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Crece el afán desordenado por adquirir y atesorar riquezas

LOS SIETE PECADOS CAPITALES: LA AVARICIA

* La acumulación de bienes es la piedra angular del capitalismo globalizado

ARTURO GARCIA HERNANDEZ

Avaricia
[Avaricia (1507), óleo sobre tabla de Alberto Durero en el que el artista plasmó su concepción de ese pecado capital]

En los tiempos que corren, parece que el pecado capital que gobierna al mundo es la avaricia: el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Vivimos la era de los atesoradores. La avaricia es la piedra angular del capitalismo globalizado. Quizá en la actualidad ningún otro pecado capital goza del prestigio social de la avaricia: tanto tienes, tanto vales. Aunque se envidia al que más posee, también se le admira, se le reconoce, se le imita. La acumulación es lo que importa. ¿A quién le interesan los medios empleados para obtener lo que la mayoría ambiciona con tanta avidez?

A lo largo de la historia, el tema ha sido abordado desde las distintas expresiones artísticas, dando lugar a más de una obra maestra. El Bosco, en el célebre y delirante tríptico El jardín de las delicias (1500), representa el castigo a los avaros, que son devorados por un pájaro mostruoso que después los expulsa por el ano hacia un agujero junto al cual otro personaje defeca monedas.

Años después, en 1507, Alberto Durero pintó su versión de la avaricia: una anciana decrépita de sonrisa repugnante, desdentada, semicubierta con una túnica, un seno marchito a la vista y en las manos un saco de monedas.

El arquetipo de avaro de Molière

Por su parte, el dramaturgo francés Molière creó en 1668 el arquetipo perdurable y universal de la avaricia: Harpagón, en su comedia El avaro.

Y el poeta Ezra Pound en su obra magna, Los cantos, se refirió a la avaricia en su modalidad de usura:

(…) con usura,/ pecado contra la naturaleza,/ es tu pan para siempre harapiento,/ seco como papel, sin trigo de montaña,/ sin la fuerte harina./ Con usura se hincha la línea/ con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos)/ y nadie encuentra un lugar para su casa./ El picapedrero es apartado de la piedra/ el tejedor es apartado del telar/ con usura/ no llega lana al mercado/ no vale nada la oveja con usura.

Proverbial observador de la condición humana, Shakespeare también se ocupó de la usura en El mercader de Venecia, drama en el que un prestamista pretende cobrarse con una libra de carne humana el retraso en el pago de un adeudo.

En el cine, es amplio el reconocimiento a la cinta de Erich von Stroheim, Avaricia (1924). La versión original del autor fue de nueve horas, pero los distribuidores la redujeron a dos. Es la historia de una mujer que guarda celosamente la fortuna que se sacó en la lotería. No la comparte ni con su esposo, un dentista con problemas profesionales y, por tanto, económicos. La avaricia de una da lugar a la envidia y la ira del otro, en un trágico proceso de envilecimiento mutuo y sin retorno.

Si la avaricia es la acumulación inútil de riquezas o bienes, se antoja preguntar, ¿qué tipo de avaros son, por ejemplo, los que atesoran libros que nunca leerán? Una respuesta posible se encuentra en el magistral ensayo de Gabriel Zaid, Los demasiados libros.

Con la lucidez e ironía que lo caracterizan, a contracorriente de la idea difundida de que los libros per se mejoran la vida de las personas, el escritor regiomontano reflexiona sobre la compra compulsiva de libros: '''Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura', dice un aforismo de José Gaos. La observación es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral, que todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas".

Pero no todo atesorador es un avaro. La virtud que redime del pecado de la avaricia es la generosidad, compartir lo que se tiene con quienes lo necesitan. Alfonso Reyes se hizo de una biblioteca personal impresionante por sus dimensiones y por lo selecto de sus volúmenes. Gracias a eso, ahora el público puede acceder -en la Capilla Alfonsina- a joyas bibliográficas que de otro modo difícilmente estarían a su alcance.

Obsesiones enriquecedoras

Asimismo, los acervos de varios de los museos más importantes de México deben mucho a la obsesión, la persistencia, la pasión acumuladora de los coleccionistas.

Sin la obsesión de la fallecida Dolores Olmedo por rastrear y adquirir la obra de Diego Rivera y Frida Kahlo, ¿en qué colección particular se empolvarían varios de los invaluables cuadros que ahora se exhiben en el museo que lleva su nombre?

El propio Rivera fue un coleccionista apasionado de arte prehispánico. Con paciencia y constancia, a lo largo de su vida reunió miles de piezas hasta conformar una de las mayores y más variadas colecciones de su tipo. Una selección de la misma se puede apreciar actualmente en el Museo Anahuacalli, el faraónico recinto que el muralista concibió para tal efecto. Un verdadero y gratificante disfrute estético resulta de pasar la vista por esa variedad de objetos pletóricos de historia y de exquisita y conmovedora belleza.

En la lista de atesoradores redimidos por su generosidad, no pueden faltar Jacques Gelman y Natasha Zahalka y su valiosísima colección de arte del siglo XX.

Gelman, de origen ruso, estudió cine en Francia y llegó a México a principios de los años 40 del siglo XX como distribuidor de las películas de Mario Moreno, Cantinflas, su socio y amigo. Aquí conoció a Zahalka, se casaron en 1941 y se quedaron a vivir. Entonces empezó la colección que fue creciendo durante 40 años. El murió en 1986 y ella en 1998.

Ambos asumían que el coleccionista no es propietario de las obras, sino su guardián temporal. Pero les preocupaba que a su muerte la colección -integrada por incontables obras maestras del arte europeo, latinoamericano y estadunidense del siglo XX- se dispersara o fuera malbaratada. Por eso pensaron largamente antes de elegir el recinto al que la cederían.

Hoy, quien tenga la oportunidad, puede apreciarla en las salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York, recinto al cual fue donada.

Incontables proverbios

Más al alcance del público está la valiosa colección de grabados donada por Francisco Toledo para el acervo del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), o la colección de arte que el pintor José Luis Cuevas exhibe en el museo que lleva su nombre, ahí a unos pasos del Zocalo (en Academia 13), a un costado del Palacio Nacional.

Poetas, filósofos y hombres sabios de todos los tiempos han acuñado incontables frases o proverbios que resumen con ingenio el abismal universo de la avaricia.

Quedémonos aquí con una de Marco Tulio Cicerón: ''El avaro carece tanto de lo que tiene como de lo que no tiene".

Publicado en La Jornada, Jueves 13 de abril de 2006

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Categorías:Avaricia
  1. Andres Paz
    23 enero 2009 en 16:07

    Excelente articulo.

  2. DIEGO MARROQUIN
    28 octubre 2006 en 12:50

    animo

  3. gloria suyapa potts
    6 septiembre 2006 en 8:18

    Estimados Univrsidad del Valle Bravo,
    Gracias a Miguel de Arriba, honorable foraneo de Catrachos, por postear tan interesante articulo. Un saludo para Arturo Garcia Hernandez autor de “Crece el afan desordiando por adquirir y atesorar riquezas”, y esperamos continuar leyendo articulos como este que enriquecen nuestra opinion y nuestra experiencia. Me agrado el parrafo que nos plantea sobre las obsesiones que enriquecen.

    Saludos desde Maryland!
    gloria suyapa

  4. 5 septiembre 2006 en 17:41

    articulo muy interesante y objetivo

  1. 2 octubre 2006 en 2:11

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