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La globalización y el fin del trabajo

Durante las últimas dos décadas, algunas economías de extraordinarias dimensiones, como China e India, han venido creciendo en promedio a ritmos próximos al 10% anual. Su dinamismo, acompañado del impulso de otras economías, ha hecho posible el auge económico que al presente vive una buena parte del planeta desde el año 2002. Incluso economías semi estancadas de América Latina, han alcanzado tasas de crecimiento superiores al 7% en los últimos años. En el caso de Bolivia, hemos pasado la barrera de los dos mil millones de dólares de exportaciones y además hemos duplicado su valor en 3 años, hazañas nunca antes logradas en nuestra historia. Pero ese auge exportador basado en altos precios va pasando de largo para la gran mayoría de la población que no ve aumentar sus ingresos ni sus oportunidades de empleo.

Incluso un país como Alemania tiene 5 millones de desocupados ya desde hace 2 años. En Italia la desocupación juvenil llega al 25% y en el sur alcanza al 60%. Cifras igualmente muy altas se registran en la gran mayoría de las economías europeas, aquellas que una vez fueron la vanguardia del progreso. La protesta de cientos de miles de franceses contra los intentos de su gobierno de traspasar la cuenta del desempleo a los más jóvenes, documenta estos extremos. Entretanto la migración mundial se ha constituido ya en el mayor éxodo de la historia humana. Situaciones como las manifestaciones de millones de inmigrantes en los Estados Unidos contra nuevas murallas o la esclavización “sin quejas” de los inmigrantes bolivianos en la Argentina o lo millones de esclavos en Rusia provenientes de las ex repúblicas soviéticas son muestras inconfundibles de la crisis global que asola a la humanidad. Dichas manifestaciones se dan en el marco de la sempiterna pobreza de las grandes mayorías del mundo, con todas sus secuelas de postración y abandono.

¿Qué ha originado esta fase de crecimiento perverso, donde al mismo tiempo crecen el intercambio comercial y las ganancias de las grandes corporaciones, y se multiplican los multimillonarios, a la vez que crece la desocupación abierta y el desempleo juvenil alcanza los umbrales más altos de la historia? ¿Acaso los jóvenes ya no tienen entrada al futuro y se nos va acabando el trabajo? ¿A qué se debe todo ello, cómo se explica esa combinación de extraordinario crecimiento económico y las tasas más altas de desempleo en países desarrollados y subdesarrollados desde la gran depresión de 1929?.

Intentaré dar respuesta, empezando con una breve experiencia personal. En 1983 tuve la ocasión de visitar la feria industrial de Hannover en Alemania, que para mí significó algo así como un viaje al futuro. Ese año se presentó allí toda la robótica para la fabricación industrial y los sistemas automatizados inteligentes y autoajustables. Seis años después, durante una visita a una planta de Volkswagen en la cercanía de Hamburgo, me tocó observar todas esas innovaciones en acción. Las cintas transportadoras que caracterizan a las fábricas de automóviles, usualmente repletas de trabajadores ensamblando partes y ajustando tuercas, habían sido prácticamente tomadas por esos brazos y sistemas robotizados que con extraordinaria precisión, realizaban el trabajo de sus antecesores. Pienso que esta imagen ayuda a identificar las rieles por donde transcurre el drama de nuestro tiempo.

Considero que una de las causas básicas de la debacle mundial se debe justamente a la concentración de efectos de sucesivas oleadas de innovaciones tecnológicas sobre el empleo y la producción. Cada vez el lapso entre investigación básica y desarrollo tecnológico se acorta más, a la vez que los ritmos de incorporación de nuevas tecnologías a los procesos productivos tienden a acelerarse. A ello se agrega que los periodos de ajuste de las innovaciones tecnológicas a sus entornos y de éstos a ellas, se va acelerando gracias a la informática y otras tecnologías. En conjunto, la suma de estos efectos está destruyendo más trabajo del que se está creando, al punto que los periodos de desempleo de la fuerza de trabajo calificado se prolongan cada vez más, situación que origina cuantiosas perdidas de ingresos y gran devastación de recursos humanos.

Esta causa se halla acompañada de otros procesos altamente dañinos y destructores de tejidos sociales, humanos, ambientales y económicos. Me refiero a los múltiples “huecos negros” que el sistema capitalista ha construido y desarrollado para perpetuarse. Uno de ellos se refiere a todas esas formas de “librarse” de los deshechos químicos y la basura industrial, arrojándolos a la atmósfera, los cuerpos de agua y el suelo, al punto que el planeta se asemeja cada vez más a una gran cloaca, incapaz de reciclar sus deshechos. Pero no es el único hueco negro. Las grandes masas de desocupados en todo el mundo, son objeto propicio para descargar sobre ellas todas las falencias del sistema económico, tal como se ve en el caso de Francia. La migración también representa otro hueco negro, pues constituye una forma de desplazar parte de la presión social existente en las sociedades expulsoras, pero que ha traído consigo el fenómeno de las remesas (en Bolivia alcanzaron a mas de 800 millones de dólares el 2005), como símbolo de la voluntad de los migrantes de mantener estrechos vínculos con un mundo que los hace sentir cada vez más ajenos. Las expresiones de rechazo y abuso de las corrientes migratorias que se ve en los Estados Unidos y Argentina, muestran esa vacilación estructural que ocasionan los huecos negros, pues no se sabe si explotarlos o extirparlos. Los paraísos financieros y los tráficos ilícitos de toda especie son otros huecos negros que requiere el sistema económico imperante para reproducirse.

Si bien las causas señaladas anteriormente son por sí mismas destructoras y ampliamente devastadoras de todo tejido social y humano, no son la causa fundamental de la creciente miseria planetaria. La causa principal radica en la globalización dominante, es decir, en la implantación a escala mundial de la libertad de comercio tipo embudo, amplia y holgada para unos pocos países, y estrecha y restringida para la gran mayoría. Cada vez se hace más evidente que esta libertad de comercio limitada hace imposible que el trabajo que se crea se iguale con el trabajo que se destruye, que los efectos de las innovaciones tecnológicas puedan alcanzar a todos los confines planetarios y que las oportunidades económicas se distribuyan más equitativamente, pues la escala de operaciones que exigen las nuevas tecnologías requiere mercados mucho más amplios, los que no surgirán mientras los futuros compradores no puedan constituirse a su vez en sujetos vendedores de sus productos. La política de subsidios agrícolas y de acceso restringido y condicionado a los grandes mercados por parte de las países industrializados, es la causa fundamental de esta crisis perversa de crecimiento con desempleo que angustia a millones de seres humanos. A quienes no migran, sólo les queda contribuir a transformar profundamente el orden de cosas imperante, tal como se avizora en Bolivia. Es cuestión de vida o muerte.

Por lo visto, el viejo sistema capitalista se halla empeñado en sobrevivir en el presente a costa del futuro, pues no se inmuta ante las nuevas y múltiples cargas que le va añadiendo al planeta y a la sociedad humana, del mismo modo que la ortodoxia económica y las visiones angostas mantienen imperturbables su curso al desastre.

Publicado en Bolpress

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Categorías:Globalización, Trabajo
  1. 15 mayo 2009 en 11:52

    muy interesante tu informacion!!! gracias

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