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Paisano Power. La riqueza genera pobreza, ¿por qué?

Con frecuencia, cuando en cualquier país capitalista los trabajadores exigen un aumento al salario mínimo, la respuesta “solidaria” de los dueños del capital consiste en alertarnos de que subir los sueldos pudiera ocasionar cierres de empresas y, por consiguiente, despidos masivos de personal.

En México, cuando algún gobierno local ha decidido instrumentar programas de asistencia social, es decir, ayuda para personas que tienen hambre y no pueden pagar la renta ni comprar medicinas, la derecha pone el grito en el cielo acusándolo de “populista” y señalando que en lugar de regalar dinero ese gobierno debería incentivar los procesos productivos para que la derrama económica beneficie a todos.

O sea, que conservemos “responsablemente” las estructuras de producción y reparto de la riqueza, pero que lo hagamos de una manera más eficiente.

Pero eso es imposible, pues la riqueza invariablemente genera pobreza, al menos dentro del modelo capitalista neoliberal en que está sumergida la mayor parte de la población global.

De hecho, según cifras de la propia Organización de las Naciones Unidas, el número de personas viviendo en la pobreza está creciendo en un porcentaje más rápido que la población mundial.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, Estados Unidos y la Unión Europea, a través de las grandes compañías transnacionales, han invertido cantidades astronómicas en los países del Tercer Mundo.

Dichas corporaciones, que obtienen sus exorbitantes ganancias pagando salarios bajísimos, evadiendo gran parte de los impuestos que deberían pagar, violando las regulaciones de protección al medio ambiente y evitando gastos para la seguridad en el trabajo, eliminan a los negocios locales y se apoderan del mercado creando monopolios de comercialización.

Las transnacionales crean también mercados laborales superpoblados de empleados desesperados a quienes se fuerza a trabajar por sueldos de risa, a menudo violando las regulaciones salariales del país huésped.

Pero los ahorros que obtienen mediante estas prácticas no se traducen en mejores precios para los consumidores, sino en el incremento de sus utilidades.

Esta voracidad no parece derivarse, sin embargo, de un frío cálculo económico, pues si los trabajadores ganaran una parte más equitativa de la plusvalía de las mercancías y servicios que producen, los mercados se dispararían en un ciclo de consumo-ganancias-consumo.

Más bien, esta insaciabilidad parece ser una perversión de proporciones tan inverosímiles como la brecha entre pobres y ricos.

Según el Reporte de Desarrollo Humano de la ONU en el año 2003, 2 mil 800 millones de personas, un tercio de la población mundial, vivían con menos de 2 dólares al día, y mil 200 millones con menos de 1 dólar al día.

De acuerdo a la versión 1999 de dicho reporte, la fortuna de los tres hombres más ricos del mundo era mayor al total de las posesiones de los 600 millones de personas más pobres del planeta.

Lo que gana una de estas personas más acaudaladas del mundo en un solo día, equivale al salario de un trabajador pobre durante 39 años. Con una salvedad: este trabajador no cuenta con un seguro de gastos médicos, no es dueño de la casa en que habita y, si queda cesante, tampoco tiene un seguro de desempleo.

Según el Forbes Report de 2003, unos 300 empresarios estadounidenses poseen, cada quien, más de mil millones de dólares, y en ese año sus fortunas se incrementaron en 500 mil millones de dólares, más de mil 500 millones de dólares por persona en promedio. En contraste, cada año la cifra de pobres en situación de miseria se incrementa en 4 millones.

Todo esto demuestra, sin duda ninguna, que la riqueza genera pobreza, y que el neoliberalismo no solamente es obsceno e injusto, sino además suicida: la abusiva explotación capitalista de los recursos del planeta está acabando con la salud ecológica.

La temperatura de la tierra está subiendo, lo cual ha quedado de manifiesto con la ferocidad y frecuencia de los huracanes; los glaciares se están derritiendo; en los océanos hay ya “zonas muertas”; el aire es cada día más irrespirable, los agujeros de ozono en la atmósfera son cada vez mayores, y muchísimos etcéteras.

No obstante, es posible aún, antes de extinguirnos como especie, que los seres humanos logremos la redención; pero aquí en la tierra, por supuesto. El primer paso debe ser acabar con la “libre empresa”.

Por Alberto Avilés Senés
La voz
Diciembre 13, 2006
Integrante del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior.

avilesalberto@msn.com

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Categorías:Economía, Pobreza
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