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La falacia ad hominem

La falacia ad hominem aplicada a un escritor, en general a un artista, a un filósofo, pretende descalificar la obra por la “calidad” del hombre, digamos porque el hombre hubiera cometido alguna falta o crimen. ¡Cómo podría decir la verdad un criminal!

Siguiendo algunas de las ideas de Sartre (lamentablemente tan mal leído por Octavio Paz y tan tendenciosamente por Vargas Llosa), en que la obra y la vida son de alguna manera un solo continuum, donde la biografía es prácticamente inseparable de la obra. Sin embargo, si esto es así, le exigimos, además, no se sabe por qué especial circunstancia que no le exigimos al resto de los mortales una coherencia que ningún ser humano puede tener. Es obvio que vivimos en una sociedad de doble discurso, en la cual las palabras no necesariamente tienen relación con las acciones, más bien, casi siempre están totalmente divorciadas. Pero cuando se juzga, no se admite la ambivalencia, la “borrosidad”, exigimos una “transparencia” antológicamente imposible, enturbiada por la envidia, la ambición, la arrogancia, la indiferencia, el desamor. En nuestra existencia nos deslizamos, siempre en terrenos resbaladizos, inexorablemente ambiguos; pero pretendemos que el lenguaje refleje una coherencia imposible entre el discurso y los actos, porque los actos, en definitiva, la historia, es irreductible a ningún discurso. Siempre los actos, la historia, personal o colectiva, se nos escapa fuera del discurso.

Básicamente, una falacia es un aserto que aparentemente pregona una verdad; pero que esconde sutilmente una falsedad. Digo sutilmente porque si una falacia es efectiva aparece como verdad, de lo contrario resplandecería, evidentemente, como falsa. En el caso que nos ocupa, el de la falacia ad hominem se trata de atacar “al hombre” y no lo que el “hombre” dice, esto es lo que sucede cuando se denigra a alguien en vez de refutar las palabras, el discurso.

La falacia ad hominem escinde brutalmente la obra de la vida, en el caso de un escritor, para tomar este ejemplo, y descalifica su obra por “defectos, faltas o crímenes” del autor. Hay casos inversos, el de descalificar al hombre por lo que ha dicho en sus obras: Galileo, Sade, Bruno, el último de los cuales fue quemado en la hoguera por sostener ideas panteístas.

Valga esta larga introducción para hacer referencia a una polémica, creo un poco provinciana, a pesar de que se produce en el centro mismo de Europa, sobre Günter Grass, el último premio Nobel de literatura del siglo XX (1999). Borges perdió el premio Nobel, y el Nobel perdió a Borges por asistir a una invitación de la Universidad de Chile, en época de Pinochet y por sus lamentables discursos en esa circunstancia, sin embargo, a pesar de la repugnancia que podamos sentir por actos de este tipo, tan innecesarios para un hombre como Borges, su obra sigue en pie y cada vez más lectores la admiran genuinamente. Hay todavía otra polémica más antigua y, acaso más compleja, la del “nazismo de Heidegger”, y en la cual no entraré en esta oportunidad.

Los ejemplos abundan en uno y en otro sentido , es decir, en lo que muy genéricamente y teniendo en cuenta una “borrosidad” que ha impreso la postmodernidad, llamamos derechas e izquierdas. Como decía, los ejemplos abundan; pero en el fondo de todo hay una exigencia “moralista” que hacemos especialmente a los escritores, la de una coherencia ontológicamente imposible, ya que vivimos en un permanente choque de Yo y Superyo que se manifiesta en un doble discurso que nos provoca culpa, a veces insoportable, posiblemente éste sea el caso de Grass y por eso se confiesa. Que todo esto sea usado por la editorial que lo patrocina, está bien, yo compraré el libro, ahora Grass me interesa mucho más que antes (tengo que decir que, por lo general, no leo ninguna biografía de escritor o escritora, lo que me interesa es lo que dicen en sus libros). El mundo es “pegajoso”, “viscoso”, ambiguo, nuestra libertad siempre se da en una situación, nunca la libertad se presenta en una condición abstracta, sino en una situación concreta del hombre. No digo esto para justificar a nadie ni tampoco pensando que la obra pueda justificar o “salvar” a nadie, siempre somos responsables de nuestros actos y esto se llama libertad. Lo que queremos decir es que una obra como la Grass o Borges, no se demerita por errores ideológicos del autor en “otros contextos”, ya que los trasciende absolutamente.

Se le achaca a Grass que guardó silencio durante 61 años (desde 1945 al 2006) . Fue reclutado por las fuerzas de élite del ejército alemán, las Waffen-SS [Waffe: arma Schutzstaffel: escuadrilla de protección] a los 17 años, ¡17 años, por Dios! Se supondrá que un niño de 17, ¿debe ser responsable por ingresar a una secta, o a una organización en medio de la confusión general de la guerra? Fue hecho prisionero por las tropas norteamericanas, en Marienbad, la Checoeslovaquia de la época, entre mayo de 1945 y abril de 1946.

Ha habido solicitudes de que se le retiren premios y honores y algunos han considerado que “la altura moral” de Grass se ha deteriorado por haber “ocultado” el hecho de haber pertenecido, a los 17 años a ese cuerpo de élite del ejército alemán. Sin embargo, el presidente de la Fundación Nobel, Michael Sohlman, fue enfático al decir: “La decisión (de otorgar el premio) es definitiva y nunca ha ocurrido que se haya revocado” (citado por diario El país, edición digital, 16-08-2006). Se ha solicitado, asimismo, que se retire el Príncipe de Asturias; pero supongo que la respuesta será más o menos la misma.

Pero Grass se confiesa, confiesa su pasado, el que posiblemente le permitió ver desde adentro el horror y la estupidez de la guerra y el totalitarismo más absurdo. Sin aventurar tesis deterministas de la obra literaria, podríamos preguntarnos si hubiera sido posible el Tambor de hojalata o el Rodaballo, seguramente si la historia se pudiera volver atrás, y si en esa vuelta Grass fuera el mismo Grass, el Tambor de hojalata, ¿sería el mismo tamborcito de Oskärchen (Oscarcito)?. Lo que quiero decir, es que no podemos cambiar nuestra historia personal, la historia no tiene marcha atrás, si bien pueden haber muchas “segundas oportunidades”, nunca se podrán borrar totalmente las trazas del pasado. Tampoco la podremos escindir de la obra literaria porque ésta es también parte de la historia personal del escritor. En todo caso, Grass no fue ni un torturador, ni un criminal de guerra. Tuvo un pecado de juventud que confiesa en su último libro autobiográfico, « Beim häuten der Zweibel» (“Pelando la cebolla”), supongo que con la valentía que lo caracteriza, y que invito a leer cuanto antes para participar, tod@s, de esta polémica.

Raúl César Arechavala Silva

Estoy atento en el correo : rarechavala@gmail. com

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Categorías:Etica, Opinión
  1. Gabriela La Guardia
    6 septiembre 2006 en 9:23

    El Sr. Arechavala ha sabido mostrar en su articulo como nuestras vivencias nos marcan, estruyen y/o edifican, y al final nos hacen lo que somos. estoy segura que sin ellas las obras de muchos artistas no serian iguales.
    Excelente.

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