo más grave es quizás la contaminación del aire que respira el espíritu humano que se impone en el planeta: la exaltación del individualismo y del éxito, como formas superiores de ser humano, y el irresponsable disfrute de la vida como algo que no admite discusión, sin reparar en recursos (de modo que un deportista, cantante o actor de cine puede ganar lo equivalente a un alto porcentaje del presupuesto nacional de una país subsahariano).

Todo esto asusta, y sin embargo el imperio proclama que es bueno que el mundo sea así. Es buena noticia, eu-aggelion; el advenimiento del fin de la historia, el eschaton; la aldea global, la basileia tou Theou. El ser humano de hoy es afortunado de vivir en este mundo, y el imperio tiene la misión divina de defenderlo y extenderlo.

No se habla de teocracia, pero el imperio es concebido desde categorías religiosas. Como la divinidad, goza de ultimidad y exclusividad. A la acumulación de poder no se le pueda tildar de peligro que tiende a destruir al débil, sino que es expresión de la realidad divina e instrumento que garantiza su presencia en el mundo. Como la divinidad, también el imperio ofrece salvación, cuya forma suprema es el buen vivir. No admite discusión, y nadie puede impedirlo. Exige una ortodoxia y un culto, y, sobre todo, como Moloch, exige víctimas para subsistir. ¿Y los pobres de este mundo? Sólo les quedan las migajas de Lázaro.

Asusta la maldad imperial y asusta su desvergüenza. Y entonces viene la pregunta: ¿Y nosotros, qué hacer? La respuesta la da Pedro Casaldáliga en la presentación de esta misma Agenda Latinoamericana’2005: “Contra la política opresora de cualquier imperio, la política liberadora del Reino”.

Otros concretarán los contenidos, teorías y praxis de esa política liberadora. Nosotros nos concentrarnos, tal como nos ha pedido la Agenda Latinoamericana’2005, en la espiritualidad anti-imperialista, es decir, el viento, el impulso, el espíritu, que mueve a los seres humanos a luchar contra el imperio y transformarlo en el reino de la fraternidad.

2. El momento teologal: honradez con lo real y sumisión a sólo Dios

El imperio es el instrumento que adopta el Maligno, la bestia a la que el dragón le concede su fuerza destructora según el Apocalipsis (cap. 12 y 13)… Como el Maligno, es “asesino”, y de ahí que el primer acto del espíritu es la compasión y misericordia y hacia las víctimas, solidarizarse con ellas, defenderlas con creatividad y firmeza hasta el final. Ese espíritu liberador y aun martirial ha abundando en América Latina -y existe también en muchos solidarios que les toca vivir dentro de “la bestia”-. Esto es bien sabido, y baste con dejarlo señalado. Por ello analizaremos otras dimensiones del espíritu anti-imperial. Empecemos.

El maligno es “mentiroso”, y ante el embuste primordial del imperio, el primer acto del espíritu es desenmascararlo, ejercitar la honradez con lo real. Esa honradez no es fácil, pues el mal se encubre y hace lo posible por aparecer como lo contrario. El imperio se hace pasar por bienhechor, guardián del bien, fuente de esperanza y liberador incluso de los “menos favorecidos” del planeta. Hoy además tiene viento a favor tras la caída del socialismo y la globalización, y por ello queremos detenernos un poco en el análisis.

a) El entusiasmo precipitado que se produjo tras la caída del muro de Berlín generó un ambiente engañoso: el mal radical había desaparecido. No se vislumbraban grandes luchas bélicas, aunque el bloque triunfante no dejaba de prepararse para las guerras del petróleo, del agua, del coltán… La misión de la potencia superviviente era garantizar el bien en el resto de los países de abundancia, y prometer esos mismos bienes a los pobres. Y a Estados Unidos le tocó gestionar la paz, que se convirtió en la pax americana, sucesora de la pax romana, de la eirene de los helenos, no del shalom, la reconciliación y la fraternidad, que no llegó ni se pretendió. De todas maneras, muchos descargaron en Estados Unidos, sin discusión, la responsabilidad de gestionar esa pax. Si la gestionaba bien, podía convertirse en superpotencia benévola, y no tenía por qué convertirse en imperio opresor. No ocurrió lo primero sino lo segundo. Pero el imperio se movía con viento a favor.

b) Todo esto ha coincidido, además, con la globalización, que sus defensores rodearon de una aureola espléndida de buena noticia. El lenguaje ha dado por indiscutible y asentada su existencia: se hable de lo que se hable se añade siempre la coletilla: “en un mundo globalizado”. Y los poderes la presentan, aunque reconozcan problemas, como algo bueno y salvífico.

