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El cliente: un indigno

La última advertencia de las líneas aéreas, imponiendo un severo endurecimiento de las medidas de prevención antiterrorista, rebasó toda lógica. Lejos de ayudar en algo a las aerolíneas para prevenir un eventual ataque terrorista, solo consigue -muy efectivamente- darle una estocada más, con toda rudeza y por las partes nobles, a los indignos usuarios de sus empresas y al turismo.

Es inadmisible que los matones de seguridad se apoderaran inapelablemente de la responsabilidad y obligación de las aerolíneas de brindarnos un trato superior a sus clientes y que éstas acepten sin chistar –en vergonzoso contubernio con los operadores de aeropuertos, principales acosadores del pasajero y ultrajadores de la privacidad de las personas- y a tratarnos como viles delincuentes, perturbados, terroristas en potencia y desquiciados en masa.

Ante tal insulto, siento necesidad de levantar mi voz indignada por tan desafortunadas decisiones empresariales y estatales, locales e internacionales. La industria de la aviación desde hace rato pasó por encima de toda prudencia y confundió su trabajo de indagar a quienes viajaremos en sus vuelos y reservarse el derecho de admisión, con la inaceptable generalización de la desconfianza hacia todos sus clientes.

En algún escritorio u oficina decretaron que todos los pasajeros somos malhechores potenciales, hasta que demostremos reiteradamente lo contrario. Y, después de descartar cualquier mala intención del pasajero, aún incrédulos, nos obligan a viajar desprovistos de decenas de instrumentos esenciales apelando -con enfermiza obsesión- que ante un uso alternativo podrían servir como armas de guerra, guerrilla o asalto.

Nos obligan a demostrar, entonces, a cada paso dentro de un aeropuerto y reiterarlo al ingresar al avión -contrario a nuestro derecho constitucional- que no llevamos más que la inofensiva necesidad de desplazarnos de país por razones de trabajo o placer y que no merecemos ese horrible trato.

Es inconcebible que los miembros de las juntas directivas, gerentes, ejecutivos de mercadeo, de ventas, de calidad y de servicio al cliente de las aerolíneas del mundo callen cínicamente mientras cobran sus dietas y salarios, después de haber renunciado a trabajar por y para sus clientes: su única razón de ser. Se han resignado a sumarse como espectadores a un pánico colectivo, creado en otras latitudes por un puñado de extremistas -a los que están obligados a controlar por otros medios- y han desertado de su deber fundamental de darnos a todos un excelente servicio.

Jamás será aceptable que sacrifiquen así, de la manera más denigrante, a quienes dedicamos nuestro dinero, confianza y preferencia para transportarnos en sus aerolíneas hacia los destinos requeridos. Y si los maniáticos enfermizos son gobernantes locales y operadores de aeropuertos, corresponde a las aerolíneas plantarse duramente en defensa de sus clientes.

Salgo a la palestra en furiosa defensa de mi honorabilidad como cliente, a exigir ser tratado con dignidad, cortesía y respeto. No es posible seguir sufriendo este bochornoso trato y atropellos inmisericordes a nuestros derechos como personas de bien, si antes no se nos ha demostrado que no merecemos ese estatus.

Resulta ahora que los gobernantes, a través de migración, aduanas, policías y personal de seguridad, son los nuevos dictadores y violadores de la integridad de los usuarios, sin explicación razonable.

Los viajeros, humildes clientes, ya no solo sufrimos de hambre en los vuelos -muchas nos quitaron la comida- ahora nos despojan arbitrariamente de desodorantes, colonias, pastas de dientes, champú y otros inofensivos, pero indispensables compañeros de viaje. Además, somos acosados, interpelados en cualquier momento, conminados a abrirlo todo, a desnudarnos ante la “autoridad” por sospechas descabelladas, forzados a levantar las manos -como víctimas de un asalto- para ser sometidos a los rigurosos rayos equis, y a callar ante todas estas humillaciones para no terminar entre rejas.

¿Cuál será la autoridad que saldrá en legítima defensa del consumidor contra el poder arbitrario y abusivo en los aeropuertos y tomará las medidas para terminar con este desenfreno? Desde ya alzo mi voz airada para defender a los indefensos pasajeros ante tan denigrante ultraje.

Fernando J. Leñero
*Periodista costarricense

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