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Aprendiendo a globalizarnos

La globalización consiste en un conjunto de procesos económicos capitalistas que han llevado a la integración de megamercados regionales cuya dinámica implica el impulso de procesos de desnacionalización y transnacionalización de las relaciones entre el capital y el trabajo. Al transnacionalizarse los procesos de producción de mercancías, los trabajadores de un país fabrican objetos o partes de objetos que serán ensamblados en otro país y vendidos y consumidos en otro u otros países. El intercambio comercial de estos productos transnacionalizados está sujeto a acuerdos que buscan disminuir las trabas arancelarias y otros gravámenes que las Naciones-Estado han instituido (ejerciendo un criterio de soberanía que, como veremos, la transnacionalización viene a romper), por medio de los cuales imponen restricciones sobre el intercambio de algunas mercancías con el fin de proteger a la propia clase empresarial, la propia producción y los propios mercados internos, nacionales. Libre comercio quiere decir justamente abolición de gravámenes entre los países que conforman un megamercado, y de éstos con países que forman otros bloques económicos, otros megamercados. En el caso que nos ocupa, la América Latina constituye un área de influencia de Estados Unidos, y el primer paso en el proceso de conformación del megamercado de las Américas lo constituye el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, México y Canadá, al cual se busca unir Centroamérica.

Los procesos de transnacionalización económica tienden naturalmente a quebrar las estructuras económicas, políticas e ideológicas que hasta ahora habíamos conocido como nacionales, de modo que la transnacionalización de la producción y el consumo implica a la vez la intensificación de fuertes procesos de desnacionalización económica, política y cultural. Esto, porque la Nación y los imaginarios de lo nacional han sido realidades eminentemente políticas, impulsadas por grupos de individuos especializados en ejercer estas tareas, a los cuales se ha conocido como clase política, y ocurre que en un mundo en el que los procesos productivos y de consumo transnacionalizados necesitan de acuerdos transnacionales de libre comercio, no es la clase política la principalmente interesada en la conformación de megamercados, sino lo es la clase empresarial. De aquí, la presión neoliberal de empequeñecer los Estados para hacer recaer el poder y el control económico de las sociedades en esa clase, reduciendo la clase política a un conglomerado meramente administrativo de una justicia y una ley que ampare precisamente los procesos de desestatización, transnacionalización y desnacionalización política, económica e ideológica.

El neoliberalismo, que busca sustituir a la clase política con la clase empresarial arrebatándole al Estado su función reguladora de ciertas actividades económicas, así como su potestad de subsidiar empresas y brindar servicios básicos a la sociedad, como la salud, la vivienda, los planes de jubilación y las vías de comunicación, entre otros, equipara la globalización con la necesidad de empequeñecer el Estado y ensanchar el empresariado. Como la globalización es algo inevitable y resulta absurdo pronunciarse en contra de ella, lo que procede hacer –si uno insiste en mantener una posición política identificada con el interés popular– es buscar maneras de globalizarse sin perder el espacio del Estado como ente regulador de una parte importante de la actividad económica y social.

¿Por qué la insistencia en mantener el espacio del Estado como ente regulador de una parte importante de la actividad económica y social? Pues porque el Estado es el único espacio por el cual vale la pena que los sectores populares luchen y articulen un proyecto nacional-popular de nación. Si el Estado es reducido a una mera entidad administrativa, legalizadora y policial de los negocios de la clase empresarial neoliberal, ¿para qué un proyecto político popular si el poder no radicaría ya en el Estado sino en este empresariado, el cual sólo en su retórica ideológica permite que su elite se ensanche? Llegados a este punto vale la pena preguntarse: ¿es que la vía neoliberal es la única posible para globalizarnos? El caso de Estados Unidos pareciera contestar con un rotundo no a la interrogante, sobre todo si observamos la lucha del Partido Demócrata por mantener un Estado fuerte, capaz de ocuparse de amplios conglomerados marginados de los derechos y beneficios básicos populares como la salud, el transporte y el trabajo. Esto, ante el hecho sabido de que el bipartidismo estadounidense coincide en sus intereses estratégicos en materia de seguridad y dominación económica.

Ante la inevitabilidad de los procesos globalizadores, lo que procede es plantear una permanente negociación entre Estado y empresariado de modo que el primero permanezca siendo lo suficientemente fuerte como para regular una parte significativa de la vida económica y social. Esto implica erradicar del Estado su justamente señalado carácter corrupto e ineficiente. La depuración del Estado, la erradicación de la corrupción y la impunidad son un requisito indispensable para anular el argumento neoliberal de que el Estado debe minimizarse porque históricamente ha demostrado ser ineficiente como administrador y corrupto como ente político. Entonces, la lucha por un Estado fuerte es la lucha por la depuración del Estado. Lo mismo ocurre con instituciones estatales como las universidades públicas: la lucha por su mantención y sobrevivencia como espacios de desarrollo cultural y académico de los sectores populares es la lucha por su depuración, por la eliminación de la corrupción y la impunidad académicas y administrativas.

