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Los negocios de la megacaridad

La Cruz Roja acaba de anunciar que tiene una nueva asociación con Wal-Mart para responder en caso de desastre. Cuando llegue el próximo huracán, será una coproducción de la megacaridad y el megasupermercado. Esto, aparentemente, es la lección aprendida de la terrible respuesta gubernamental al huracán Katrina: los comercios van mejor con los desastres.

“Al final todo va a acabar en manos del sector privado”, dijo en abril Billy Wagner, jefe de manejo de urgencias para Florida Keys -que actualmente monitorea la tormenta tropical Ernesto-. “Ellos tienen el conocimiento. Ellos tienen los recursos”.

Pero antes de que este consenso avance, es hora de ver dónde comenzó la privatización del desastre, y adónde llevará inevitablemente. El primer paso fue la abdicación gubernamental de su responsabilidad central de proteger de los desastres a la población. Bajo la administración de Bush, sectores completos del gobierno, y particularmente del Departamento de Seguridad Interna, se han ido transformando en santificadas agencias de empleo temporal, y las funciones esenciales son contratadas de compañías privadas. La idea es que la inversión privada, movida por la obtención de ganancia, siempre es más eficiente que el gobierno.

Vimos los resultados en Nueva Orleáns: Washington se mostró débil e incompetente, en parte porque sus expertos en manejo de urgencias habían huido al sector privado y su tecnología e infraestructura era ya positivamente retro. En una crisis, el gobierno se ve aterradoramente inepto, mientras que el sector privado puede parecer moderno y competente, al menos en comparación.

De verdad, cuando se trata de la reconstrucción, los contratistas no son unos magos. “Adónde se fue todo el dinero”, pregunta la gente desesperada, desde el Golfo Pérsico hasta la costa del Golfo de México. Una gran parte se ha ido a gastos mayores de las corporaciones privadas. Fuera del radar público, se han gastado miles de millones de dólares del erario en infraestructura privatizada de respuesta a desastres: las nuevas oficinas centrales ultramodernas del Grupo Shaw; los batallones de equipo para mover la tierra de Bechtel; un campus en Carolina del Norte de 2 mil 400 hectáreas, de Blackwater USA (con todo y campo de entrenamiento paramilitar y una pista de dos kilómetros).

Llamémosle el complejo del capitalismo del desastre. Estos contratistas pueden conseguir lo que sea que usted necesite cuando esté en serias dificultades: generadores, tanques de agua, catres, excusados portátiles, casas móviles, sistemas de comunicación, helicópteros, medicina, hombres armados.

Este Estado dentro de un Estado ha sido construido casi exclusivamente con dinero de contratos públicos, sin embargo todo está en manos privadas. Los contribuyentes no tienen ninguna injerencia sobre él. Hasta ahora, esta realidad no se ha digerido, porque mientras los contratos gubernamentales pagan las cuentas de estas compañías, el complejo del capitalismo del desastre provee sus servicios al público de manera gratuita.

Pero esta es la trampa: el gobierno estadounidense va hacia la quiebra, en no poca medida debido a estos gastos locos. La deuda nacional es de 8 billones de dólares; el déficit del presupuesto federal es de al menos 260 mil millones de dólares. Eso significa que más temprano que tarde se van a acabar los contratos. Y nadie sabe eso mejor que las mismas compañías. Ralph Sheridan, director ejecutivo de Good Harbor Partners, una de los cientos de nuevas compañías contraterroristas, explica que “los gastos gubernamentales son esporádicos y llegan como burbujas”.

Cuando las burbujas exploten, firmas como Bechtel, Fluor y Blackwater perderán su fuente de ingresos primaria. Todavía tendrán la habilidad para responder a desastres -mientras que el gobierno habrá dejado que esa valiosa destreza se mengüe-, pero ahora venderán de regreso la infraestructura construida con el erario, al precio que el mercado aguante.

Si continúan las tendencias actuales, he aquí una imagen de lo que podría ocurrir en el no tan distante futuro: viajes en helicóptero desde los techos de ciudades inundadas (5 mil dólares por cabeza sería una tarifa típica para tal servicio; 7 mil dólares por familia, mascotas incluidas), agua embotellada y “alimentos preparados” (50 dólares por persona; caro, pero así está la oferta y demanda) y un catre de refugio con una regadera portátil (muéstrenos su identificación biométrica, creada gracias a un lucrativo contrato con Seguridad Interna, y luego lo rastreamos con la cuenta).

Antes de que diga, “no en Estados Unidos”, pregúntense: ¿Dónde más que en Estados Unidos? El modelo es el sistema de salud estadounidense, en el cual los ricos pueden tener acceso al mejor de los tratamientos en ambientes tipo spa, mientras que 46 millones de estadounidenses carecen de seguro médico. El modelo también encaja con la emergencia mundial del sida, en el cual la destreza del sector privado ayudó a producir medicinas salvadoras de vidas, que la mayoría de los infectados del mundo no puede comprar. Si ese es el historial del sector privado en cuanto a desastres en cámara lenta, ¿por qué habríamos de esperar valores diferentes en desastres de cámara rápida, como huracanes y hasta ataques terroristas?

Hace un año, los ciudadanos pobres y la clase trabajadora de Nueva Orleáns estaban varados en sus tejados esperando una ayuda que nunca llegó, pero aquellos que sí lo podían pagar escaparon. Esto podría incentivarnos a echar reversa ahora que vamos en una dirección fatalmente equivocada. O podría ser nuestro primer atisbo de desastres en los que “los usuarios pagan”.

La Jornada

© 2006 Naomi Klein

Traducción: Tania Molina Ramírez

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Categorías:Etica, Opinión, Privatización
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