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Las víctimas invencibles

Quien extrae su entereza de la capacidad de victimizarse, ha hecho de su condición de perdedor una virtud que propone ejemplar, convirtiendo a quienes lo emulan en un conglomerado de”dignos” mendigos insolentes.
La victimización como criterio de verdad o garantía de que “se tiene la razón”, es una de las grandes estafas derivadas de la sustitución que las buenas conciencias suelen hacer de la igualdad de oportunidades (o justicia social) con la beneficencia o caridad por medio de las que expían incómodos sentimientos de culpa derivados de la contradicción que anima el ejercicio fariseo de la moral cristiana. ¿Cómo no percatarse de que todo movimiento basado en la victimización como táctica para acumular poder a fin de llegar a dominar, está condenado afortalecer la conciencia perdedora?

El éxito de la cooperación internacional en países en los que la institucionalidad democrática es tan débil que no puede ni siquiera planificar su propio desarrollo económico y político, se debe, en primerísimo lugar, a los financiamientos que palian la creciente depauperación de ciertas capas medias intelectualizadas, pero también, y en grado no menos importante, a la cómoda ideología de la victimización que -envuelta en ropajes puritanos, conductistas y “políticamente correctos”- es entregada como evangelio a las subalternidades más oportunistas, de modo que en amplios sectores populares se interioriza cada vez más la noción de que ser víctima no es algo indeseable que debe ser superado para seguir viviendo con dignidad, sino una condición honrosa de la que no es conveniente deshacerse, so pena de perder una facilona identidad que garantiza el respeto lastimoso de quienes jamás tuvieron el privilegio de ser vejados.

Cioran, quien reflexionó sobre el ser humano sin hacerle concesiones melodramáticas, dice en uno de sus punzantes aforismos que: “La única forma de soportar revés tras revés es amando la idea misma del revés. Si se logra, no hay más sorpresas: se es superior a todo lo que ocurre, se es una víctima invencible”. Este astuto mecanismo, que hace amar la propia desgracia tornándola ilusoria fuente de dignidad, es uno de los más socorridos recursos para justificar la consecución sin reglas de muchos intereses creados. Pienso ahora no sólo en las sangrientas victimizaciones que los dirigentes fundamentalistas han insuflado en amplios sectores de los pueblos semitas palestino e israelí, sino también en la que la cooperación internacional y sus cuadros etnocéntrico-esencialistas propagan en las comunidades indígenas de América Latina, debidamente financiadas desde fuera y, por ello, totalmente dependientesdel asistencialismo superiorista dominante.

Cuando se observa la catarata de congresos, conferencias, diálogos, conversatorios y diagnósticos acerca de las subalternidades tercermundistas, no se puede dejar de advertir que el eje de sus reivindicaciones reside en una orgullosa condición de víctima. Y aquí debo aclarar que ser víctima no es lo mismo que victimizarse. Lo primero tiene que ver con una situación involuntaria y aciaga cuya superación se nos presenta como necesaria para recuperar la dignidad perdida en el hecho victimizador, y lo otro tiene que ver con una actitud voluntaria, aprendida y repetitiva que sustituye la dignidad humana por una astucia oportunista basada en un cínico gusto por la propia inutilidad, por la propia voluntad de perder.

Hay pueblos a los que les ha ido mal durante siglos, eso es innegable. La pregunta pertinente sería si ese hecho, doloroso en sí mismo, es razón suficiente para adoptar la victimización como divisa identitaria, legitimadora y cohesiva del grupo social. La dialéctica de la victimización, que justifica la conversión de la víctima en victimario, es azuzada por ciertas religiosidades, con lo que le dan vida a ese sombrío ejército de “víctimas invencibles” que se rasga las vestiduras en público para mayor gloria y fortalecimiento de la dominación contra la que afirma rebelarse.

 

Guatemala, 10 de noviembre del 2006.
Mario Roberto Morales
La Insignia.

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