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¿Feliz Navidad?

La Navidad está a la vuelta de la esquina. Estamos en plena época navideña y las personas han empezado a hablar de nacatamales, pavos, jamones, piernas de cerdo, regalos, fiestas, y San Nicolás aparece por todos lados, así como los árboles vistosamente decorados. Los almacenes y centros comerciales se han lucido decorando los establecimientos con motivos navideños de todo tipo y por todos lados se ven luces a colores que sirven para recordarnos que pronto será Navidad y que debemos consumir, es decir, comprar para regalar…como si el cariño se midiera por la cantidad de regalos que se obsequian. Pero así es la tradición y la gente anda trastornada comprando hasta lo innecesario.

La Navidad es época lindísima en los países desarrollados, pero en los subdesarrollados, como lo es el nuestro, no es muy linda, ni muy alegre, ni muy feliz. Y es porque el contraste entre aquellos que todo lo tienen y los que nada tienen ni esperan se vuelve más notorio. No es que se agudice, eso no. El contraste está presente los 365 días del año, pero es en esta época que se deja ver con más claridad. Nos duele ver a los niños pobres, apenas vestidos, descalzos, con manos y caritas sucias viendo las bellezas que San Nicolás ofrece desde las vitrinas de los almacenes. Los niños sueñan con tener algo bonito entre sus manos, pero lo que está expuesto en las vitrinas y todo lo que San Nicolás ofrece no es para ellos sino para los niños ricos… aquellos que recibirán todo lo que han pedido. Los regalos amanecerán bajo el árbol de Navidad, bellamente decorado, el 25 de diciembre. Los niños pobres, los descalzos, los enfermos, los de caritas sucias, sólo pueden ver a través del cristal de las vitrinas…y soñar con imposibles. Es muy probable que en sus casas apenas tengan de comer, quizás un nacatamal en Nochebuena, un nacatamal que tendrán que compartir con una hermanita o hermanito menor. Y eso será todo. San Nicolás no acostumbra visitar los hogares de los pobres y su mitológico trineo nunca se detiene sobre los techos de las casas en los barrios marginales. Por esta razón es que siempre hemos creído que la Navidad se ha convertido en una fecha evidentemente elitista pues únicamente la disfrutan los que todo lo tienen en abundancia. Los pobres—niños y adultos—se quedan siempre con las manos y el estómago vacíos. De manera que en estos países subdesarrollados es muy difícil decir ¡Feliz Navidad! cuando de feliz no tiene absolutamente nada.

Está bien que los niños pobres no reciban juguetes…los juguetes no quitan el hambre ni sanan enfermedades, tampoco enseñan a leer y escribir. De manera que, a falta de juguetes, sería preferible dedicarles todo nuestro tiempo a los niños pobres ofreciéndoles oportunidades, educación, salud, centros de alimentación adecuada y mucha comprensión. Un niño sano es un niño feliz. Un niño que ha dejado atrás el analfabetismo ya va por buen camino…por el camino de la superación. Un niño adecuadamente alimentado no necesitará de juguetes…ni siquiera pensará en San Nicolás, el viejo más elitista que existe. Muchas veces me pregunto si los pudientes piensan en la escasez de los pobres en Navidad. Al sentarse a la mesa en Nochebuena y al verla cubierta de deliciosos platillos, de postres y de frutas, ¿recordarán a aquellos que no tienen nada? Esa pregunta me la hago mil veces durante esta época. ¿Acaso no sentirán cierto remordimiento y hasta un sentido de culpa cuando dejan miles de dólares en una joyería y al salir una pobre anciana extiende su mano pidiendo una triste y dolorosa limosna? Y la dama que acaba de comprarse una sortija de veinte mil dólares abre su bolso y le deja caer un lempira a la venerable anciana que dice emocionada ¡que Dios se lo pague! Vivir en estos países es triste ya que los contrastes son terribles. La Navidad debería prohibirse pues únicamente sirve para profundizar el contraste entre ricos y pobres y para polarizar a la sociedad.

No vaya a creerse equivocadamente que la situación se da sólo en nuestro país. No. La situación se da en todos los países subdesarrollados donde la riqueza está concentrada en las manos de un grupo privilegiado que puede darse los gustos que quiere cuando quiere y, siendo así, poco o nada les importa la escasez de los necesitados. Pero se dan ironías. Muchos pobres—a pesar de su desesperante pobreza—arreglan y decoran sus humildes viviendas para esta época…una conexión de lucecitas por aquí, otra por allá, y en la sala un arbolito a medio decorar y al pie la escena de la Natividad. Admiro el ánimo y el entusiasmo de estos pobres. Celebran la Navidad a su manera, no esperan mucho, en ocasiones no esperan nada, pero sienten que la fecha es especial y decoran sus casitas. En Nochebuena se repartirán los nacatamales y las tazas de café y se sentirán felices. Yo no puedo sentirme feliz mientras en estos países existan los grandes contrastes. Mi mente está puesta en aquellas mesas que con seguridad lucen vacías, en los niños que soñarán con todo lo bonito que vieron en los escaparates… y que pasada la Navidad seguirán quizás viviendo en paz pero, tal como dijo el historiador mexicano Roberto Blanco Moheno: “La paz es la maldita guerra de todos los días.”

Billy Peña Billy Peña
DICIEMBRE 7, 2006

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Categorías:Opinión, Pobreza
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