Pues bien, la idea de “globalización” está emparentada con la de “imperio”: ambas connotan totalidad, una cierta armonía al interior de la humanidad, o al menos un cierto orden superador del caos, e incluso un centro generador de realidades positivas. Los defensores de la globalización le hacen un favor al imperio, pues trasladan a éste las bondades, reales o supuestas, de aquélla.

No todos lo ven así, ciertamente. ¿Mundialización o conquista?, era el título de un libro de Cristianisme i Justícia sobre globalización, Barcelona, 1999. Y más acremente, nos avisa J. Moltmann, repasando -sapiencialmente- siglos del progreso de Occidente: “Los campos de cadáveres de la historia, que hemos visto, nos prohíben… toda ideología del progreso y todo gusto por la globalización… Si los logros de la ciencia y de la técnica pueden emplearse para el aniquilamiento de la humanidad (y si pueden, lo serán algún día), resulta difícil entusiasmarse con el internet o la tecnología genética” (Progreso y precipicio. Recuerdos del futuro del mundo moderno», RLT 54, 245). Gestionar la globalización no es ninguna justificación para el imperio.

Conclusión para la espiritualidad: contra el imperio hay que generar un espíritu de lucha por amor a los víctimas. Y, como se encubre, el primer paso efectivo de una espiritualidad anti-imperialista es desenmascararlo. Es la honradez con lo real, que es todo menos evidente, incluso en el pensamiento progresista. Más en concreto, se trata de readmitir en nuestro pensar lo que antes se quería decir -a veces de muy malas formas- con la expresión “pecado original”: los seres humanos no superamos nuestras tendencias pecaminosas, aunque ocurran cosas buenas. Ni la caída del muro de Berlín, ni los avances de internet o de la biogenética garantizan en modo alguno la supresión del sometimiento y la opresión imperialista.

Pero además como lo que se encubre es un ídolo -y no cualquier otra cosa-, al imperio hay que oponer el verdadero Dios. Para el cristiano, el Dios de Jesús. Y a veces hay que explicitarlo. Hoy no se estila hablar así, ni siquiera en algunos contextos cristianos. Pero si al enfrentarnos con el imperio no podemos eludir la divinidad, entonces es necesario hacer presente al verdadero Dios. Así lo decía Monseñor Romero:

Ninguna persona se conoce mientras no se haya encontrado con Dios. Por eso tenemos tantos ególatras, tantos orgullosos, tantos seres humanos pagados de sí mismos, adoradores de los falsos dioses. No se han encontrado con el verdadero Dios y por eso no han encontrado su verdadera grandeza (10 de febrero, 1980).

“Sólo Dios es Dios”. No lo es ni el césar ni el imperio. Equivocarse en eso, en forma creyente o secularizada, tiene gravísimas consecuencias. Recalcar esta espiritualidad teologal podrá parecer risible a pragmáticos de todo tipo, pero una espiritualidad anti-imperial no puede evitar el momento teologal. Y tampoco puede contentarse con ser anti-idolátrica, sino que en algún momento debe volverse positivamente a lo teologal.

3. El momento jesuánico: una cultura evangélica contracultural

El imperialismo nos llega con la geopolítica, el servilismo -más o menos inevitable- de los dirigentes y con el interés egoísta del capital, y también con excesos de sumisión en los pueblos. De esa forma se configura el destino vida y muerte, humanización o deshumanización de países enteros. Contra este imperialismo global hay que luchar, evidentemente. Y una de las expresiones actuales de esa lucha es el movimiento de “otro mundo es posible”.

Pero en el día a día el imperialismo penetra en los seres humanos de otras formas: con la seducción -para unos pocos- y el engaño -para las mayorías- de la llamada “cultura estadounidense”, the american way of life. Ésta impone dos visiones de la vida muy poderosas: el individualismo, como forma suprema de ser, y el éxito como verificación última del sentido de la vida. Nos lo ofrecen -y nos lo imponen- como lo mejor que ha producido la historia. Y a la inversa, fraternidad, compasión y servicio son productos culturales secundarios, tolerados, pero no promovidos. Insistir en ellos más que en los otros no es “políticamente correcto”. La igualdad de la revolución francesa, y nada digamos de la fraternidad del evangelio, se han quedado obsoletas. De Afganistán e Irak no cuentan los afganos y los iraquíes, y de África no cuenta nada. Y por encima de todo, nos seducen con la cultura del “buen vivir”, a lo que hay que sacrificar todo, aunque sea lo de los demás, y se relativiza el inmenso sufrimiento del planeta. El imperio genera también polución espiritual. El aire que respira el espíritu sofoca, asfixia, envenena.