Definitivamente, la vía neoliberal no es la única vía para globalizarse, para entrar en la globalización. Existe la posibilidad de entrar en ella con un Estado fuerte que proteja intereses populares. Este planteo debiera ser el corazón de un programa de izquierda renovada si es que esta izquierda existiera. Pero como no existe, el planteo político de contención de la ola neoliberal tiene que ser diferente. Me explico. Si es cierto que el ingreso en la globalización es inevitable y a estas alturas urgente y necesario para no quedarnos fuera del juego en el nuevo siglo, también lo es que la única clase que está en capacidad de negociar la modalidad local, nacional, de ese ingreso es la clase empresarial, ya que es la que actualmente tiene la representación política del país. La izquierda en general no la tiene. La izquierda oficial se vendió a la derecha. Por todo, lo que procede es que el empresariado liberal (no el neoliberal), es decir el que no está por la neutralización del Estado, así como las expresiones de centro político y las izquierdas en proceso de renovación, articulen un proyecto nacional-popular de país con criterios interclasistas y multisectoriales, que les permita tener influencia en las negociaciones que la clase empresarial realiza actualmente con el Norte para que pasemos a formar parte, como país y como región, del megamercado de las Américas. A simple vista pareciera que ya es demasiado tarde para que una fuerza política pluralista e interclasista pueda hacer algo. La evidencia indica que nos globalizaremos mediante la modalidad neoliberal. Sin embargo, la elite neoliberal es minoritaria y sin duda una alianza política tendente a mantener un equilibro entre la fuerza empresarial y la fuerza del Estado puede todavía imponerse.

La condición para que se pueda todavía alcanzar un equilibrio deseable entre la fuerza empresarial y la fuerza del Estado es, primero, la formación de la gran alianza del espectro político que el neoliberalismo contribuye a conformar como su anticuerpo al rechazar como “socialistas” tanto al empresariado de derecha que acepta que el Estado regule parte de la vida económica y social, como al centro político y a todas las izquierdas; segundo, la discriminación de la izquierda oficial (por la situación de desautorización moral en que quedó al firmar los acuerdos de paz) y, tercero, el diálogo directo y las convergencias puntuales con el neoliberalismo. Esto puede constituir el gran paso para la consolidación de un sistema democrático que de verdad funcione y, con él, emitir nuestro pasaporte digno a la inevitable globalización. El problema que enfrentamos es la inercia del pasado, la cual determina que el material humano con el que se tiene que trabajar presente los vicios de la clase política corrupta, y que el empresariado neoliberal todavía vea en la derecha moderada, el centro y las izquierdas, a representantes de lo que ellos conciben como socialismo. Su mitología de la libertad de empresa y del mercado libre tiene a los neoliberales todavía presos del dogmatismo de derecha que animó la guerra fría, y sus ideólogos y políticos aún evidencian una actitud autoritaria al querer imponer su pensamiento, su doctrina y su sistema, negando la posibilidad de negociación. Una actitud flexible por parte de todas las fuerzas políticas que el neoliberalismo rechaza (contribuyendo con ello a su unificación anti-neoliberal) es la necesaria respuesta.

La globalización es el resultado del desarrollo del capitalismo. Su aceleramiento actual se debe al derrumbe del socialismo como economía y a la integración de los países del bloque socialista a las posibilidades del mercado globalizador. Satanizar la globalización no conduce sino al aislamiento. Se trataría más bien de comprenderla y de tratar de integrarse a ella de la manera más digna posible. En esta lucha se inscribe la discusión actual acerca del papel del tercer mundo en los procesos productivos mundiales. El consumo transnacionalizado no basta para considerarnos parte de la “aldea global”. Falta formar parte de ella como productores, con nuestras propias reglas del juego. Falta también adoptar una política inteligente respecto de un fenómeno que forma parte indisoluble de los procesos de globalización: el narcotráfico como fuente de las narcofinanzas mundiales, las cuales han permeado ya todos los sistemas bancarios del orbe, instaurando en los sistemas políticos su secuela más grave: el crimen organizado, la corrupción generalizada y la impunidad como expresión de poderes “alternativos” al poder de la ley y del sistema democrático.

Hoy por hoy, cuando los principales mecanismos globalizadores han entrado en crisis en varias partes del mundo produciendo un sacudimiento financiero mundial que afecta a América Latina, y cuando los centros de poder económico están voceando la necesidad de un replanteamiento del capitalismo globalizador, la ocasión es oportuna para que en nuestro medio se articule una expresión política basada en alianzas que se opongan al fundamentalismo neoliberal de guerra fría, y que sea capaz de diseñar el país que necesitamos en el nuevo milenio: un país estable y no sujeto a los inciertos oleajes de un mercado suelto en la llanura como un caballo loco.

Mario Roberto Morales
La Insignia. Guatemala, agosto del 2006.

Guatemala, 28 de septiembre y 1 de octubre de 1998.

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