Este sometimiento al modo de ser y de comportarse es radicalmente antievangélico, y por ello el cristiano debe combatirlo desde “el modo de ser de Jesús”. El imperio pretende que nuestra ilusión sea comer, beber, cantar, ver deporte y divertirse como allí se hace. Por eso, a ello hay que oponer una comida y bebida como mesa compartida, una música que genera comunión y gozo, no simple entertainment, un deporte con austeridad y sin dispendios insultantes, con disciplina y rivalidad dentro de una misma familia. Eso es espiritualidad anti-imperial en el día a día. Y también lo es, tal como están las cosas, defender un “nacionalismo”, bien entendido como el derecho a la diferencia: la defensa de la bondad de la creación de Dios, en diferentes pueblos, tradiciones, culturas y religiones.

Mirando a la imposición cultural la espiritualidad tiene que estar basada en los rasgos -contraculturales- que provienen de Jesús. Así lo escribimos hace unos años: «De Jesús impactaba la misericordia y la primariedad que le otorgaba: nada hay más acá ni más allá de ella, y desde ella define la verdad de Dios y del ser humano. De Jesús impactaba su honradez con lo real y su voluntad de verdad, su juicio sobre la situación de las mayorías oprimidas y de las minorías opresoras, ser voz de los sin voz y voz contra los que tienen demasiada voz, e impactaba su reacción hacia esa realidad: ser defensor de los débiles y denuncia y desenmascaramiento de los opresores. De Jesús impactaba su fidelidad para mantener honradez y justicia hasta el final en contra de crisis internas y de persecuciones externas. De Jesús impactaba su libertad para bendecir y maldecir, acudir a la sinagoga en sábado y violarlo, libertad, en definitiva, para que nada fuese obstáculo para hacer el bien. De Jesús impactaba que quería el fin de las desventuras de los pobres y la felicidad de sus seguidores, y de ahí sus bienaventuranzas. De Jesús impactaba que acogía a pecadores y marginados, que se sentaba a la mesa y celebraba con ellos, y que se alegraba de que Dios se revelaba a ellos. De Jesús impactaban sus signos -sólo modestos signos del reino- y su horizonte utópico que abarcaba a toda la sociedad, al mundo y a la historia. Finalmente, de Jesús impactaba que confiaba en un Dios bueno y cercano, a quien llamaba Padre, y que, a la vez, estaba disponible ante un Padre que sigue siendo Dios, misterio inmanipulable» (La fe en Jesucristo).

Estos bien pueden ser rasgos de una espiritualidad anti-imperial. Apuntan a lo que nos hace ser humanos -ecce homo-, aunque la ocasión aquí sea trágica, y genera familia humana. Destruye la prepotencia imperialista del “civis romanus sum”, que conlleva el desprecio de los demás.

4. El momento soteriológico: el escándalo de una salvación que viene de abajo

Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras, y los cristianos no deben rehuir ni el desarrollo de teorías antiimperialistas, ni la creación de fuerzas sociales y políticas que se le opongan o que lo minen poco a poco, ni siquiera la participación en revoluciones justas, como ha ocurrido a lo largo de la historia. No vamos a desarrollarlo ahora. Sí queremos mencionar algunos elementos beligerantes más específicamente cristianos, “absurdos”, aparentemente “inoperantes”, pero que, como las pequeñas piedras que caían del monte en la visión de Daniel, pueden destruir los pies de barro de los grandes imperios. Esas “pequeñas piedras” son las grandes realidades cristianas, aunque escandalosas y tenidas por inútiles. Promoverlas forma parte de una espiritualidad antiimperial. En principio, porque quiebran la lógica más profunda del imperio de que sólo el sometimiento y el poder salvan.

La tesis fundamental antiimperial es que la liberación proviene de las víctimas del imperio, lo cual es todo menos evidente, también con frecuencia en la Iglesia oficial. Es evidente que el poder, adecuadamente usado, es necesario, por otros capítulos, para erradicar y socavar al imperio. Pero el puro poder nunca ofrece liberación digna de seres humanos. La tradición bíblico-cristiana, experta en el tema de la liberación y en qué dinamismos la generan, no comienza con el poder. Salvación y liberación provienen de lo débil y pequeño: una anciana estéril, el diminuto pueblo de Israel, un judío marginal… Lo débil y pequeño es lo que está en el centro del dinamismo de la liberación. Ellos son sus portadores, no sólo sus beneficiarios. La utopía responde a su esperanza, no a la de los poderosos. Su pequeñez expresa la gratuidad de la salvación, no la hybris que exige resultados.

Esta tradición de lo pequeño que salva atraviesa la Escritura, pero hay más. En el Antiguo Testamento aparece la misteriosa figura del siervo sufriente de Jahvé, que no es sólo “pobre” y “pequeño”, sino “víctima”. Y ese siervo es el elegido por Dios para traer salvación. Al escándalo de lo pequeño se añade ahora la locura de la víctima. “Sólo en un difícil acto de fe el cantor del siervo es capaz de descubrir lo que aparece como todo lo contrario a lo ojos de la historia”, decía Ellacuría con razón. Pero esa locura muestra también su eficacia histórica en el mundo de los pobres.

En Asia, dice A. Pieris, los pobres, no por santos, sino por ser los sin poder, los rechazados, son elegidos para una misión: “son convocados a ser mediadores de la salvación de los ricos y los débiles son llamados a liberar a los fuertes”.
En África, en una situación intraeclesial, pero que expresa con vigor la misma intuición, dice E. Veng: “La Iglesia de África, en cuanto africana, tiene una misión para la Iglesia universal… A través de su pobreza y su humildad debe recordar a todas sus iglesias hermanas lo esencial de las bienaventuranzas y anunciar la buena nueva de la liberación a las que han sucumbido a la tentación del poder, las riquezas y la dominación”.

En El Salvador decía Ellacuría: “Toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunde nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo”.
Y junto a esta tesis fundamental podemos enumerar más brevemente otras no menos escandalosas, pero igualmente cristianas y de largo alcance, que son como las pequeñas piedras que hacen desmoronarse al imperio.

a) El reino de Dios advendrá como civilización de la pobreza, en contra de la civilización de la riqueza que ni ha dado vida ni ha humanizado. De ahí la imperiosa necesidad de una crítica a la prosperidad, que suele ser alabada sin ninguna dialéctica, pero que es en muy buena parte deshumanizante por generar epulones y Lázaros. No es justificación para el imperio generar simplemente prosperidad.

b) La máxima autoridad en el planeta es la autoridad de los que sufren, sin que haya ningún tribunal de apelación. De ahí la necesidad de una crítica, sospecha al menos, también hacia la democracia -¡cuánto se echa de menos a los antiguos “maestros de la sospecha”!-. En el mejor de los casos, se pone en favor del ciudadano y en él encuentra la fuente del poder, pero no se pone, misericordiosamente, del lado del que sufre, ni encuentra en él legitimidad y autoridad. No es justificación para el imperio poder apelar simplemente a la democracia -y qué democracia, light, de baja intensidad, fraudulenta, de soberanía limitada…-.

c) Superación del panegirismo acrítico de todo lo que sea diálogo y tolerancia, sin introducir un mínimo de dialéctica de confrontación y denuncia de la opresión y sometimiento. No es justificación para el imperio que entable conversaciones con sus coadláteres y haga como si escuchase a los pueblos sometidos.

d) Superación del chantaje de una ingobernabilidad, que sería producto de la polarización política, lo que encubre el antagonismo cruel entre los pocos y los muchos. No es justificación para el imperio que, al menos, garantice la gobernabilidad mundial.

e) Por último pelear la batalla del lenguaje, creado y controlado por los poderosos. No hay que dejarse imponer la definición de lo que es terrorismo y paz, comunidad internacional y civilización. Más de fondo, no hay que dejarse imponer la definición de lo que es “lo humano”. Aceptar que existe un decir “políticamente correcto” es facilitar muchas cosas al imperio.

5. El reino del bien

Jesús habló de un mundo configurado por la bondad graciosa de Dios, no por el poder impositivo del emperador. Eso es bien sabido, y de ahí que los cristianos debiéramos ser, visceralmente, si se quiere, anti-imperio y pro-reino. Y en eso nos va nuestra esencia. Para terminar, sólo dos cosas de actualidad para los cristianos.

La primera la ha notado muy bien José Comblin. El imperialismo actual de Estados Unidos confronta al cristianismo con un problema, que es de siempre, pero que hoy se ha acentuado. En Asia y África, “cristianismo” ha sido sinónimo de “Occidente”, con beneméritas excepciones. Pues bien, en el mundo actual, más de mil millones de seres humanos, los pueblos musulmanes, ven en Bush, a la vez, la expresión de Occidente y la expresión del cristianismo. Con ello, la misión cristiana, no como proselitismo, sino como diálogo y fraternización, se hace muy difícil. ¿Quién les convence de que no hay que identificar las dos cosas, si el imperio, Bush y su grupo, aparecen orando al Dios de Jesús y desoyen a los cristianos que se les oponen, incluido Juan Pablo II? Mientras dure el imperio, difícil será anunciar la buena nueva de Jesús.

La segunda debiera ser más conocida, pero es ignorada, aun en medio de un mar de canonizaciones. “Si sueltas a ése no eres amigo del emperador”. Y a Jesús lo mataron porque no era amigo del imperio. Cada quien juzgará qué de bueno trajo al mundo que Jesús no fuera amigo del imperio. En América Latina han sido miles los amigos de los pobres y de Dios, no del imperio ni del César. De ellos vivimos muchos. Y ellos han escrito mejor que nadie qué es eso de espiritualidad anti-imperialista.

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